Adolfo Suárez, apuntes de memoria

POR CONSUELO ÁLVAREZ DE TOLEDO/
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Ya no tiene voluntad. Adolfo Suárez, el líder de la Transición hoy cuestionada por quienes gobiernan España con tanta cortedad de miras como grandeza tuvo el hombre que nos ocupa, no tiene conciencia ni de sí mismo ni del mundo que le rodea. De estar en plenitud de condiciones, aquí y ahora, se hubiera levantado la voz de Adolfo Suárez. Pero no puede.

El misterio de la mente humana deja un hueco a la esperanza de que pueda percibir algunos sentimientos. Reacciona cuando sus hijos o sus nietos le abrazan. Porque Adolfo Suárez es hoy testigo ausente y mudo de la historia a la que ha contribuido con la mayor de las generosidades. En esta hora de invocaciones habrá quien piense que Suárez está al borde de la muerte. No es verdad. Hace unos meses, a raíz de que le hicieran un chequeo, corrió el rumor equivocado de que estaba en sus momentos finales.

Lo malo no es cómo está físicamente, sino que psíquicamente está totalmente perdido: ni conoce ni reconoce. El día en que murió su hija Marian preguntó a su hijo Adolfo cuando le dio la noticia: «¿Y quién es Marian?». Las puertas del cerebro se cerraron al presente. Ya no vaga perdido por la casa. Ya no habla solo con Amparo. La pista de tenis convertida en «putt» de golf no es usada. Y las fotografías institucionales no le recuerdan a nadie.

Adolfo Suárez Illana, su hijo, pone las cosas en claro: «Por respeto a España me comprometo a dar toda la información sobre el estado de mi padre... Sus hijos tuvimos la fortuna de que cuidara de nosotros y ahora la vida nos ha dado la oportunidad de cuidar de él... queremos mantener la dignidad y la estética» de una persona «que es muy querida y que no merece» ser objeto de «chismorreos», dijo en Televisión Española.

Para más inri, María Elena López Nombela, la tita, como la llamaban los jóvenes Suárez, una más de la familia, la que le cuidaba día y noche, murió repentinamente de un infarto cerebral hace apenas un mes. Suárez tampoco se ha enterado de este fallecimiento. «Si usted le viera ahora físicamente está mucho mejor, pero ya no sabe ni quién soy yo, Señor, Señor, qué pena...», me contó María Elena hace muy poco. Porque el tiempo ya no existe para Suárez: mira una foto y dice: «¿Qué sabéis de Fernando?»... Y es un retrato de Fernando Abril. Sigue: «¿Hace tiempo que no ves a Chus?»... y ahora es Chus Viana, los dos amigos muertos ya hace tiempo. La escena es la cruda realidad de una enfermedad que no tiene cura.

Pero Suárez está bien cuidado por un enfermero. Se viste, se asea y da largos paseos para llegar cansado y poder tener momentos de reposo. La ventaja de no tener voluntad es que el paciente no se resiste. Quizá por ello sus allegados consideran indigno el aprovechamiento oportunista al socaire de la incapacidad de responder.

Ya está bien de glosar las desgracias del personaje. De hurgar en el morbo familiar en vez de mantener activo su modo y su manera de hacer política, mucho más interesante a efectos del interés general. Pero Adolfo Suárez ni siquiera puede pedir ese buen gesto a sus compatriotas. Es seguro que si pudiera resucitar de entre las nieblas de la inconsciencia, se cogería un sonoro cabreo al ver que tanto se habla de su enfermedad y tan poco sobre sus ideas sobre España y los españoles. «Los españoles me quieren, pero no me votan», sentenció el día de su última derrota. Pues eso. Más democracia y menos lagrimeo.