Los abusos sexuales que tuvieron que silenciarse... hasta hoy
Pam, de 48 años, y residente en Ladson (EE.UU.), da voz y pone rostro a su historia - ed. blume
libro «unspoken»

Los abusos sexuales que tuvieron que silenciarse... hasta hoy

El padrastro de Pam fue condenado a tres cadenas perpetuas tras dejarla embarazada a los 12 años y violar a otro menor. Como el de esta mujer, la ganadora del World Press Photo Lorena Ros rescata los testimonios de víctimas, su resiliencia y sus imborrables recuerdos

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Las últimas estadísticas del ACE (Estudio de Experiencias Adversas en la Niñez, en sus siglas en inglés) explicitan que una de cada cuatro mujeres en las sociedades occidentales y uno de cada siete hombres sufrieron abusos sexuales antes de que alcanzaran los 17 años de edad. Famosos como Pamela Andersonhan destapado su propia caja de los truenos y han reconocido en los últimos tiempos que su niñez estuvo truncada por tocamientos y vejaciones de parientes, amigos cercanos y gente de su -hasta entonces- absoluta confianza. Pero coexisten decenas de miles de casos anónimos, tapados, oscurecidos, silenciados... La autora Lorena Ros, fotoperiodista y ganadora del premio World Press Photo en 2001, no ha tenido inconveniente en convivir, retratar y entrevistar durante ocho años a una cuarentena de esas personas que se han desangrado para presentarle su propio retrato y testimonio real de hombres y mujeres que, aun en su edad adulta, sufren todavía un sentimiento de culpa sobre lo que padecieron hace años. Rompen por primera vez el hermetismo al que su agresor les forzó para presentar relatos realmente estremecedores. E igual de demoledora resulta parte de la moraleja impresa de la autora: «En algunos casos, las personas llevaron a juicio a sus agresores. En la mayoría de las ocasiones no se emprendieron acciones legales».

Los 17 protagonistas presentados en el libro «Unspoken» (Editorial Blume) residen en la actualidad en España, Estados Unidos y México. Han abierto las puertas de sus recuerdos a Ros, que muestra en un completo libro fotográfico los rincones captados donde se produjeron esas traumáticas experiencias. De sus entrecomillados se desprende un hálito común: hasta ahora lo mantenían como un luctuoso tabú, envuelto en vergüenza y mutismo. El dolor aflora en sus rostros y pensamientos; también su gallardía para que otros traten de remontar un trauma análogo al suyo. Se desprenden patrones similares en muchos de los casos, parecidos criminales y heridas por sanar de igual forma. «Hay que romper el silencio como arma de prevención» para las generaciones futuras, suscribe Ros.

La espita de su trabajo

Lorena Ros se graduó en Humanidades (Universidad Pompeu Fabra, Barcelona) e hizo un posgrado de Fotoperiodismo en Londres. Trabaja para organizaciones como Human Rights Watch y Soros. Desde 2005, ha tomado contacto con estas personas que ya estaban trabajando para superar su trauma con fundaciones como Vicki Bernadet y, posteriormente, residió en Estados Unidos, donde continuó su trabajo incluso poniendo un anuncio en una asociación, comenta en conversación con ABC.es. La galardonada fotoperiodista habla del motivo por el que se embarcó en este magno proyecto: había hecho un trabajo sobre el tráfico de mujeres nigerianas cuando se topó con una de ellas en pleno Paseo de Las Ramblas de Barcelona. Corroboró que la víctima seguía en la misma situación y que su tarea no había concluido. Así que primero captó seis fotografías para una exposición inicial y, después... radiografió este libro que recoge -afirma- historias que no son «de héroes ni de víctimas, sino de personas que siguen con resiliencia» y con capacidad para remontar el destino que les tocó asumir. «Todas lo han superado», se alegra, mientras alguno de los retratados en esta publicación le instiga a que dentro de unos años complete el trabajo con otro libro en el que compare su situación actual con la venidera.

«Los abusos no conocen fronteras socioeconómicas ni épocas»La autora afirma que los abusos, contrariamente a lo que puede pensarse, no son de una época o de otra, no conocen de países, tampoco entienden de fronteras socioeconómicas porque se dan casos en las mejores familias y en las marginales. Ni de sexo: «Hay mujeres abusadoras, aunque he dado con un menor porcentaje de casos; también ocurre. Es un tema más tabú todavía», por lo que no se refleja en el volumen, dice. Este trabajo de fotografía documental aparece reposado, pausado, no es uno de aquellos a los que nos acostumbra Ros, con su perpetua cámara de acción en países en vías de desarrollo, si bien reconoce que tampoco se considera psicóloga y que las personas que han querido aparecer lo han hecho como «un paso más», para tratar de «combatir la epidemia». «Forman una especie de familia, están juntos en esta causa común y agradecen que se haga este tipo de trabajo, aunque para nadie es plato de gusto protagonizar algo así, un abuso no es algo para celebrar», defiende con ahínco. Los que se animaron a dar la cara vieron que el enfoque de Ros era «desde el respeto y la confianza, por eso quisieron abrirse, se han abordado los casos desde el equilibrio, nunca desde el morbo, el sensacionalismo ni el dramatismo», opina la responsable. No obstante, lo que más le costó para sacar adelante el libro fue la hora de editar los textos: activó la grabadora, frente a la que unos relatan hasta el más mínimo detalle de cada sometimiento y otros cuentan sin más, y ella comenzó a escuchar... «El reto era hacer justicia a la historia que me habían contado», subraya Ros.

Y quienes hablaron fueron...

Mati descubrió que también su hijo

Mati y Loli son dos mujeres de El Prat, en Barcelona. Tienen 48 y 39 años, son hermanas y tuvieron la desgracia de compartir también un cuñado que abusó de ambas desde su infancia. Hasta su madre les rogó silencio cuando supo los abusos, así que hasta pasados muchos años ambas no conocieron que las dos estaban atravesando el mismo trance. Cuando la sobrina e hija del agresor les invitó a su boda, ellas declinaron volver a toparse con quien tanto daño les había hecho, no sin antes sentarse a hablar con su familiar, con su sobrina, que no les creyó y apoyó al pederasta. Mati y Loli fueron unas «mentirosas» entonces, hasta este libro que recoge en la página 46 su verdad. ¿Lo peor para ellas? Cuando Mati descubrió años más tarde que su hijo José de 16 años también había sido víctima de abusos sexuales por parte de un funcionario de la biblioteca en la que estudiaba. Los tres dan la cara. El cuñado no, pero el funcionario de Justicia pasó 7 años en la cárcel.

Raquel también es catalana y hoy tiene 29 años, pero hasta los 17 y desde los 3 fue violada por su padre. Su madre tampoco la creyó y por ello cayó en una profunda anorexia. La danza fue su asidero, hasta el punto de que ahora está volcada en una fórmula terapéutica que ha hallado en una técnica para ayudar a las personas que han sufrido abusos sexuales y trastornos de la alimentación, las dos angustias en una.

Ros fue a Nueva York para hablar con Catherine, que comenzó a sufrir abusos por parte de su padre a los 3 años. Desde entonces, participaron en una orgía de maltrato y derroche de atrocidad los compañeros de trabajo de su progenitor u otros amigos de la familia, a los que él mismo convidaba. Catherine se fue de casa para estudiar en la Universidad, pero su recuperación real no se inició hasta los veinte años de edad. Confía en crear una bonita familia. Hoy está casada.

Ella se reconcilió con su agresor tras 30 años siendo alcohólica por sus abusosEl testimonio de Ella llama profundamente la atención por lo inusual: se reconcilió con su agresor, pariente suyo, en el hospital tras treinta años refugiada en el alcohol por culpa de las agresiones sexuales a las que la había sometido desde parvulario. Tenía ganas de morir entonces, pero lloró en el funeral y se compadeció de él cuando murió. Ella reside a sus 50 años en Charleston.

Desde México D.F., Rosario, que cuenta hoy 38 primaveras, fue violada por su padrastro y años más tarde por un amigo de la familia que la dejó embarazada. Rosario tenía 13 años pero no pudo denunciar los hechos porque requería del permiso de sus padres. Rosario tuvo una niña, que hoy convive con la segunda fruto de una relación sana. Cuando la madre de Rosario volvió a casarse, su nuevo padrastro abusó sexualmente de su hija menor, algo contra lo que sí pudo luchar esta vez esta mexicana, que se cuidó muy mucho de que el violador de su hija pase un buen trecho de años en prisión. Eso sí, perdió la comunicación con su propia madre en el camino, que jamás le perdonó. Claro que Rosario quizás tampoco haya podido hacerlo.

Pam es de Ladson (Estados Unidos). Recoge Ros lo vivido y rememorado con ella (páginas 112-113 del libro): «Cuando Pam tenía ocho años, su madre se puso muy enferma y el marido de ésta empezó a abusar sexualmente de la chiquilla. Pam intentó resistirse, pero él la amenazó y le dijo que si contaba algo, su madre moriría». Pam se quedó encinta, tenía 12 años y fuertes dolores en el abdomen que la condujeron a la enfermería del colegio donde estudiaba. Pam se mudó de casa al morir su madre y quince años más tarde, un investigador de Florida la telefoneó en relación a los abusos de su padrastro contra otro menor. Fue condenado a tres cadenas perpetuas consecutivas porque ella testificó.