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First Dates La «surrealista» casualidad que unía a una pareja de «First Dates»: «¿Por qué siempre me pasa todo a mí?»

Elena, nada más ver a Sandro, se dio cuenta de que «lo conocía de algo, pero no lo ubicaba»

CUATRO
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No remite la marea de solteros desesperados a la busca del amor que llaman a la puerta del restaurante de Carlos Sobera. «First Dates» se emite para intentar resolver su gran problema: la soledad. Son ya muchas más de 800 las noches que lleva en antena y no parece que vaya a terminarse pronto. Por el plató de Cuatro han pasado los personajes más excéntricos que uno pueda imaginarse, y no pocos de ellos se han ido del programa acompañados.

Este martes rompió el hielo Elena, una educadora infantil gaditana de 21 años que se presentó contando que su «pasión es el carnaval de Cádiz. Para mí todo el año es carnaval». Le contó también a Sobera que le encantaban los niños y que siempre había querido «formar una familia, pero todavía no es el momento». Para rematar, dijo que buscaba «a un hombre moreno y con barbita de tres días».

En ese perfil encajaba más o menos Sandro, también gaditano de 22 años, que se gana la vida como animador y bailarín: «Tengo un humor muy del sur. Me gusta el cachondeo y estar siempre sonriendo». Su gran pasión, tal y como confesó, era el baile: «Cuando bailo siento amor, da igual con quien esté bailando». El gaditano fue a «First Dates» en busca de una «persona risueña, con la que nunca me falte una sonrisa».

Sobera los presentó y a él se le salieron los ojos de la cara: «Es preciosa, está tremenda». A ella tampoco le disgustó Sandro, pero fue otra cosa lo que le llamó la atención: «¡Lo conozco seguro! Pero no lo ubico». Se sentaron y empezaron a charlar. Había buena sintonía entre ellos y de pronto ella cayó en la cuenta de quién era Sandro. «¡Ya te he ubicado!», saltó Elena, «Agárrate bien, porque tú sabes quién es mi exnovio y yo quién es tu exnovio...Soy la exnovia de Francis». Y es que resultaba que Sandro era el exnovio de la mejor amiga del exnovio de Elena. Él se quedó en blanco: «Estoy flipando, esto es increíble».

Ella no acaba de dar crédito: «¡Es surrealista! Soy medio brujita y en mi casa pensé que iba a pasar algo raro, y ya ves...¿Por qué siempre me pasa todo a mi?». Una vez superado el trauma hablaron sus experiencias amorosas y sobre lo que buscaban en la vida. Al final, cuando llegó el momento del desenlance, contra tod pronóstico ninguno quiso tener una segunda cita, pero prometieron volver a verse como amigos.

Más mayores eran los componentes de la segunda pareja de la noche. María es una almeriense de 67 años, periodista jubilada, que se describió como una mujer rebelde e independiente que había vivido mucho. Para cenar con ella llegó Peter, un jubilado alemán de 76 años que vive en Menorca desde hace 48. «Me sigue gustando divertirme en plan hippie, sin reglas».

Peter contó que mudarse a España fue «la mejor decisión de mi vida, porque no me gusta la mentalidad alemana. Yo fui hippie y rebelde, odié a la autoridad, me fumé mis porros...». Se sentaron a le mesa y todo prometía salir a las mil maravillas, pero al alemán le pudo su ego. Empezó a hablar constantemente de sí mismo sin dejar hablar a María, que se sintió incómoda. «Eres extrovertido, parlanchín y divertido, pero muy egocéntrico. Todos tenemos ganas de ser protagonistas, porque yo también tengo una vida y quiero contarla».

Peter, lejos de tomarse eso como un ataque, aceptó la crítica de buena gana: «Que me digas algo malo habla muy bien de tu carácter. Eso me ha gustado». Las cosas volvieron a su cauce y María bromeó sobre cómo Peter pronunciaba su nombre («Peta»). «Un peta en español es otra cosa. Es canuto», contó ella riéndose y arrancándole a él unas carcajadas. Cuando llegó el momento de la verdad los dos quisieron darse una segunda oportunidad para seguir conociéndose.