«Ni me he sentido diferente ni he renunciado a nada»
La edil de Valladolid posa para ABC en el Salón de Plenos del Ayuntamiento de Valladolid - francisco heras
entrevista

«Ni me he sentido diferente ni he renunciado a nada»

Ángela Bachiller, la primera concejal con síndrome de Down, está segura de que su aventura política es una oportunidad para hacer visible la discapacidad

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A sus treinta años, Ángela Bachiller no ha dejado de ser una sorpresa para todos los que se cruzan en su camino. La primera concejal del país con síndrome de Down, en el Ayuntamiento de Valladolid, también fue la primera titulada de Formación Profesional en Castilla y León. Auxiliar administrativa, enamorada del piano, cinéfila y lectora empedernida, en su día a día no hay tiempos muertos. Este año, entre acto y acto público, se ha apuntado a un curso de cocina -le encanta la pasta, el arroz a la cubana y el cocido- y está empezando a trabajar sobre un temario básico para cuando lleguen las oposiciones con plazas para personas con discapacidad intelectual porque «nada cae del cielo».

En su habitación, «todo está perfecto» y sigue a rajatabla un régimen para perder peso -«porque es importante que me cuide y me sienta bien»-. Asegura que el orden y la disciplina le ayudan a sentirse capaz de llegar «hasta el fin del mundo». Y no es una licencia literaria. Es una experta viajera y bromea con su madre recordándole cómo hizo de intérprete en Londres por la «incapacidad» materna con el inglés. A estas alturas, siente que no ha renunciado a nada.

Una lucha desde el primer día

Pero su vida no ha sido un camino de rosas. Nació por cesárea sin que nadie se diera cuenta de su discapacidad. La ilusión de un equipo «amigo» de sus padres -el matrimonio formado por Isabel Guerra, la supervisora de enfermería de la UVI del Hospital Clínico, y el forense Ángel Bachiller- pasó por alto los rasgos de una recién nacida que tuvo que ser reanimada a las pocas horas del parto para salir adelante. Isabel sufrió un ataque de hipoglucemia por «el susto» cuando una compañera le comunicó la noticia. «Yo sólo decía que no podía ser», recuerda. Apenas recuperada, pidió una silla de ruedas para conocer a Ángela y darle de mamar.

Aquél fue el primer obstáculo que tuvieron que salvar madre e hija. «El ginecólogo me dijo que le iba a retirar la leche materna porque estos niños tienen un problema de succión», relata al tiempo que repite su respuesta como si fuera ayer: «No te lo crees ni tú. Si alguien necesita salir adelante es Ángela». Así que pidió miel natural y consiguió que su pequeña comenzara a mamar.

Isabel se muestra fuerte, aunque revolver en su memoria remueve sentimientos difíciles y no puede contener las lágrimas: «Un día para llorar y toda una vida para trabajar».

Con el apoyo incondicional de la familia

Dicho y hecho. Ángela Bachiller es fruto de su propio esfuerzo y del apoyo incondicional de su familia. Aún sin internet, Isabel y Ángel removieron Roma con Santiago para acceder a los escasos recursos y especialistas de la época. El mismo día que Ángela salió de la incubadora tuvo su primera sesión de estimulación precoz con su madre al frente. Después llegó la fisioterapia. Cuando nació era «un trapo», pero a los tres meses había conseguido mantener erguida la cabeza. Desprotegidos es el adjetivo que le viene a la cabeza a Isabel cuando piensa en aquellos primeros pasos. «Fue muy duro».

Ángela se incorporó al colegio de su hermana Lara al año y medio. Un centro privado con clases pequeñas, al aire libre y los profesores se volcaron para que se integrara «con normalidad». La directora del centro se inventó un método de lecto escritura para ella y, a los 6 años, leía y escribía. A los 18, empezó FP. Saca pecho con el notable de su primer examen y las noches de estudio hasta las dos de la mañana. «Tengo mucho amor propio».

Nunca por detrás

«Me lo pasé muy bien», reconoce Ángela, que muestra orgullosa las fotos de sus amigas «normales» y presume de que nunca ha ido por detrás de los otros alumnos: «Nada, nada, yo como todos». No es así exactamente, una profesora de educación especial reforzaba su aprendizaje cada día y nunca se saltaban la estimulación en casa, donde toda la familia aportaba su grano de arena. «Mi hermana era mi profesora y es muy especial, sentimos pasión la una por la otra», explica la concejal.

Entre apoyos y críticas

«Yo nunca he llorado delante de Ángela», asegura su madre, aunque reconoce que es «duro» ser «consciente de las restricciones que la propia vida le iba a dar: tener hijos, independizarse... entonces no había opciones». Sin embargo, Ángela vive su propia historia. Conoció a su novio en clase de música y allí «surgió el amor». Se llevan «superbien» y él cuenta a los cuatro vientos que «su chica es concejal», pero eso no significa que ella piense en abandonar la casa materna o en vivir sola. «No hay nadie como mi madre», consigue decir después de emocionarse. Desnudar su vida no resulta fácil después del aluvión de críticas y apoyos recibido en las redes sociales a partir de su nombramiento. «Ya me da igual», asegura.

Isabel siempre tuvo claro que «si Ángela podía llegar, llegaría». Recuerdan cómo un niño le dijo que estaba enferma porque tenía Down. «Ángela me pidió que le explicara qué le pasaba si no le dolía ni la cabeza, ni la barriga, ni un pie», reproduce su madre, mientras la edil confiesa que nunca se ha sentido diferente. «En los demás, sí, pero en mí, nunca».