El Parque Nacional de Tanjung Puting, Reserva de la Biosfera con 6.000 orangutanes y miles de especies animales y vegetales en la isla de Borneo, está rodeado de plantaciones de aceite de palma
El Parque Nacional de Tanjung Puting, Reserva de la Biosfera con 6.000 orangutanes y miles de especies animales y vegetales en la isla de Borneo, está rodeado de plantaciones de aceite de palma - Texto y Fotos: Pablo M. Díez

Aceite agridulce en Indonesia

El aceite de palma, el más consumido del mundo por su bajo precio, es un motor económico, pero sus plantaciones le roban la jungla a orangutanes, tigres y tribus

ENVIADO ESPECIAL A PANGKALAN BUN (INDONESIA)Actualizado:

Negra como el carbón, una espesa columna de humo asciende entre la jungla a orillas del río Kumai, al sur de la isla de Borneo en la región indonesia de Kalimantan. Por sus aguas, que se abren en una espectacular bahía al desembocar en el Mar de Java, navegan barcos muy anchos que cargan sobre su cubierta montañas de troncos. Recordando a una tortuga que nada río arriba, dejan atrás plataformas flotantes con depósitos en medio del cauce y buques cisterna que parecen petroleros. Pero no transportan crudo, sino aceite de palma.

Aunque estamos a las puertas del parque nacional de Tanjung Puting, Reserva de la Biosfera por albergar a miles de orangutanes, monos, macacos y otras especies animales y vegetales, a su alrededor se han extendido gigantescas plantaciones de palmeras para producir este tipo de aceite, el más consumido del mundo por su bajo precio pese a los reparos sobre su salubridad. Presente en la mitad de los alimentos procesados, desde el chocolate hasta la bollería y las pizzas pasando también por cosméticos, champús, jabones y biocombustibles, el de palma representa un tercio de los aceites vegetales que se usan en el planeta, por delante de los de soja (27%), colza (16%) y girasol (10%). De los 20 millones de hectáreas de palmeras plantadas en zonas tropicales de Asia, África y Latinoamérica, que generan más de 60 millones de toneladas al año, el 90 por ciento de la producción procede de Malasia e Indonesia.

Con la práctica totalidad de sus plantaciones localizadas en once millones de hectáreas de Borneo y la vecina isla de Sumatra, Indonesia ha superado en las tres últimas décadas a Malasia y ya copa la mitad de la cosecha global. Tras el petróleo y el gas, las mayores exportaciones indonesias son de aceite de palma, que reporta más de 15.000 millones de euros. Hasta 2020, el objetivo es que la producción alcance los 40 millones de toneladas, lo que significa que las plantaciones seguirán comiéndole terreno a la jungla.

«Hace cuatro años, el bosque llegaba hasta aquí y había muchos orangutanes y monos», recuerdan Rupikan y Yatinah, una pareja de 60 años originaria de Java que vino a Borneo en 1994 para trabajar en las primeras plantaciones de palma. Después de pasarse allí dos décadas, compraron con los 32 millones de rupias (1.835 euros) que habían ahorrado una hectárea junto al parque natural donde han plantado, cómo no, 135 palmeras. «Le vendemos sus dátiles a las compañías aceiteras, que nos pagan el kilo a mil rupias (cinco céntimos de euro).

Como nos compran una tonelada al mes, nos sacamos un millón de rupias (57 euros)», desgrana Rupikan tirando de un carro de madera cargado de hierba para sus vacas, con las que completa sus ingresos para sacar adelante a su familia. «Es mejor criar vacas porque, cuando tienen dos años, podemos venderlas por 20 millones de rupias (1.147 euros), mientras que el sueldo mensual en una plantación de palmeras está entre 2,2 y 2,7 millones de rupias (entre 126 y 154 euros)», tercia el hijo de la pareja, Edy. Con los 40 años ya cumplidos y un hijo de diez, se pasó ocho trabajando en la vecina plantación de la compañía BGA, que explota 15.000 hectáreas en la linde del parque natural. ¿Pero no le da pena cargarse la jungla para cultivar?, le preguntamos a bocajarro. «Tenemos que cortar los árboles porque el dinero que ganamos no es suficiente para vivir. Además, a mí no me importa porque soy de Java», responde con sinceridad revelando las claves de la deforestación que sufre Indonesia.

Un carguero transporta una montaña de troncos por el río Kumai, junto al parque nacional de Tanjung Puting. Además del aceite de palma, la industria de la madera y el papel agravan la deforestación en la isla de Borneo
Un carguero transporta una montaña de troncos por el río Kumai, junto al parque nacional de Tanjung Puting. Además del aceite de palma, la industria de la madera y el papel agravan la deforestación en la isla de Borneo - PABLO M. DÍEZ

Aunque el 70 por ciento de este descomunal archipiélago de 17.000 islas está cubierto de masa forestal, la ONG World Wildlife Fund (WWF) calcula que cada hora se destruye el equivalente a 300 campos de fútbol para producir aceite de palma. Con el 40 por ciento de la cosecha originado en pequeñas plantaciones particulares, millones de personas viven directa o indirectamente de este aceite. A tenor del informe «Palms of Controversies», un tercio de los bosques talados en Borneo se han convertido en plantaciones de palmeras, culpables«solo» del 10% de la deforestación en Indonesia y Malasia. No son la única amenaza para la flora y fauna porque a ellas se suman la industria de la madera y el papel. «La conversión de bosque primario en plantaciones monocultivo de aceite de palma es sin duda un desastre ecológico», critica el informe.

«En Indonesia hay un movimiento por parte de las ONG y el Gobierno para mejorar la protección medioambiental y los derechos de los trabajadores, pero es un país muy grande y complejo y es difícil que se respeten los controles totalmente», apunta la periodista Laura Villadiego, que ha hecho la investigación en español más exhaustiva del aceite de palma a través del portal de internet carrodecombate.com.

Una columna de humo asciende de una plantación de aceite de palma junto al parque natural de Tanjung Puting, al sur de la región indonesia de Kalimantan en la isla de Borneo
Una columna de humo asciende de una plantación de aceite de palma junto al parque natural de Tanjung Puting, al sur de la región indonesia de Kalimantan en la isla de Borneo - Pablo M. Díez

«Las palmeras no son sostenibles porque no son una especie autóctona, sino procedente de África occidental, y no dejan crecer otro árbol alrededor. Además de alterar la vida tradicional de las comunidades y destruir la flora, reducen el hábitat de los animales», analiza Fajar Dewanto, de la Orangutan Foundation International (OFI). De los 71.000 orangutanes que quedan en Indonesia (57.000 en Borneo y 14.000 en Sumatra), unos 6.000 viven en el parque nacional de Tanjung Puting, donde son reinsertados en la Naturaleza los que estaban cautivos. A pesar de la moratoria vigente entre 2011 y 2015 para no conceder más plantaciones, Dewanto asegura que se han otorgado nuevas licencias dentro del parque, como en Sungai Cabang en 2013.

Por su parte, la industria se defiende argumentando sus esfuerzos por la sostenibilidad a través del aceite de palma certificado, que ya ocupa cuatro millones de hectáreas en 16 países y suma 13 millones de toneladas (19% de la producción global). «Siete mil millones de personas consumen aceite de palma cada día, siendo los mayores mercados la India, China, Indonesia y la Unión Europea. Un boicot significa que las compañías comprarían aceites alternativos, que requieren más tierra (la producción de la palma es de cuatro a diez veces mayor que en otros cultivos) y causarían más daño al medioambiente», advierte Stefano Savi, portavoz de la Mesa Redonda para la Sostenibilidad del Aceite de Palma, que aglutina a más de 4.000 productores mundiales.

Mientras este foro se prepara para revisar su código de conducta en noviembre, las carreteras de Borneo están plagadas de plantaciones y fincas donde sus dueños han talado y quemado los árboles para plantar palmeras. «De la jungla no se come», dice uno de ellos, Sanusi, sierra en mano.

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Mañana, segunda parte: Esclavos entre palmeras