Vecinos de Pallejá celebran el Gordo de Navidad en 2010 - reuters

Los «agujeros» que tapa el Gordo

Los premios logrados con la Lotería de Navidad se destinan a pagar hipotecas, reformar viviendas y algún viaje

m. arrizabalaga / i. viana
madrid Actualizado:

«Si me toca el Gordo, dejo de trabajar». Así lo aseguran los españoles en las encuestas, que reflejan que un 10% abandonaría su empleo si le tocara la Lotería de Navidad y un 36% se tomaría un año sabático para decidirlo. Pero la realidad es otra. La frase que tanto se repite en estos días en las oficinas y empresas no se corresponde con las decisiones de los afortunados.

«Gané 450.000 euros en el último Gordo de Navidad y sigo trabajando 13 horas diarias como camarero», asegura José Antonio Maldonado, el hombre que más millones repartió del primer premio el año pasado, un total de 180. Él se quedó con un décimo y dos participaciones... pero sigue tras la barra del bar seis días y medio a la semana para sobrevivir.

Tampoco a María, de 66 años, los 300.000 euros que ganó con el Gordo en Pallejá le instalaron en el lujo. Aunque sí cayeron como un milagro en la vida de esta trabajadora en el servicio de una familia pudiente durante más de 40 años sin ser asegurada. Sin derecho a pensión y tras avalar un préstamo a un hijo que no pudo pagar, estaba a punto de ser desahuciada cuando le llovieron los millones. Con el dinero pagó 30 millones para recuperar su casa, «que me costó uno en 1968».

Entre gastos de abogados, gestores y otras deudas de su hijo se fue otra parte del dinero. El único de los caprichos que se permitieron María y su marido fue cambiar las puertas de la casa y alguna que otra cena. El resto del dinero lo tiene ahí, para coger pellizcos cuando la pensión de su marido no les llega a fin de mes.

Remedios Zaíno, dueña del bar Extremadura, situado en Pallejá junto enfrente del de Maldonado, también llevaba un décimo del Gordo, que repartió entre sus cinco hijos para ayudarles a pagar sus hipotecas. ¿Y ella? «Sigue trabajando. Dice que el día en que deje de trabajar se muere», comenta Juan Manuel Díaz, uno de sus hijos que está con ella en el bar que añade: « Este año toca en el nuestro».

En el concesionario de Alfa Romeo de Zaragoza no cayó el Gordo, pero sí el segundo premio. Y ni siquiera ese día los trece afortunados de la plantilla dejaron de trabajar. «Esa misma tarde vendí un coche», recuerda Fernando Pérez. Muchos clientes y amigos se acercaron hasta el establecimiento y celebraron la noticia con ellos. «Fue un día mucho más relajado», aunque la fiesta la trasladaron a la cena de empresa del viernes, «por todo lo alto», según señala Pérez.

Un año después, la mayoría de los empleados del concesionario se ha quitado algo de hipoteca, ha invertido otra parte del dinero y se ha dado algún capricho. Pérez se cambió el coche y «quien se iba a ir de vacaciones a una playa, se fue más lejos, en avión».

Para el Sorteo de 2011 llevan el mismo número, al que están abonados desde 2005 porque uno de los vehículos que venden es precisamente el «Alfa Romeo modelo 147». «Es difícil que nos vuelva a tocar -admite Pérez- pero creo que siempre jugaremos a este número».

También Rafael García y David Cob, dos jóvenes de Roa (Burgos) de la Peña El Moco, repiten con el 00147. Cob aprovechó el dinero para terminar las obras de su casa y amueblarla y se fue de viaje a Nueva York con su novia porque «una cosa de ésas hay que hacer si te toca». Como él, la mayoría de los afortunados en Roa han destinado el dinero a «pequeñas reformillas, nada de lujos» y «a pagar sus hipotecas», según relata García, el dueño entonces del African Bar que repartió la lluvia de millones en este municipio burgalés que ronda los 2.500 habitantes.

Ninguno perdió la cabeza. Tras una experiencia «inolvidable», volvieron a su rutina. La vida sigue... eso sí, «con un respiro muy grande», concluye Cob.