Pedro Márquez, operado de cancer de mama, posa para ABC
Pedro Márquez, operado de cancer de mama, posa para ABC - maya Balanya

La lucha diaria de Pedro Márquez contra las secuelas del cáncer de mama

Apenas un 1% de todos los casos diagnosticados con este «mal» en el mundo son hombres

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Pedro Márquez no deja que te sientes sin haberte enseñado antes su maqueta que recrea la batalla de Waterloo, una contienda que inició y perdió el emperador francés Napoleón Bonaparte. Pedro, ingeniero de 47 años, trabaja en ella desde hace ocho años y siempre se ha encargado de diseñar él mismo a las diferentes tropas enfrentadas. Pero desde 2013 ya no puede hacerlo por las secuelas que sufre su brazo izquierdo debido a un cáncer de mama.

Un accidente de bricolaje que rompió tres de sus costillas le hizo descubrir a Pedro y a los médicos que un extraño bulto, como un guisante, se hallaba detrás de su pezón izquierdo. Los resultados de la biopsia revelaron que un tumor maligno se estaba desarrollando en su glándula mamaria. Y aún peor: el cáncer ya había invadido su sistema linfático y lo iba a utilizar para extenderse por el resto del organismo.

Pedro no sabía entonces que los hombres podían tener cáncer de mama. Tampoco que menos de un 1% de todos los casos diagnosticados por este « mal» son hombres. «Hay que joderse» fue lo único que salió de sus labios tras saber lo que tenía.

Tener altos niveles de estrógenos, padecer el síndrome de Klinefelter-una afección que hace desarrollar bajos niveles de andrógenos y altos de estrógenos-, tener antecedentes de cáncer de mama en la familia, alteraciones genéticas, así como exponerse a radiación son los principales factores de riesgo para sufrir este cáncer. Aunque, como indica Noelia Martínez, oncóloga médica del Hospital Universitario Ramón y Cajal, el mayor factor de riesgo es la edad. «La edad promedio de los hombres diagnosticados con cáncer de mama es de 67 años», explica.

Pedro tenía 44 cuando se le diagnosticó cáncer de mama y para curarlo hubo que extirparle su mama izquierda entera (mastectomía). Pero no fue suficiente. Al haber invadido su sistema linfático, se le practicó además una linfadenectomía, un tipo de intervención quirúrgica en la que se extraen los ganglios axilares.

A consecuencia de la intervención, perdió la movilidad de su brazo izquierdo y, entre ejercicios para recuperarlo, tuvo que someterse a sesiones de quimioterapia para curar su cáncer. «Los meses de quimioterapia-explica- fueron difíciles porque te deja fatal, es una bomba en el cuerpo. Solo hacer la cama te dejaba jadeando».

Una vez superada la quimioterapia, Pedro se dedicó a recuperar la movilidad de su brazo. Con la ayuda de Natacha Bolaños y de su programa Pink Ribbon para afectados por cáncer de mama, en dos meses lo recuperó totalmente. Pero lo volvería a perder.

Linfedema, una secuela crónica

La extracción de sus ganglios linfáticos le hizo desarrollar en su brazo izquierdo una de las secuelas crónicas del cáncer de mama, el linfedema. Un tipo de edema producido por una disfunción linfática. Belén Alonso Álvarez, médico especialista en medicina física y rehabilitación del Hospital Universitario Ramón y Cajal explica que esta disfunción provoca que se acumule la linfa (líquido rico en proteínas) en el espacio que hay entre las células, dando lugar a un aumento de tamaño o hinchazón de la región corporal afectada. En el caso del linfedema que se produce tras los tratamientos del cáncer de mama, se localiza en el miembro superior del lado intervenido, y puede afectar a todo el miembro o una parte de él, como la mano.

Una mano que Pedro toma como referencia para saber cómo tiene el brazo. «Cuando veo nudillos es que está bien. Los he llegado a tener curvos», indica. Su mano dejó de servir para diseñar a los soldados que combatieron Waterloo, escalar o remar en un Kayac. «Cuando te dedicas a actividades como estas y tu brazo se convierte en una amenaza, entonces te viene la depresión. Realmente, como dice mi mujer, Esther Valero, no he estado enfermo del cáncer, he estado enfermo de mi brazo», afirma.

El problema fue que ambos desconocían entonces cuáles eran las posibles secuelas a las que se podía enfrentar Pedro: las complicaciones en los tratamientos de cáncer de mama ocurren en aproximadamente un 25-30% de los casos tratados con linfadenectomía y radioterapia. «No dieron la suficiente importancia a las secuelas en su caso», afirma su mujer.

Para afrontar su secuela y evitar así que el líquido linfático se acumulara en su miembro, Pedro debía ponerse un vendaje compresivo muy incómodo que «estruja» el brazo para que toda la linfa no se acumule en él. Sin embargo, llegó un momento donde no pudo más. «Un día me harté de mi propio brazo y le dije: no me vas a amargar la vida. Dejé de vendarlo y volví a hacer ejercicio con la misma intensidad que antes. Y el brazo, con el propio ejercicio muscular, empezó a drenarse solo».

Este ingeniero tiene algo que decirles a todos aquellos hombres que se les acaba de diagnosticar cáncer de mama: «Si le detectan cáncer debe saber que se tiene que operar, se extiende y no tiene freno. Cualquier persona debe extirpárselo. El recuperarse de sus secuelas va a estar en él. La movilidad de su brazo la va a tener que pelear todos los días. Y llorar no es una opción. Te puedes sentar a llorar, yo también me puse, pero llega un momento que ves que así no evolucionamos y entonces rompes con todo. ¿Qué era lo que yo hacía antes, bricolaje y remo? Me costará más pero lo vuelvo a hacer».

Pedro también ha vuelto a trabajar en su maqueta, aunque no como antes. La extracción de sus ganglios hizo que su brazo perdiese defensas, cualquier herida le puede hacer mucho daño. Por ello, ahora ya no diseña las figuras de su maqueta. «Solo las pinto, pero me llena igual».