La renuncia papal en la historia de la Iglesia
Benedicto XVI se ha convertido en uno de los pocos papas en la historia de la Iglesia que renuncia al cargo - abc

La renuncia papal en la historia de la Iglesia

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Es frecuente la evocación de datos históricos en busca de antecedentes de la renuncia papal. De forma resumida, tenemos los siguientes:

San Ponciano

Las fuentes históricas no son abundantes sobre la vida de este Papa. Sucedió a Urbano I el 21 de julio del año 230. En el año 235, accedió a la jefatura del imperio romano Maximino el Tracio, quien desató una persecución contra, principalmente, los líderes de la Iglesia. El Papa fue desterrado a la isla de Cerdeña. Tras dos años de muchas penalidades, murió en el año 235 (quizás el 28 de noviembre) ó 236 de penuria y sufrimiento o, según una tradición, a garrotazos. Antes de su muerte, aunque no se sabe cuánto tiempo exactamente (acaso el 27 ó 28 de septiembre del 235), renunció al pontificado con la intención de despejar el camino para la elección de otro papa. No obstante, no hay consenso en aceptar esta renuncia como un hecho seguro.

San Silverio

Fue elegido Papa probablemente el 1 o el 8 de junio del año 536 y murió en el 537, quizá el 2 de diciembre. Los territorios del antiguo Imperio Romano de Occidente estaban entonces divididos en diversos reinos resultantes de su ocupación por los pueblos «bárbaros». El Imperio Bizantino (antiguo Imperio Romano de Oriente) permanecía en pie y con la pretensión de recuperar parte de aquellos territorios. Los ostrogodos intentaron tomar Roma, y aunque no lo consiguieron, destruyeron los suburbios. El Papa y los senadores pidieron auxilio al Imperio Bizantino, encabezado por el emperador Justiniano, quien había enviado a su general Belisario a arrebatar Italia a los ostrogodos. Teodora, la esposa de Justiniano, resentía del Papa que no aprobaba su política religiosa heterodoxa (apoyaba al monofisitismo, una herejía según la cual en Cristo no hay dos naturalezas –la humana y la divina–, sino solamente la divina). Aprovechando la presencia de sus soldados en Roma, la emperatriz, acusándolo falsamente de traidor al Imperio, lo mandó secuestrar y conducir hasta Patara de Licia, en el Asia Menor. Belisario proclamó Papa a Vigilio, diácono que aspiraba al pontificado y era favorecido por la emperatriz (29 de marzo del 537). El obispo de Patara demostró la inocencia de Silverio ante el emperador Justiniano, por lo que éste lo liberó y lo envió a Roma de vuelta. De camino fue capturado por los partidarios de Vigilio, quienes, con el respaldo de Belisario, leal a Teodora, lo desterraron a la isla de Palmarola, en el Mar Tirreno, frente a Nápoles. No se sabe si murió en esa isla o en la de Ponza, ni si fue por malos tratos y hambre o por asesinato.

Una tendencia historiográfica sostiene que Silverio se vio forzado a renunciar el año 537, quizá el 11 de noviembre, a unas pocas semanas de su muerte. El Annuario Pontificio de 2002 acepta la abdicación de Silverio al considerar que el pontificado de Vigilio se legitimó tras la renuncia de aquel, con el reconocimiento de parte del clero romano, sanándose de ese modo los vicios de la elección. Otros autores consideran a Vigilio como antipapa hasta la muerte de Silverio. Según esta línea, Vigilio abdicó cuando murió Silverio, y es cuando el clero romano, movido quizá por la búsqueda de la paz y por temor a Belisario, lo eligió como Papa.

San Martín I

Elegido el 5 de julio del 649, a Martín le tocó hacerle frente a la herejía del monotelismo, según la cual en el Verbo hecho carne hay solamente una voluntad y una energía (la divina), y no dos (una humana y otra divina). Martín convocó un concilio en Letrán que condenó los postulados monotelitas, a la vez que censuró dos edictos imperiales que los favorecían. El emperador Constante II mandó apresar al Papa. El 17 de junio del 653 fue llevado a Constantinopla, adonde llegó en el otoño del mismo año. El Senado lo acusó de traición y lo condenó a muerte, aunque esta pena se le conmutó por el destierro al Quersoneso, en Crimea (península de la actual Ucrania). Partió a este exilio en abril del año 654. No sólo fue despojado de sus vestiduras episcopales, sino que se le maltrató en sumo grado. No se puede afirmar con exactitud la fecha de su muerte en el destierro, quizá fue el 16 de septiembre del 655, o el año siguiente. Es el último papa declarado mártir.

Se dice que renunció al pontificado, quizá un año antes de su muerte. En todo caso, podemos hacernos eco de lo sostenido por el Annuario Pontificio per l’anno 2002: que parece que no puso objeciones para la elección de su sucesor, San Eugenio I (10 de agosto del 654). El nuevo Papa divulgó en los diferentes naciones lo que el emperador bizantino había hecho con Martín. El 2 de junio del 657 murió Eugenio.

Juan XII, León VIII, Benedicto V

El Papa León III, en el año 800, consagró al rey de los Francos, Carlomagno, como el nuevo «Emperador de los Romanos». El nuevo imperio, en manos primero de los francos y después de diversas dinastías alemanas, sería llamado más adelante «Sacro Romano Imperio» y «Sacro Imperio Romano Germánico». El germano Otón I ocupó el trono imperial el año 962, coronado como tal por el Papa Juan XII. Este Papa (elegido el 16 de diciembre de 955) ha pasado a la historia como uno de aquellos que mancharon el nombre de la Iglesia en el «siglo de hierro». Políticamente llegó a chocar con Otón I, quien se presentó en Roma con su ejército en el año 963. El Papa escapó, pero el Emperador promovió un sínodo de obispos en la Basílica de San Pedro que depuso, el 4 de diciembre del 963, a Juan XII, a la vez que eligió al papa León VIII, entronizado dos días después. El último es catalogado por diversos historiadores como un antipapa. Otón I reivindicó el derecho de los antiguos emperadores de Oriente de dar su aprobación tras la elección del Papa, a lo que añadió la obligación de que éste le jurara fidelidad. Juan XII volvió a Roma, donde convocó a sínodo que depuso a León VIII, el cual había huido de Roma. Juan XII murió el 14 de mayo del año 964.

En Roma, al margen de Otón I, los electores del pontífice eligieron a Benedicto V (en mayo, quizá el día 22, del año 964), lo que provocó que el Emperador acudiera a Roma a imponer nuevamente a León VIII. Así lo hizo en un sínodo que convocó en Letrán, en el que se tuvo que hacer presente Benedicto V, quien fue declarado usurpador y degradado a diácono (24 de junio del 964). Lo común es que se hable en este caso de deposición, aunque también abdicó. Sin duda, se trata de una abdicación forzada. Otón I lo desterró a Hamburgo, donde vivió hasta su muerte.

Determinar si Juan XII dejó de ser papa depende de si se considera válida o inválida su deposición. De ahí que diversos canonistas hayan negado la legitimidad del pontificado de León VIII hasta la muerte de Juan XII, el 14 de mayo del 965. Consideran que fue válido su pontificado desde esta última fecha hasta el 1º de marzo del 965. Otros autores consideran totalmente ilegítimo su pontificado, catalogándolo como un antipapa. El Anuario Pontificio en su última edición sigue sin pronunciarse al respecto. Se limita a decir que si la deposición de Juan XII fue válida, entonces debe considerarse legítimo el pontificado de León VIII. En cuanto a Benedicto V, incluirlo en la lista de los papas que renunciaron depende de si se considera un papa legítimo. Diversos autores se inclinan por la legitimidad de su pontificado, pero el Annuario Pontificio sigue sin definir la cuestión, señalando que si se considera a León VIII como un papa legítimo, Benedicto V es un antipapa.

Benedicto IX, Silvestre III y Gregorio VI

El caso de Benedicto IX es complejo: en tres oportunidades ocupó el solio pontificio. Su primer período como Papa corre entre 1032 (el Anuario Pontificio oscila entre los meses de agosto y septiembre, sin precisar la fecha; otra fuente da el 21 de octubre) y septiembre del 1044, cuando tiene que huir debido a una sublevación en Roma contra los Tusculanos, poderosa familia romana de la que él provenía. Los Crescencios, familia rival, lograron que fuera nombrado, el 20 de enero del 1045, un nuevo papa: Juan, Obispo de Sabina, quien adoptó el nombre de Silvestre III y que algunos canonistas consideran antipapa, aunque otros le reconocen el derecho de figurar en la lista de los papas legítimos y como tal consta en la lista de pontífices del Annuario Pontificio. Éste considera que el primer pontificado de Benedicto fue interrumpido por la intrusión de Silvestre III. El segundo período se da entre su llegada a Roma, el 10 de marzo de 1045, cuando depone y excomulga como antipapa a Silvestre III, y su renuncia bajo presión, el 1º de mayo del mismo año. Benedicto abdicó en la persona de Juan Graciano, su padrino, quién tomó el nombre de Gregorio VI (5 de mayo del 1045 al 20 de diciembre de del 1046), con la aceptación del clero y del pueblo romanos. Los autores se dividen en la calificación de Gregorio VI como papa o antipapa. El Annuario Pontificio lo incluye en la lista de los papas legítimos. A los dos años de gobierno de Gregorio, tanto Silvestre como Benedicto seguían pretendiendo derechos como pontífices. Por influencia del emperador Enrique III se reunió un sínodo en Sutri (1046), al que fueron convocados Silvestre, Benedicto y Gregorio. En el sínodo fue depuesto y abdicó Gregorio VI, y se anularon los derechos de Silvestre y Benedicto (20 de diciembre de 1046). Benedicto no se presentó, pero fue depuesto en un sínodo en Roma.

Gregorio VI ingresó como monje en el famoso monasterio de Cluny, hasta su muerte, donde gozó de la compañía espiritual del celebérrimo monje Hildebrando de Soano, el futuro papa Gregorio VII, gran reformador de la Iglesia.

Al poco tiempo fue elegido nuevo papa: Clemente II (24 de diciembre del 1046 al 9 de octubre del 1047). El tercer período de Benedicto IX transcurre octubre del 1047, según el Annuario Pontificio (otros autores precisan el 8 de noviembre del 1047), cuando, con el apoyo de su familia, los condes de Túsculo, violentamente tomó el solio papal, y su nueva renuncia, en agosto de 1048 según el Annuario Pontificio (otros la datan el 16 ó 17 de julio del mismo año), cuando se ve arrojado de Roma por el conde Bonifacio de Toscana por directriz del emperador Enrique III. Hay quienes sostienen que vivió el resto de su vida aferrado al deseo de retornar al papado, pero es muy probable la versión según la cual desistió de sus intentos bajo el consejo de Bartolomé, un santo monje, abad de Grottaferrata (Roma).

Celestino V

Pedro di Morone era un monje de origen campesino. Fue elegido papa el 5 de julio de 1294, cuando contaba con ochenta y cuatro años de edad, después de dos años de estar vacante la silla apostólica, tras la muerte de Nicolás IV. Fue entronizado el 29 de julio del mismo año y el quinto Papa que se llamó Celestino. Gozaba de fama de santidad, y su elección fue celebrada multitudinariamente. Pero pronto se dio cuenta de que no contaba con las cualidades para el gobierno eclesiástico. Le faltó autoridad, seguridad, capacidad directiva y fuerza para no ser manipulado por los grupos políticos. Fue necesario debatir sobre la licitud y la conveniencia de la abdicación. Finalmente, el 13 de diciembre de 1294, alegando ignorancia, incapacidad y ser un hombre de maneras y lenguaje incultos, cambió sus vestiduras papales por las monacales que vestía antes, todo ello en un consistorio (reunión de los cardenales con el Papa). Entonces, se postró y pidió perdón por sus errores, los que solicitaba a la asamblea cardenalicia que reparara eligiendo un digno sucesor de San Pedro. Regresó a su convento. Bonifacio VIII, su sucesor, quiso llevar al papa dimisionario a Roma tanto para que le ayudara a apaciguar la oposición que su elección había provocado, como para evitar que sus adversarios restablecieran al último en el trono papal. Celestino huyó, pero fue capturado. Murió cautivo de Bonifacio VIII en una pequeña habitación del castillo de Fumone, el 19 de mayo de 1296.

El caso de Celestino V reviste especial significación por tres razones. La primera es que, mientras que en los anteriores casos existe algún grado de incertidumbre en cuanto a si la renuncia o la deposición se efectuaron o no, o a si fueron válidas, o a si hubo voluntad de abdicación, o a si el papa lo era realmente, en el caso de Celestino no cabe ninguna duda. La segunda es que se trata de una renuncia absolutamente voluntaria. La tercera es que con esta renuncia, Celestino formalizó en el derecho canónico la renuncia de los pontífices. En efecto, mediante un decreto, estableció la legitimidad de la renuncia papal. Su sucesor, Bonifacio VIII (1294-1303), fue quien profundizó en la regulación de la abdicación del Papa, mediante una decretal (carta pontificia con fuerza de ley referente a dudas sobre cuestiones canónicas), a la que pertenece el siguiente párrafo: “Nuestro antecesor, el Papa Celestino V, mientras gobernaba la Iglesia, constituyó y decretó que el Pontífice Romano podía renunciar libremente. Por lo tanto, no sea que ocurra que este estatuto en el transcurso del tiempo caiga en el olvido, o que debido al tema, esto se preste para futuras disputas. Hemos determinado con el cónsul de nuestros hermanos que debe ser colocado entre las otras constituciones para que quede perpetuamente en el mismo.”

Gregorio XII

El angustiante período del Cisma de Occidente fue ocasión para una nueva renuncia papal. El 9 de abril de 1378 fue elegido papa Urbano VI en un cónclave agitado y con la presión externa del pueblo romano que exigía que el nuevo papa fuera romano o italiano. El nuevo papa actuó con rigor para corregir costumbres insanas entre los eclesiásticos, por lo que chocó con los cardenales. Éstos, en su mayoría franceses, en Fondi declaran nula la elección de Urbano VI, y eligen a un nuevo pontífice: Clemente VII. Los reinos europeos se hacen partidarios de uno u otro papa (lo que se conoce como el problema de las “obediencias”). El 30 de noviembre de 1406 fue elegido papa legítimo Gregorio XII, en la línea sucesoria de la obediencia romana. Contaba con 80 años. Fue entronizado el 9 de diciembre del mismo año. En 1409, reinando Gregorio XII y prosiguiendo Benedicto XIII la sucesión de Clemente VI, ciertos cardenales de uno y otro bandos convocaron un sínodo en Pisa. Éste depuso a ambos papas, declarándolos herejes y cismáticos, a la vez que eligió a un nuevo Papa: Alejandro V. Dado que ni Gregorio ni Benedicto renunciaron, la crisis se agravó: ahora la cristiandad contaba con tres papas. Al morir Alejandro V, le sucedió Juan XXIII (sic), que se cuenta en la lista de los antipapas. Éste, después de convocar el Concilio de Constanza en 1415, fue apresado y obligado a renunciar. Por su parte, Gregorio XII, papa legítimo, también renunció el 4 de julio de 1415. Falleció el 18 de octubre de 1417, a los noventa años. Benedicto fue depuesto por el Concilio. En 1417 fue elegido Martín V como legítimo papa. Terminó así la más grave crisis de la Iglesia, que duró treinta y nueve años.

Pío VII: una renuncia firmada... pero no realizada

A Pío VII le tocó gobernar la Iglesia en los convulsos años de 1800 a 1823. Durante quince años tuvo que hacerle frente a Napoleón Bonaparte, cuya política eclesiástica era de la subordinación de la Iglesia a su gobierno, así como la extinción de los Estados Pontificios para incorporarlos a su imperio. Cuando por deseo de Napoleón y para negociar con éste, Pío VII fue a París a coronarlo como emperador en 1804, el Papa firmó su abdicación en previsión de una captura por parte de Napoleón. La detención no se realizó en ese momento, por lo que el Papa pudo volver a Roma y la renuncia no se llevó a efecto.

La legislación actual

Todo lo aquí narrado constituye los antecedentes históricos y jurídicos de lo previsto por el actual Código de Derecho Canónico, promulgado por la autoridad de Juan Pablo II en 1983, en el capítulo «Del Romano Pontífice y del Colegio Episcopal» (Parte II, Sección I), canon 332, párrafo 2: «Si el Romano Pontífice renunciase a su oficio, se requiere para la validez que la renuncia sea libre y se manifieste formalmente, pero no que sea aceptada por nadie.» A diferencia de la renuncia a los demás oficios dentro de la Iglesia (canon 189, párrafo 1), no se requiere que sea aceptada por nadie por cuanto el Papa «tiene, en virtud de su función, potestad ordinaria, que es suprema, plena, inmediata y universal en la Iglesia, y que puede siempre ejercer libremente» (canon 331).