El ornitólogo Jose Carlos Sires, invidente, distingue a los pajaros por su trino
El ornitólogo Jose Carlos Sires, invidente, distingue a los pajaros por su trino - VANESSA GOMEZ

Amor ciego por las aves

Pese a su ceguera, José Carlos Sires es capaz de identificar los cantos y reclamos de todos los pájaros de España

MadridActualizado:

Cuando pensamos en un ornitólogo solemos imaginarlo pertrechado con unos prismáticos o un telescopio terrestre preparado para una intensa jornada de observación de aves. Pero esa no es la única forma de acercarse a la ornitología. Lo sabe bien José Carlos Sires, coordinador del grupo local de la Sociedad Española de Ornitología (SEO) en Sevilla, ciego desde los seis años de edad.

Hoy tiene 32 años y es un apasionado de las aves, unos «bichos» que descubrió por casualidad cuando tenía 10. A su profesor de música del colegio de la ONCE de Sevilla donde estudió, Antonio Almaza -nadie olvida el nombre de sus mejores profesores- le gustaba «traer curiosidades o cosas diferentes a sus clases-rememora José Carlos para ABC- y un día puso un casete de sonidos de aves, un fragmento de la Guía Sonora de las Aves de España y Europa. Y fue muy simple: me enamoré, me quedé totalmente prendado de la variedad de sonidos de las aves, de los ruidos tan increíbles... y hasta hoy, así empezó todo».

No recuerda ningún canto en concreto de aquella primera vez, «porque no sabía qué era nada» pero hoy es capaz de identificar por sus cantos o reclamos a cerca de 200 especies, casi todas las que habitan en España. Inoculado ya por el virus de las aves, un tiempo después de ese primer contacto sonoro con ellas sus padres le regalaron la Guía sonora de las aves de España, que tenía locución. «La devoré, en dos días ya era capaz de identificar la mayor parte de los pájaros que salían». Y matiza: «No es que las personas ciegas tengamos un mejor oído, sino que las personas que ven no se preocupan por ejercitarlo». Su experiencia le dice que «más que una cuestión de oído es una cuestión cerebral, el oído es simplemente un canal de entrada del sonido y donde se procesa todo es en el cerebro. A mí me han hecho audiometrías y mi oído no es excepcional, sino más bien normalito, pero al no disponer de la vista, presto más atención a las cosas que oigo».

Un entrenamiento que hace que cuente con ventaja en zonas de bosque, de matorral o de carrizales de marisma, por ejemplo. «No es que la gente se pelee por ir conmigo -bromea-, pero sí les gusta. En cambio, en otros escenarios, como la famosa migración del Estrecho no tengo nada que hacer».

Sonoridad del paisaje

Y distingue: «Hay dos tipos de placer en esto, el estético, que son los cantos más bonitos, que para mí son los del petirrojo, la curruca capirotada, el mirlo o el ruiseñor, y luego está el placer de oír algo que es muy deseado por su rareza, por ejemplo el águila imperial o el urogallo cantábrico». Al águila imperial la escuchó una vez «muy vagamente, porque las rapaces raramente vocalizan», explica. Estas dos especies, junto con la alondra ricotí, son sus objetivos más codiciados, y también tiene en mente repetir Canarias. «Allí, en cada árbol hay una curruca capirotada, un mirlo y un mosquitero canario, y me gustaría grabar al canario silvestre, que es una maravilla, y los paisajes sonoros de las islas».

Desde hace tiempo, en sus salidas al campo, José Carlos lleva sus grabadoras. Acumula ya casi 4.000 archivos de cantos y reclamos de más de 165 especies. Ahora está iniciándose en la técnica del audiotrampeo, que espera que le depare alguna que otra sorpresa: «Dejo la grabadora en un punto estratégico, y como no molestas al animal éste tiene un comportamiento completamente natural». Y mientras tanto, a veces, imparte talleres donde enseña a la gente, invidentes o no, a disfrutar de la naturaleza con todos los sentidos.

Porque José Carlos no solo disfruta con las aves, lo hace también con el sonido de un riachuelo, «el agua suena diferente en función tanto de la pendiente, del cauce y del caudal; también identifico el canto de los anfibios y me gusta escuchar el coro de los insectos, sobre todo de los nocturnos; la sonoridad del paisaje general cambia en función del ecosistema que sea. Una sonoridad muy bonita la encontramos en zonas que fueron minas a cielo abierto, como el Cerro del Hierro, en la sierra norte de Sevilla. Cañones, gargantas, túneles, ahí el sonido viaja por oleadas, es una preciosidad». Aunque no tiene dudas al afirmar que el sonido «más exuberante es el de la marisma, y el más fino el de un bosque de galería». Y nos anima a salir al campo y cerrar los ojos.