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DIVERTIMENTO MEDIEVAL

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Con el estreno de «Toledo» tengo la misma sensación que tuve con el de «Águila Roja». Puedes tomártela en serio y llevarte las manos a la cabeza al ver que Fernando aparece como el hijo pequeño de Alfonso X y Sancho como el mayor (es al revés). O puedes despojarte de prejuicios y disfrutar de las intrigas palaciegas, la voz de Eduard Farelo, el jubón de Maxi Iglesias, las Paulas enseñando cacha, los rizos de Fernando Cayo, el pintoresco arzobispo de Rubén Ochandiano, la ausencia de niños, la belleza de Patricia Vico, la gran Petra Martínez y Juan Diego con peluca. Eso sí, podría haber menos luz, tanto en exteriores como en interiores.

Y sin prejuicios (o sin conocimiento ni falta que hace) es como se la ha tomado la audiencia, que casi alcanzó el 20% de cuota. «Toledo» fue líder de la noche con un 19,7% y 3.541.000 espectadores. También ayudó que Antena 3 no pusiera publicidad hasta el final (y poca). Pero más allá de la fidelidad histórica está el siempre delicado asunto de la ambientación. Y otra vez las calles de «Toledo» están tan limpias como las de «Águila Roja» (esa paja impoluta). Limpias las calles, las mazmorras, la ropa de los soldados y todo el vestuario de moros y cristianos. Parece que han pasado por la ciudad las de «How clean is your house?», como en la parodia que Jennifer Saunders hizo de «Downton Abbey». Por cierto, que los historiadores británicos se escandalizan con esta serie y con los sirvientes tan limpios. «La gente no se da cuenta de que los criados apestaban», dice la historiadora Jennifer Newby. Vamos, que en todos sitios fríen pescado. Lo que no es justo, con nuestros presupuestos, es comparar «Toledo» con «Juego de Tronos», por mucho que Rodrigo sea una especie de Mano del Rey. Y porque, pese a todo, esta alianza de civilizaciones tiene toda la pinta de enganchar.