«A mi amiga le quemaron los genitales con cigarros»: el infierno de las esclavas sexuales europeas y latinas en Japón

Norma Bastidas salió de México soñando con un futuro como modelo, pero terminó viviendo una pesadilla

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Norma Bastidas salió de México soñando con un futuro como modelo, pero terminó viviendo una pesadilla. Poco tiempo después de llegar a Tokio pasó a ser propiedad de un bar y más tarde de un jefe de la mafia. Perdió el control de su vida y fue sometida a abusos sexuales en un país muy lejano del suyo.

«Cuando pienso en eso, evoco la desesperación, la soledad de saber que no le importas a nadie, que no hablas el idioma, que no puedes pedir ayuda, que estás atrapada», explica a BBC esta mujer que víctima de la explotación sexual en Japón en la década d e los 80.

El caso de Norma no es el único, otra latinoamericana, la colombiana Marcela también cuenta cómo cayó en los redes de la yakuza. Para ella la pesadilla comenzó cuando un hombre se le acercó en una discoteca de la ciudad de Pereira en Colombia, y le ofreció una carrera como bailarina en el exterior. Al principio no hizo caso, pero cuando su hija cayó enferma se acordó de la propuesta.

El supuesto agente le ofreció dinero para pagar los gastos médicos que ella le devolvería con lo que iba a ganar en el extranjero. Madre soltera, de orígenes humildes, Marcela aceptó por desesperación. Con su hija recuperada y de vuelta en la casa con su abuela, decidió irse.

Ella no sabía ni a qué país iría, solo se enteró cuando llegó al aeropuerto en Japón. Desde allí la llevaron a una casa donde vivían otras mujeres y le dijeron que su trabajo sería «putear» para pagar la inmensa deuda que tenía.

Cuando Marcela trató de explicar que había una confusión y que llamaría a la policía, le dijeron: «Llámela, pero no le garantizamos que llegue a tiempo al entierro de su hija». Era 1999 y ya había caído en las manos de la mafia japonesa, la yakuza.

Fueron 18 meses de explotación sexual diaria. Hubo palizas, al punto de quedar inconsciente y desfigurada, afirma. Vio morir a una prostituta colombiana a golpes y con cadenas, víctima de un grupo mafioso rival. Quiso suicidarse, pero el recuerdo de su hija y la ilusión de volver a abrazarla se lo impidieron.

Pudo escapar solo gracias a la ayuda de un cliente que se enamoró de ella. Le llevó una peluca y ropa y se las dejó dentro de una bolsa en un McDonald's que quedaba muy cerca del lugar donde tenían a Marcela trabajando. «Él me ayudó, me dejó dinero, me dibujó el mapa para llegar al consulado de Colombia, me explicó qué autobús y qué tren tomar». En un descuido del hombre que la vigilaba, se escapó y consiguió llegar al consulado.

La activista japonesa por los derechos humanos Shihoko Fujiwara es la fundadora y directora de Lighthouse, una organización no gubernamental que ha combatido la trata de personas en ese país desde 2004. Ella cuenta que en la década los 70 «los hombres japoneses comenzaron a viajar al exterior para comprar los servicios sexuales de mujeres». «En los 80 y 90, empezamos a traficar mujeres de Filipinas, Tailandia, Rusia, Corea del Sur». Y a finales de los años 90 y en la década del 2000, «vimos muchas mujeres traficadas desde Colombia y otras partes de América Latina».