Abierto en Roma el proceso de beatificación del Padre Arrupe, ex general de los jesuitas

Consiguió poner de acuerdo a las dos corrientes de la Compañía. Juan Pablo II le prohibió que renunciara al cargo, lo que abrió una crisis entre la Compañía de Jesús y la Santa Sede

Ciudad de El Vaticano Actualizado: Guardar
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Esta tarde se ha abierto oficialmente en Roma el proceso de beatificación de uno de los españoles que más ha influido en la Iglesia católica de las últimas décadas, el ex general de los jesuitas Pedro Arrupe.

Como Arrupe falleció en Roma, el encargado de abrir el proceso y de supervisar la recogida del material es el cardenal Angelo de Donatis, vicario del Papa para las cuestiones religiosas de la Ciudad Eterna.

Arrupe, que nació en Bilbao en 1907, fue general de los jesuitas desde 1965 hasta 1983, años nada fáciles para la Iglesia católica, que se reflejaron también en la vida de los jesuitas.

Pedro Arrupe logró poner de acuerdo a las dos corrientes de la Compañía, la que quería reformas a toda costa, y la que no quería cambiarlo nada.

«Buscaba integrar los mejores valores de la tradición con los necesarios para adaptar el cristianismo a los nuevos tiempos», explicó el cardenal de Donatis durante la apertura del proceso.

Arrupe impulsó reformas para la Compañía de Jesús, que se contagiaron al resto de la Iglesia. Por ejemplo, la concepción de la fe unida a la justicia, el diálogo con los no creyentes y la promoción activa de una sociedad más justa y solidaria.

Su principal idea era que la fe en Dios ha de ir unida a la lucha contra las injusticias que pesan sobre la humanidad. Como dice su biografía oficial, con Arrupe, «la opción preferencial por los pobres y la lucha por la justicia se convierten en rasgo distintivo de los jesuitas».

Según su biografía, «el proceso que vive la Compañía de Jesús bajo su liderazgo despierta preocupación dentro y fuera de la Compañía, y abre un periodo de tensión en la relación entre los jesuitas y la Santa Sede». Por eso, en 1980 decidió renunciar, pero Juan Pablo II le pidió que no lo hiciera y no le permite iniciar el proceso para elegir un sucesor.

La situación se complicó cuando un año más tarde Arrupe tuvo una trombosis cerebral que lo dejó impedido. Él deseaba que hasta la elección del sucesor lo sustituyera el americano Vincent O’Keefe, pero el Papa nombró a un jesuita de su confianza, Paolo Dezza, como delegado personal para gobernar la Compañía.

Aunque Pedro Arrupe acató la decisión, ésta causó nuevas tensiones entre la Compañía y la Santa Sede. Se resolvieron dos años más tarde, en 1983, cuando pudieron votar y elegir como sucesor al holandés Peter-Hans Kolvenbach.

Hombre fiel a la Iglesia

Pascual Cebollada, postulador general de los jesuitas, explica que en todo momento Arrupe actuó como un hombre fiel a Dios y a la Iglesia, sin caer en planteamientos ideológicos.

Antes de ser general, Arrupe tuvo una vida intensa. Estudió Medicina en Madrid, tuvo a Severo Ochoa como compañero de clase, y al futuro presidente de la República Juan Negrín como profesor.

Se hizo jesuita en 1927, y cinco años más tarde se vio obligado a abandonar España cuando el gobierno disolvió la Compañía de Jesús en España. Vivió exiliado en Bélgica y Holanda.

En 1938 pidió ser enviado como misionero a Japón. Allí, el 8 de diciembre de 1941, al día siguiente de que el país entrara en la II Guerra Mundial, lo acusaron de espionaje y estuvo dos meses en prisión.

A mitad del conflicto se trasladó a Hiroshima, donde presenció la explosión de la bomba atómica el 6 de agosto de 1945. En pocos minutos se vio rodeado de muertos y heridos y convirtió su noviciado en un hospital improvisado. Desempolvó sus estudios de Medicina y se puso a operar y a curar a cientos de personas, con los pocos medios que tenía en casa. Veinte años más tarde, lo eligieron 28º sucesor de San Ignacio de Loyola y máximo responsable de los jesuitas en el mundo.

Aportó su estilo marcadamente misionero, su esfuerzo por hacerse comprender en Japón por una cultura completamente diversa, y las cicatrices de quien se había ocupado de los más marginados de la sociedad.

Su mayor legado fue el Servicio Jesuita a Refugiados, que lanzó tras ver que el mundo era indiferente a los vietnamitas que se lanzaban al mar en barcas estables como cascarones de nuez para huir de la guerra.

Tras la trombosis de 1981, pasó sus últimos 10 años en la enfermería de la Casa Generalicia de los jesuitas, en Borgo Santo Spirito di Roma. Allí falleció el 5 de febrero de 1991.

Por si faltara algo en su currículum, en 1973 nombró al entonces sacerdote Jorge Mario Bergoglio superior provincial de los jesuitas en Argentina. A él le corresponde en última instancia la última palabra en este proceso.