Rouco Varela: una vida al descubierto
El arzobispo de Madrid de monaguillo - abc

Rouco Varela: una vida al descubierto

El arzobispo de Madrid revela por primera vez en un libro anécdotas y aspectos desconocidos de su vida, como sus años de estudiante en la Universidad de Múnich o cómo surgió su amistad con Benedicto XVI

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Pese a que el cardenal Antonio María Rouco Varela ha protagonizado la historia reciente de la Iglesia en España, pocos saben cómo surgió realmente su relación personal con Benedicto XVI, qué recuerdos guarda de personalidades como el cardenal Tarancón o Manuel Fraga, o cuál fue su reacción cuando le notificaron su nombramiento como arzobispo de Madrid en 1994. Esos y otros muchos detalles inéditos de su vida se recogen ahora en un libro titulado «Rouco Varela, el cardenal de la libertad» (Planeta). La primera biografía de este pastor, cuyo empuje e iniciativa le han puesto siempre en primera línea de fuego, ha sido escrita por el decano de la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Comunicación de la Universidad CEU-San Pablo, José Francisco Serrano Oceja. [Accede a la galería de fotos que repasa la vida de Rouco Varela]

«Hay muchas personas que valoran la autoridad intelectual y moral del cardenal Rouco Varela, pero no alcanzan a valorar otras cualidades y virtudes porque no las conocen», explica Serrano Oceja. La publicación es el resultado de una serie de entrevistas que el periodista realizó entre febrero de 2012 y junio de 2013 y en las que el cardenal hace un repaso sobre todas las etapas de su vida, desde su infancia, sus años de estudiante en la Universidad de Múnich hasta su paso por la diócesis de Santiago de Compostela y Madrid. El libro está plagado de anécdotas, recuerdos y grandes maestros que fueron forjando la personalidad del cardenal.

En la Universidad de Múnich

El arzobispo de Madrid estudió en la Facultad de Teología de la Universidad de Múnich entre 1959 y 1964, año en que obtuvo el título de doctor en Derecho Canónico. En esa época -explica Serrano Oceja- formaban parte del claustro de profesores «eminentes eruditos como Michael Schmaus, Klaus Mörsdorf, Gottlieb Söhngen y Joseph Pascher». En la Facultad de Filosofía además daba clase Romano Guardini. «Asistí a sus clases, colándome -recuerda el cardenal-. Eran unas clases totalmente repletas de alumnos en el Auditorium Maximum de la universidad. Ocupábamos hasta los pasillos. Guardini leía en clase, pero su lectura fascinaba. También alguna vez fui a su misa, pero tenía otras obligaciones pastorales como cura joven en mi parroquia. Guardini celebraba en la iglesia de San Luis, en la Ludwigskirche, que se llenaba hasta la homilía, y después de la homilía se iba la mitad de la gente».

Vicente Enrique y Tarancón

El primer encuentro entre Rouco y el cardenal Vicente Enrique y Tarancón se produce cuando la Universidad de Salamanca -donde el arzobispo de Madrid era su vicerrector- decide nombrar como gran canciller al entonces presidente de la Conferencia Episcopal. «Nunca tuve con él una relación profunda, ni de intercambio intenso de ideas teológicas o pastorales. Pero humanamente hablando sí mantuve con él una relación de simpatía. Le gustaba pincharme. Humanamente tuve una relación muy buena con él», recuerda. Más adelante destaca su «labor meritoria de diálogo, de mediación y de encuentro con los dirigentes de los partidos políticos» que emergieron durante la Transición.

El golpe del 23-F

El golpe de Estado del 23 de febrero de 1981 pilló a los obispos reunidos en plena Asamblea Plenaria para elegir a su presidente. Así lo recuerda el cardenal en su biografía: «Esa tarde estuvimos aislados, y no recibíamos prácticamente ninguna información. Nadie nos ofreció información. Algunos obispos, de los que éramos más jóvenes, intentamos ir al lugar de los acontecimientos para saber lo que pasaba, pero no llegamos a hacerlo. Nos recomendaron que no fuéramos. Queríamos saber lo que pasaba. Hasta que a medianoche no salió Su Majestad el Rey en televisión no nos tranquilizamos. Las primeras noticias llegaron en el descanso de la sesión de la tarde, y la primera noticia era que si ETA había entrado en el Parlamento y la Guardia Civil había intervenido. Poco a poco se fueron aclarando los perfiles de lo ocurrido». Rouco recuerda que luego se organizaron para fijar la postura de los obispos ante lo que había pasado. «Se dio la circunstancia de que don Vicente Enrique y Tarancón había dejado de ser el presidente, y estábamos votando a su sucesor -apunta-. Eso no ayudó mucho, porque esa tarde-noche estábamos sin presidencia. Y, claro, la presidencia del arzobispo de Madrid era importante en aquel momento, porque era el que tenía más posibilidades de informarse».

El Papa Francisco

Al Papa Francisco lo conoció durante unos Ejercicios Espirituales que el entonces cardenal de Buenos Aires, Jorge Mario Bergoglio, impartió a los obispos españoles en 2006. Pocos meses después lo volvió a ver en Argentina, ya que Rouco fue investigo doctor honoris causa por la Universidad Fasta. «El cardenal Bergoglio -señala- fue a recibirnos, me acompañaba en ese viaje monseñor Fidel Herráez, al aeropuerto a las tres de la mañana, y allí estaba esperándonos. Cuando nos marchamos, también quería ir a despedirnos a altas horas de la madrugada, pero le insistí en que no hacía falta. Fue una relación muy fraterna, de hermanos, con una sintonía personal y pastoral total. Después hemos tenido alguna ocasión de llamarnos y de escribirnos, de llamarnos por teléfono sobre todo».

Joseph Ratzinger

Al contrario de lo que se piensa, Rouco y Joseph Ratzinger no coincidieron en Múnich. El autor del libro, José Francisco Serrano Oceja, explica que cuando «el cardenal iba a Múnich, él ya era profesor en Bonn y apenas iba a esa ciudad». La relación de amistad se fraguó cuando el cardenal llegó a la archidiócesis de Madrid.

Su llegada a Madrid

El autor relata que el cardenal «nunca creyó que fuera a ser el arzobispo de Madrid». Cuando el nuncio monseñor Mario Tagliaferri le llamó para comentárselo, y le dijo que sí, «tuve que pedir a nuestro Señor que me ayudase mucho, porque me lanzó a un mar que no conocía en detalle. Y la impresión que tenía, de lo que conocía, es que era un mar bravío. Un mar bravío en donde se estaba tratando de navegar en buena dirección», recuerda el cardenal Rouco.