Fábrica de harinas regentada por la famila de Virginia Pérez Buendía en Valverde del Júcar (Cuenca)
Fábrica de harinas regentada por la famila de Virginia Pérez Buendía en Valverde del Júcar (Cuenca) - abc

Deja 10 millones para que los niños de su pueblo estudien pero muere abandonada

Encontraron el cadáver en su piso de Madrid un mes después de su muerte. Los vecinos de Valverde del Júcar dicen que «era muy suya»

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Virginia Pérez Buendía era una mujer sencilla y discreta. No solía conversar con los lugareños. Madrugaba, cuidaba a sus animales y se dedicaba a las labores del campo, su gran pasión. Pasaba largas temporadas en Valverde de Júcar, donde nació y donde heredó numerosas tierras de labor, fincas y otras propiedades. Era la última descendiente de una familia de empresarios harineros. Su hermano, Juan Pérez Buendía, durante un tiempo se dedicó a la política. Cuentan los vecinos de este pequeño pueblo de Cuenca de unos 1.200 habitantes que él la ayudó a redactar su testamento en 1983. Nunca fue modificado y ahora deja en herencia todo su patrimonio para que ningún niño del pueblo se quede sin estudiar.

Virginia nunca se casó, no tuvo hijos, pero tampoco sobrinos, y a los 86 años no le quedaba familia directa. Murió en su piso de la calle Marqués de Cubas, en la capital de España, en la más absoluta soledad. Nadie la echó en falta hasta un mes después, cuando encontraron su cadáver tras acceder a la vivienda por una orden judicial. Desde entonces, la casa sigue precintada y un juzgado de Madrid investiga las causas de su fallecimiento. Se cree que fue un infarto fulminante.

A pesar de la dura y solitaria última etapa de su vida, doña Virginia, como así la llamaban en el pueblo, «ha demostrado que tenía un gran corazón», cuenta a ABC el alcalde de Valverde, Pedro Esteso, quien reconoce que ha sido «toda una sorpresa» y agradece el gran legado que ha dejado. Le mujer dispuso que todo su patrimonio, también mucho dinero a plazo fijo pendiente de cuantificar y acciones en Bolsa que podrían sumar varios millones de las antiguas pesetas, se dedicara a financiar los estudios a los niños de familias con menos recursos y con buen expediente académico.

Al entierro no acudieron muchos

Doña Virginia planteó la creación de una fundación con su nombre, dirigida por el regidor, el juez de paz y el párroco del pueblo. En una plomiza tarde invernal del duro invierno conquense, el sacerdote Arsenio Triguero cuenta a ABC que no fueron muchos los que acudieron a su entierro, celebrado en los primeros días de noviembre del año pasado. Sus restos mortales descansan en el panteón familiar del municipio. Más multitudinaria fue la lectura de su testamento, el último domingo de enero, en la Casa de la Cultura. Allí los vecinos, que durante años elucubraron con si dejaría su fortuna a una orden religiosa o una protectora de animales, conocieron sus últimas voluntades, recuerda el párroco, quien destaca que el fin de su herencia es «muy loable».

La Fundación, que está a punto de constituirse, debía estar formada además por otras cinco personas de cinco gremios distintos. En concreto, un maestro, un agricultor, un comerciante, un asalariado y un industrial de la localidad.

La redacción de las bases de la futura Fundación se prevé ardua y complicada. En el pueblo hay un centenar de niños en el colegio. Cerca de ochenta cursan sus estudios superiores fuera del municipio. «¿Qué criterios deberán utilizarse? ¿Deben haber vivido siempre en el pueblo? ¿Qué renta mínima deberá fijarse?», se preguntan algunos valverdeños.

La anciana dispuso que el 85% de los beneficios del capital mobiliario e inmobiliario se destinara a los fines de la Fundación, el 10% para fondos mientras que el 5% restante para otros gastos, con la condición de que su patrimonio no se pudiera ni vender ni enajenar.

El alcalde de Valverde, Pedro Esteso, aseguró que «era muy suya. No le gustaba hacer ostentación. Iba con un Land Rover viejo. Vestía de día. No se paraba a hablar con las vecinas, pero ha demostrado un gran corazón. Ha pensado en el futuro de su pueblo»..

Para Joaquín, un vecino del pueblo, «Las habladurías cuentan que deja 10 millones de euros. No gastaba ni un céntimo. Llevaba una vida un poco ermitaña».