Portada de la revista «Sábado Gráfico»
Portada de la revista «Sábado Gráfico» - f. méndez

«Metílico»: 50 años del mayor envenenamiento masivo de la historia de España

El nuevo ensayo de Fernando Méndez es un «homenaje a una verdad incómoda» en la que se mezclaron «dinero, veneno y muerte»

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El pasado lunes se presentó en la Feria del Libro de Madrid el libro «Metílico», del periodista orensano Fernando Méndez. La obra trata el mayor envenenamiento masivo de la historia de España. Oficialmente, 51 personas murieron y nueve se quedaron ciegas tras beber licores que un grupo de bodegueros gallegos adulteraron con alcohol metílico, pero el autor cree que en aquella tragedia perdieron la vida muchas más. Incluso más que las que mató la colza casi dos décadas después. El ensayo es, en palabras de Méndez, «un homenaje social a una verdad incómoda, sobre la que hubo juicio, pero no justicia». Una historia de «dinero, veneno y muerte». [Galería: el «caso Metílico», en imágenes]

Vio nevar en el baño, después se hizo la luz absoluta, y por último, la oscuridadLa presentación corrió a cargo de Fernando Ónega, para quien «Metílico» es «una obra no maestra, pero sí ejemplar, porque es ejemplo de buen periodismo». Destacó del libro el «ansia de buscar la justicia», y describió a su autor como «uno de esos periodistas que frena el tiempo y achica el espacio» en sus investigaciones. «Yo tenía 16 años, y en mi Lugo natal en seguida se dio la alarma ante la bebida asesina. Había un extraño miedo a lo desconocido», recordó Ónega. «Aquel drama es sólo comparable con el del Prestige» en la historia gallega reciente, afirmó.

Fernando Méndez aseguró por su parte que «no hay ninguna persona mayor de 60 años que no se acuerde del caso». Fue en la primavera de 1963, y comenzó con las extrañas muertes de unos marineros en Lanzarote. Elisa Álvarez, una joven farmaceutica de Haría, municipio de la isla, descubrió el origen de los fallecimientos en bebidas adulteradas con alcohol metílico, producto que se emplea en la fabricación de plásticos, pinturas y barnices. Los licores, que habían llegado desde Vigo, se habían elaborado en las bodegas del orensano Rogelio Aguiar. El veneno causó la muerte de miles de personas en España y en los países donde la emigración española era más importante. Un drama que el autor comparó con el del hundimiento del Titanic, «por lo tremendo del suceso», el SIDA, «por la alarma social que creó», y la llegada a la Luna, por la atención mediática que suscitó.

Uno de los testimonios que recoge el libro es el de Emilio Rodríguez. El 9 de abril de 1963, este campesino gallego sintió un fuerte dolor de tripas y malestar general tras desayunar, como solía hacer todos los días, un vaso de licor café con galletas. A la mañana siguiente, tras levantarse de la cama y salir al balcón para respirar hondo el aire del nuevo día, llamó a su esposa para que contemplase junto a él la gran nevada que había cubierto los campos aquella noche. Pero Rafaela le dijo que las praderas que tenían delante presentaban el color verde que correspondía en primavera. Emilio, confundido, se dirigió al baño. Allí vio su imagen reflejada en el espejo, la última que recordaría. El campesino contó a Méndez que, de repente, comenzaron a caer copos de nieve dentro del baño, después se hizo la luz absoluta, y por último, la oscuridad. La ponzoña había destruido su nervio óptico.

El caso del metílico, del que se está preparando una película, «continúa más vigente que nunca porque nuestra sociedad asocia peligrosamente la cultura del ocio al alcohol, y por la moda del "botellón", acompañada en muchos casos de la venta de bebidas elaboradas con alcoholes de baja calidad, el denominado "garrafón"», afirma Méndez. «En Latinoamérica cada mes muere alguien por haber tomado bebidas adulteradas con metílico», advierte el autor. Pero el peligro existe en todo el mundo, también en Europa, sobre todo en los países del este: en 2012 murieron envenenadas en la República Checa 28 personas, y se decomisaron 3.000 litros de licores adulterados con este producto tóxico.

«¡Fueron miles los que se murieron!»

Según Méndez, en el juicio, que fue el más voluminoso de la historia de España después de la Causa General de la Guerra Civil, «el Gobierno de Franco se lavó las manos» y su aparato judicial frenó la investigación del fiscal del caso, Fernando Seoane. En opinión del autor, «las familias de las víctimas se convirtieron en el mayor aliado de los acusados por culpa del férreo código moral del mundo rural gallego». Nadie quería hablar sobre un pariente que murió por beber alcohol. Los condenados, por su parte, no tuvieron que llorar la muerte de ningún ser querido. Sólo se les murieron dos perros que habían lamido restos del veneno. Los 11 bodegueros no cumplieron ni siquiera la mitad de las penas que les fueron impuestas, y como se declararon insolventes, los familiares de las víctimas no recibieron indemnización alguna.

«A esas “viejiñas” de aldea, de chal y pañuelo negro, el metílico las segó»Más de tres décadas después, en el otoño de 1997, el fiscal Seoane confesó a Méndez en una entrevista que fueron muchas más que las 51 oficiales las personas que perdieron la vida por beber aquellos licores: «¡Fueron miles los que se murieron! [...] Mire usted, si cinco centímetros cúbicos de metílico son suficientes para causar la muerte y una copa contiene 30 centímetros cúbicos de licor, basta con saber la cantidad de litros [de metílico] que se emplearon en elaborar bebidas para tener una idea aproximada del número de desgraciados que murieron envenenados. Al menos pudimos averiguar que se elaboraron licores con 14.000 litros de metílico. ¿Cuántas copas de licor se pueden llenar con 14.000 litros de metílico?... Eche usted cuentas y verá».

Los que bebieron la ponzoña asesina cayeron como moscas, pero entonces muchos creyeron que a los que fallecieron, sencillamente, «les había dado un mal». «A esas “viejiñas” de aldea, las de chal y pañuelo negro a la cabeza, que desayunaban mendrugos mojados en licor café, el metílico las segó. Pero nadie daba demasiada importancia a la muerte de los ancianos, aunque me consta que murieron a centenares. Tampoco podemos olvidar a los nativos de Guinea. Allí también fue catastrófico...», contó Seoane al autor.

En opinión de Méndez, «está claro que los bodegueros no eran asesinos. Su intención no era la de matar a nadie, pero su desmedido afán de lucro supuso para muchas familias la muerte o la ceguera de sus seres queridos». Por otra parte, reabrir el caso no sería nada fácil, ya que, tal y como contó el autor en la presentación del libro, «el metílico es muy volátil, y desaparece muy rápido del cadáver». Además, aquella tragedia se juzgó como un delito común contra la salud pública, por lo que ya ha prescrito.