Rafael Martínez Simancas: «Le he cogido manía al jamón por la quimio»
Rafael, sentado en el PET-TAC del Hospital de La Paz de Madrid. Por él han pasado cerca de veintitrés mil pacientes - angel navarrete
mi vida con un linfoma

Rafael Martínez Simancas: «Le he cogido manía al jamón por la quimio»

El periodista cuenta en su último libro «Sótano octavo» cómo la enfermedad ha cambiado su día a día

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Hace dos años y medio me diagnosticaron un linfoma, una enfermedad de la que no había oído hablar nunca pero existe, la tengo. Desde entonces vivo con él y me paseo por los pasillos del Hospital de «La Paz» de Madrid, que es dónde me tratan y dónde estoy convencido de que van a acabar con «el bicho». No es lo mismo vivir con linfoma que sin él, me lo enseñó el sicólogo del hospital Javier Barbero, y tiene mucha razón, «porque se vive mejor sin linfoma», añade. [ Rafael Martínez Simancas falleció el 3 de julio de 2014, víctima del cáncer contra el que luchaba y que relató en su libro « Sótano Octavo»]

De repente te toca la bola negra, la vida es así. Recuerdo que entraba a la reunión de contenidos del diario «Qué!», del que era director, y recibí una llamada del doctor Canales del Servicio de Hematología en la que me confirmaba el diagnóstico y me citaba para la primera e inmediata sesión de quimioterapia. En ese momento te preguntas ¿por qué yo?, una enorme bola de dudas se instala en tu cabeza y cuando la despejas viene otra llena de miedos. Luego, en la sala de inyectados donde están los sillones grandes y los goteros por los que baja lenta la quimio, (un líquido naranja que te cambiará el sabor y el olor de las cosas), te preguntas ¿por qué ellos? Más tarde, después de cinco quirófanos y varias líneas de tratamiento, algunas llevaban aparejadas ingresos en el hospital, te haces la pregunta definitiva: ¿para qué?

Tu vida se llena de batas blancas y de noches muy largas en la cama de un hospital, te habitúas a lo que llaman el protocolo; sabes a qué hora pasan consulta los médicos, cuándo traen las bandejas con la cena y qué se experimenta si cuando duermes te despiertan ¡para darte la pastilla de dormir!, (el protocolo es eso).

Experto en Medicina Nuclear

Por supuesto, pasas por diversas pruebas clínicas, a estas alturas y sin pudor puedo afirmar que soy experto en Medicina Nuclear a nivel de usuario, nunca en mi vida me había planteado la utilidad de las plaquetas o de los neutrófilos, nunca había pensado que existieran diversos tipos de quimioterapia, jamás pude imaginar que por culpa del tratamiento le cogiera manía al olor de la colonia que usan mis hijos o al olor del jamón pata negra.

El pasado martes fue el Día Contra el Cáncer, en realidad contra esta enfermedad todos los días son de batalla, (¡por favor nunca le llamen «larga enfermedad!», las cosas por su nombre). El trabajo de investigadores y de médicos es continuo, no hay enfermo igual a

otro. En mi caso, tuve la suerte de dar con el doctor Canales y su equipo, decidí consultárselo todo a él y no mirar en internet, pensé que tenía que desarrollar una capacidad extra de cobertura emocional para no cansarme y finalmente recurrí al humor para afrontar la situación.

Humor no es una visión frívola de la vida, sino una manera de afrontar el toro sin perder la compostura. Un humor de chiste fácil en estos casos no funciona, decía Jardiel, que sólo hay dos maneras de ser feliz: ser idiota o parecerlo, no caigamos en eso por favor. Humor es pensar que era mejor rebautizar a las máquinas como «cacharritos de feria», yo creo que me he montado en todos los de la feria de La Paz.

Una expresión que comenté en una entrevista en la radio y que me agradeció una asociación que trata a niños con problemas oncológicos. Humor es verlo como me contó un día mi hijo Víctor, con once años: «Papá, lo tuyo es un problema de duendes, ogros y hadas. Las hadas son tu sistema inmunológico, que ha sido atacado por los ogros, así que hacen falta los duendes, que es la quimio, para reponer la situación». Disculpen, no he encontrado una definición mejor de un desajuste hematológico.

«Me veo como Robocop»

Los «cacharritos», las máquinas, tienen su papel en el tratamiento. El más importante es el PET, un enorme tubo por el que entras y pueden sacar fotos para ver el alcance de la lesión. El PET impresiona bastante, porque obliga a permanecer tumbado y quieto durante media hora. De momento, llevo doce «paseos» en «Una enorme bola de dudas se instala en tu cabeza y cuando la despejas viene otra llena de miedos»esa atracción, supongo que me darán una medalla. El del Hospital de «La Paz» fue el primer PET-TAC inaugurado en España, se calcula que por él habremos pasado cerca de veintitrés mil personas, casi el aforo que tiene la Plaza de Toros de Las Ventas. Antes de entrar tienes que beber un vaso de agua con protones que sabe a anís y luego te inyectan el contraste con el que debes convertirte en un «gusiluz», un muñeco que emite radiaciones durante unas cuantas horas pasada la prueba. Cada uno elige su técnica de relajación, la mía es contar el tiempo mentalmente y suelo equivocarme bastante poco.

A veces me veo un poco Robocop, porque llevo encima dos llaves de acceso que son muy útiles porque ya no me pinchan en el brazo, tengo una interna llamada porta-catch y otra externa que luzco en el pecho como medalla de general soviético, la llave Hyckman. Cuando me miro desnudo al espejo y cuento cicatrices me veo como un torero antiguo, un Juncal actualizado, lejos de pensar que son el resultado de una mala faena las tengo como recuerdo de una superación a cada una de ellas.

Todo este proceso se resume en un sentimiento inmenso de gratitud hacia aquellas personas que se ocupan de nosotros, «los quimioterapiados». Gratitud a médicos, enfermeras y auxiliares. A veces también se llora, sin duda, las noches son muy traicioneras, pero hay que pensar que estamos en lo cierto, en el camino de la sanación y que cada «cacharrito de la feria» es una manera de vencer una batalla que comienza cada mañana, todos los días. Algún día pienso que podré hablar de todo esto en tiempo pasado.