Juan Pablo II durante una de sus escapadas a la montaña para practicar esquí alpino en Zakopane, cerca de Cracovia
Juan Pablo II durante una de sus escapadas a la montaña para practicar esquí alpino en Zakopane, cerca de Cracovia - archivo

Fumatas que se resisten a ser blancas y otras anécdotas papales

Curiosas historias de los Pontífices que muestran su faceta más humana

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Georg Ratzinger relató en su libro «Mi hermano, el Papa» cómo a Benedicto XVI le gustaba ver el telediario a las ocho de la tarde, la música de Mozart y fue un asiduo espectador de las aventuras del perro policía Rex en televisión. Eran algunos detalles de la dimensión humana del Papa, que el día en que fue elegido como 265 Pontífice, el 19 de abril de 2005. había pedido a Dios que no fuera él el designado. «Hasta cierto punto le dije a Dios "por favor, no me hagas esto..." Evidentemente, Él no me escuchó», confesó después el Santo Padre.

En el Cónclave que eligió a Pío IX (1846-1878), él era el escrutador de las papeletas y leía en voz alta los nombres que iban saliendo. Al ver que su nombre se repetía, pidió que otro cardenal siguiera leyendo y como su súplica se rechazó, acabó por leer en voz alta: «¡El Papa soy yo!» . Pío IX fue el Papa con el Pontificado más largo sin contar a Pedro. Capitaneó la Iglesia Católica durante 32 años. Urbano VII, por el contrario, apenas fue Papa 12 días, del 15 al 27 de septiembre de 1590.

También el nombramiento de Pío XII tuvo su anécdota. Hubo que anunciarlo por megafonía en la Plaza de San Pedro ante los intentos influctuosos de que la fumata saliera blanca. Lo intentaron hasta en cuatro ocasiones, pero el humo que salía de la chimenea era de todos los colores. En la elección de Benedicto XVI se repitieron los problemas con la chimenea. Hubo un momento en el que la Capilla Sixtina «se llenó de humo», según contó entonces el cardenal holandés Adrianus Simonis.

Juan XXIII, el Papa de las anécdotas

Una anécdota simpática tuvo lugar tras el nombramiento del Papa Juan XXIII (1958-1963), según relata a ABC el doctor en Teología y profesor de Periodismo en el CESAG (Universidad de las Islas Baleares) Jaime Vázquez Allegue. En su primera noche como Pontífice pidió al cardenal Nasalli que se quedara a cenar con él, pero éste le replicó que era costumbre que los Papas comieran solos. «Tampoco de Papa van a dejarme hacer lo que me dé la gana!», respondió el recién elegido Pontífice. El cardenal accedió a su petición y le preguntó: «¡Santidad!, ¿puedo traer champán?».

«¡Sí, por favor, pero no me llame Santidad, que cada vez que así lo hace me parece que me está tomando el pelo!», cuentan que le contestó el llamado «Papa bueno» a quien por su carácter campechano también se le conoció como el Papa de las anécdotas. Su primer gesto horas después de ser elegido fue subir el sueldo a los porteadores de la silla papal «porque yo peso casi cien kilogramos más que el enjuto Pío XII», argumentó.

Durante el cónclave que eligió a Karol Wojtyla las especulaciones sobre el futuro Pontífice llegaron hasta la tecnología, pero ni la prensa, ni la computadora IBM a la que se le consultó en Estados Unidos mencionaron su nombre antes de la fumata blanca. Juan Pablo II adelantó la ceremonia que dio inicio a su pontificado el 22 de octubre de 1978 para no quitar audiencia a un partido de fútbol muy importante, según relata Allegue. El Papa era un apasionado del fútbol y había jugado como amateur durante su juventud. También le gustaba esquiar, era poeta y actor, aunque se le recordará como el Papa «viajero». Llegó a dar 30 vueltas al mundo.

Juan Pablo I sorprendió por salir elegido durante el primer día de cónclave, cuando nadie le situaba entre los papables y por el nombre que eligió, con el que quiso sumar la herencia de Juan XXIII y Pablo VI.

A Pablo VI (1963-1978) le gustaba tanto leer, que dicen que cuando viajaba llevaba una pequeña biblioteca ambulante en la maleta, con casi un centenar de libros para poder elegir según el momento, lugar o circunstancia. Años antes, cuando fue nombrado arzobispo de Milán en 1954 llegó con una sola maleta de efectos personales, pero con noventa cajas de libros, según contó ABC.

Allegue apunta que no es ningún un secreto que Pío XII era un gran aficionado a las carreras de coches y le gustaba la velocidad. Cuentan que mandó instalar un cronómetro en el coche papal para animar a su conductor a que fuera más rápido por las calles de Roma y por el interior del Vaticano. También se le recuerda por su actividad desbordante. Era habitual ver la ventana de su despacho iluminada hasta altas horas de la madrugada.

Rompedor, no solo con sus sombreros

Benedicto XVI ha demostrado ser rompedor en su indumentaria. Recuperó el camauro usado en el Renacimiento y que no se había visto desde 1963, un gorro rojo ribeteado con armiño que ya sorprendió cuando lo lució Juan XXIII. También sorprendió llevando un saturno, un sombrero de ala ancha que Juan Pablo II apenas utilizó, pero era habitual en la vestimenta del Papa bueno. Ha llegado a calarse en la cabeza un tricornio de la Guardia Civil, un sombrero charro mexicano, un casco de bombero, una gorra de piloto o de policía australiano.

Sin embargo, su renuncia al Papado el próximo 28 de febrero constituye ya su mayor anécdota. Aunque once Papas ya lo hicieran antes que él, es el primero en abandonar el Pontificado desde que lo hiciera Gregorio XII en 1415, ya que Pío VII la firmó, en previsión de una posible captura por parte de Napoleón, pero no llegó a realizarla.

El Vaticano albergará así a un Papa emérito y al nuevo Pontífice que salga elegido en el próximo cónclave, una situación desconocida hasta ahora, pero que puede ser de gran ayuda para el futuro Papa, que podrá aprovecharse de la experiencia de Ratzinger. Tampoco se sellará Castelgandolfo, como se hace tras la muerte de un Papa.

Ratzinger se retirará a un convento de clausura dentro del Vaticano, donde permanecerá «escondido para el mundo», según dijo en su despedida de los sacerdotes de Roma, dedicado a la oración, la reflexión y la escritura. ¿Escribirá un nuevo libro?