Munilla: «Es emocionante ver la hospitalidad con la que nos han acogido los pobres»
El obispo de San Sebastián, José Ignacio Munilla, durante una visita a una favela en Sao Paulo - diocesis de san sebastian
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Munilla: «Es emocionante ver la hospitalidad con la que nos han acogido los pobres»

El obispo de San Sebastián se aloja, junto a un grupo de jóvenes, en casas de familias «muy humildes» en Sao Paulo

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Esta Jornada Mundial de la Juventud promete convertirse en toda una catequesis a pie de calle. Al menos esa es la experiencia con la que se han topado los jóvenes de la diócesis de San Sebastián a su llegada a Sao Paulo, donde pasan los días previos al inicio oficial -hoy martes- de la JMJ. Desde el pasado fin de semana, estos chavales, acompañados de su obispo, monseñor José Ignacio Munilla, se alojan en grupos de dos o tres personas en hogares de familias que pertenecen a la parroquia Santa Luzia, en un barrio de «un estrato social muy humilde» en la periferia de Sao Pablo.

«El 30% de su población viven en favelas. Los demás en casas legalizadas, aunque muy humildes». El testimonio es del propio monseñor Munilla, que se puede seguir a través de la web oficial de la diócesis, además de su cuenta en Twitter. En las casas de las familias estos peregrinos donostiarras duermen, desayunan, comen y cenan. «Nos han acogido, no digo bien, sino increíblemente bien. Es emocionante ver la hospitalidad de los pobres», apunta el prelado.

El responsable del Departamento de Juventud de la Conferencia Episcopal Española explica que, pese a que el 50% de la población de esa zona es católica, la presencia de sectas «es fortísima». «El párroco nos dice que hay más de cien sectas creadas en el barrio», comenta.

La violencia y la pobreza también son monedas de uso corriente en esta diócesis de Campo Olimpo, ubicada en la periferia de Sao Paulo (una de las ciudades más pobladas de Brasil, con 24 millones de habitantes). «Entramos a rezar el Rosario en la favela de una familia en la que habían matado a dos de sus hijos en un tiroteo. La madre nos había preparado una merienda para después del Rosario, y luego hicimos una fiesta con bailes a la que asistieron los miembros católicos de las favelas vecinas (...) Salimos de la favela ya de noche y era impresionante caminar sin luz por aquellos lugares. Eso sí, siempre estábamos acompañados por la organización de la parroquia y estamos muy seguros», explica monseñor Munilla.

La misa, una fiesta

La fe y la alegría de la gente son otros de los rasgos que más destaca el obispo donostiarra en sus apuntes. «Es impresionante cómo se puede compaginar tanta ‘devoción’ con tanta fiesta en la eucaristía (guitarras eléctricas y batería inclusive). Al mismo tiempo, todo supersolemne, con monaguillos con sotana roja y roquete incluído. Al terminar la eucaristía, unos diez minutos de cantos y baile en la Iglesia con toda la gente que no terminaba de marcharse, por la música religiosa tan animada», apunta.

Y es que la secularización parece haber pasado de largo en la Iglesia brasileña a la vista de la gran cantidad de personas que acuden a misa de diario «y buena parte de ellos son gente joven», apostilla el obispo. Los hombres con alzacuellos además no son vistos con recelo como a veces suele suceder de este lado del Atlántico. «No os podéis imaginar cómo acogen la presencia del obispo y son más ‘devotos’ que nuetras monjas de clausura (y creo que no exagero)», bromea Munilla.