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entrevista a la presidenta de apram

«No creo que al joven cliente de sexo le guste saber que utiliza a una esclava»

Rocío Nieto «rescata» hace 37 años a mujeres prostituidas y es la primera española que opta al premio Women for Change

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Rocío Nieto recuerda la vigilia que le provocó la muerte de un niño, el hijo de una mujer rusa a la que su asociación Apram (entidad que trabaja en la Prevención, Reinserción y Atención a la Mujer Prostituida) ayudó a denunciar. El proxeneta que la esclavizaba se encargó de atropellar a su vástago como gran «vendetta» y el mazazo fue atroz para Nieto. Hoy, 37 años después de haber sido pionera al alumbrar esa entidad, tiene el honor de ser la primera mujer española que opta al premio internacional Women for Change. Competirá con cuatro finalistas, procedentes de Marruecos, Túnez, Egipto y Jordania.

Y no deja de recordar a esa mujer rusa, como tampoco a María, ni Aurora... Todas ellas acudieron con la cara desfigurada, «desgarradas por cinco hombres en una noche» y la vida hecha trizas en busca de amparo, porque no sabían cómo dirigir sus pasos hacia otro mundo que no fuera el de vender su cuerpo para saldar una deuda perenne con su explotador. «También ha habido momentos buenos -admite- como la niña de 16 años que me preguntó qué le pedía a cambio mi ayuda». «Nada» (sonríe).

Esa pequeña y otras, que trabajan en el AVE porque «dominaban» cinco idiomas, están casadas, han rehecho cómo han podido sus rumbos... Todas siguen llamando «mamá» a Rocío. Como las cien hijas adoptivas que tienen en sus talleres de formación y en el proyecto estrella, que se llama Unidad de Rescate y en el que nueve agentes sociales, personas supervivientes de la trata, legan a otras los métodos para dejar ese terrorífico mundo.

—El premio se falla el 15 de octubre. ¿De quién se va a acordar si lo gana?

—Me voy a a acordar de las 3.000 mujeres que han salido de la Unidad de Rescate, de todas ellas. De Estela, una menor que llegó embarazada y apalizada y que representa todo el dolor que hay detrás de cada una de esas jóvenes a las que no hemos descubierto. La nominación a este premio me obliga a seguir trabajando y encontrando a niñas.

—El Gobierno estrena plan contra la Trata. ¿Cuántos más planes hacen falta para poner coto a esta lacra?

—Los planes están bien, pero se necesitan leyes... El plan es temporal y una ley siempre es una obligación del Estado. Tiene que convertirse en ley que los derechos más fundamentales que tiene una persona se cumplan y se asegure una efectiva coordinación entre todos los organismos a nivel nacional y territorial. La trata de seres humanos exige una coordinación global en todas la materias, no todo vale, lo tienen que realizar asociaciones especializadas en cooperación con las fuerzas policiales.

—¿Esa ley debería prohibirla?

—Somos partidarios de que la prostitución desaparezca poco a poco y, sobre todo, de reglamentarla y convertirla en un trabajo. Porque ahora no es un trabajo, es una esclavitud.

—¿Y castigar el consumo, como ya hacen ciudades como Murcia y Castellón?

—Penalizar al cliente es lo que se tiene que hacer, nunca a la mujer, porque lo único que estás haciendo es aumentar su deuda con el proxeneta.

—¿Somos hipócritas con la prostitución?

—Existe una doble moral en España. Se las utiliza pero se las desprecia. Cuando paseamos con nuestros hijos y nietos en las calles, no las queremos ver cerca de ellos, se manifiesta el desprecio más absoluto, pero luego sí te parece bien ir con ella en un momento determinado y pedirle un servicio.

—¿A cuántas personas escucha con pundonor «me he ido de putas»?

—Pues mire, he escuchado a bastantes. Sobre todo, cuando van en grupo, tanto los chicos jóvenes como los hombres mayores. También se escucha ese calificativo hacia las mujeres cuando no caen bien, cosa que no ocurre con el hombre, que jamás es un «puto». Hay que empezar por extirpar ese tipo de palabras.

—Ha cambiado la tipología de esos clientes, son cada vez más jóvenes, alerta la Policía y el Gobierno.

—Hace 20-25 años eran hombres de mediana edad, casados, los que requerían los servicios de estas mujeres. Ahora el cliente es un chico más joven, al que ven y dicen: «yo te lo hago por 15 euros» y ellos acceden.

—¿A qué lo achaca?

—Es cierto que están normalizando ir con estas mujeres sin saber qué hay detrás de ellas, pero si a todos se les explicase que estas mujeres no son libres, que detrás tiene a una persona, y aparte que han venido en una red vendida y que tiene que enviar dinero a su país por todo lo que ha dejado allí, ya no lo harían. Estoy convencido de que ya no las utilizarían, porque además esto es una demanda, hacen que se convierta en un objeto de consumo y ese objeto es un ser humano.

—¿Qué se les puede decir para que desistan?

—Que esa mujer no es como tú la ves ahí, simpática y que se te ofrece, sino que su dinero va a dárselo todos los días a un proxeneta y si no reciben represalias ellas y sus hijos. No creo que a nadie le guste utilizar a una mujer en ese régimen de esclavitud.

—Cuénteme cómo nace la Unidad de rescate y cómo opera.

—Participaba en mesas redondas y me di cuenta de que la trabajadora social y la psicóloga eran importantes, pero eran mucho más importantes ellas. Les dije «tenéis que venir vosotras a trabajar para que se dé respuesta a vuestras necesidades». Las nueve mujeres que la integran hoy logran generar una confianza entre ellas, porque cuando una ve que su compañera ha logrado salir de esa esclavitud, ya se anima a denunciar. Hacemos un trabajo proactivo, estas mujeres van a la calle y sobre todo a aquellos pisos invisibles, porque detrás de cada rincón que paseamos hay pisos con gente lucrándose de que estas mujeres estén encerradas, sin papeles y privadas de libertad. Es un objeto con el que pueden hacer con él lo que quieren. Se trata, con la droga y las armas, del tercer negocio más lucrativo del planeta.

—Las situaciones en los pisos serán de suma agresividad, ¿no?

—Intentamos convencer de que se hace un trabajo preventivo sanitario, para el reparto de preservativos, te empujan, al día siguiente insistes, logramos que nos dejen pasar y hablar con ellas. Hacemos que nos vayan conociendo y nos acercamos a ellas. Algunas situaciones acaban n episodios de suma violencia, como llegar a encerrarlas tres días en un sótano sin comida.

—¿Cuál es el drama que a usted le hizo pensar «esto es insoportable»?

—Recuperar a algunas mujeres es un trabajo tremendo. Llegan niñas con el código de barras marcado en el pubis o la muñeca como las vacas, o el vudú con que atemorizan a las nigerianas... Tienen mucho miedo, lo realmente duro es mentalizarlas a denunciar porque están en una situación de dependencia absoluta.