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Ola de suicidios en la televisión británica: ¿hay que ponerle límites a la telerrealidad?

Reino Unido ha publicado una nueva normativa para «proteger el bienestar de los participantes en programas» después de que tres exconcursantes de realities se suicidasen en menos de un año

Svetlana fue asesinada por su expareja a los cinco días de rechazar su petición de matrimonio en «El Diario de Patricia»
Svetlana fue asesinada por su expareja a los cinco días de rechazar su petición de matrimonio en «El Diario de Patricia» - ANTENA 3
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«The Jeremy Kyle Show», emitido en la cadena privada ITV, fue cancelado en mayo de este año tras dieciséis temporadas siendo uno de los programas más seguidos de Reino Unido. Definido por un crítico del New York Times como un «teatro de la crueldad», este programa matutino mantuvo una audiencia fiel de hasta un millón de espectadores explotando sus más bajos instintos. A The Jeremy Kyle Show acudían personajes de todo tipo, con frecuencia al borde del alcoholismo y la marginación, para resolver sus diferencias, hacerse reproches mutuamente y someterse a la prueba del polígrafo. Mientras tanto, el público monta escándalo, abuchea e insulta a los invitados. Para personas como Steve Dymond, un hombre de 63 años depresivo y con un pasado turbulento, una humillación tan despiadada puede resultar mortal.

Dymond acudió a «The Jeremy Kyle Show» a principios de mayo para demostrarle a Jane Callaghan, su pareja, que nunca le había sido infiel. Pese a estar padeciendo una depresión grave, Dymond fue autorizado por un médico para participar en el programa y exponer allí su intimidad. Dymond se sometió a la prueba del polígrafo, que dictaminó que había mentido y, por tanto, que había engañado a Jane. Una semana después la casera encontró el cadáver de Dymond en su habitación de Portsmouth. La policía concluyó que se trataba de un suicidio por sobredosis. «Ha llegado el momento de poner punto final. Los pensamientos y la simpatía de todos los que trabajamos en ITV están con la familia y los amigos de Steve Dymond», decía el comunicado que anunciaba la clausura de «The Jeremy Kyle Show».

En menos de un año han tenido lugar en Reino Unido tres suicidios de participantes en programas de telerrealidad. Dos meses antes de Dymond lo hizo Mike Thalassitis, un londinense de 26 años conocido por haber participado en «Love Island», una especie de «Gandía Shore» grabado en Mallorca en el que los concursantes buscan el amor pero, sobre todo, buscan llevarse el maletín de las 50.000 libras. En junio de 2018 se suicidó Sophie Grandon, Miss Gran Bretaña en 2009 y concursante de «Love Island» en 2016. Ofcom, el organismo encargado de la regulación audiovisual en Reino Unido, ha decidido tomar cartas en el asunto.

Todo por la audiencia

Ofcom emitió el 29 de julio un comunicado en el que anunciaba la introducción de dos nuevas normas en su código «para proteger el bienestar de las personas que participan en programas de televisión y radio». Las nuevas reglas, redactadas de forma vaga y poco concreta, establecen que «se debe debe prestar la debida atención al bienestar y la dignidad de los participantes en los programas» y que «a los participantes no se les debe causar angustia o ansiedad injustificadas al participar en los programas». En la práctica, Ofcom pretende concienciar a los aspirantes de las consecuencias que puede acarrear participar en un reality, baraja regular el uso de los detectores de mentiras y propone establecer peritajes psiquiátricos independientes para evitar que personas vulnerables pasen los filtros de las cadenas.

Aunque todavía es pronto para evaluar los efectos de estas medidas, el comunicado de Ofcom ha reavivado el debate sobre la responsabilidad de los realities en este tipo de tragedias. Al poco de la muerte de Dymond, un abogado se ofreció voluntario para dirigir una denuncia contra ITV por «las preocupaciones manifestadas sobre la reconocida vulnerabilidad de Dymond». Además, el Parlamento británico puso en marcha una investigación sobre los realities cuyas conclusiones se conocieron a finales de julio. El comité encargado encontró que la ITV había utilizado Facebook para encontrar candidatos que tuvieran «una situación personal complicada»: «La telerrealidad explota a la gente en un punto vulnerable de sus vidas para maximizar sus niveles de audiencia», aseguró Damian Collins, al frente de la investigación.

Jugar al límite

En España no existe ninguna normativa específica sobre el tratamiento a dar a las personas que participan en los programas de telerrealidad. «No obstante, los contenidos han de respetar en todo momento los principios generales de toda emisión y, muy especialmente, los que tiene que ver con el derecho al honor, a la intimidad, la dignidad y a la propia imagen», advierte Roger Loppacher, presidente del Consejo Audiovisual de Cataluña (CAC). No es difícil pensar en varios programas de nuestra parrilla que juegan al límite en el cumplimiento de estos principios. En esa lista estarían «Sálvame», «Volverte a Ver», «Gran Hermano» o «Supervivientes», todos ellos de Telecinco.

Pero lo más parecido que hemos conocido a «The Jeremy Kyle Show» fue «El Diario de Patricia», que se emitió en Antena 3 entre 2001 y 2011 y registró en sus primeros años una audiencia cercana al 25%. En 2007 el programa se vio envuelto en un escándalo similar al de Steve Dymond cuando Svetlana Orlova, una rusa de 30 años, fue asesinada por su expareja cinco días después de aparecer en «El Diario de Patricia». Svetlana fue convocada en el programa por Ricardo, su expareja, para pedirle matrimonio, pero ella rechazó su petición. Monserrat Comas, la presidenta del Observatorio de la Mujer del Consejo General del Poder Judicial, declaró en su día que «"El Diario de Patricia" podría tener responsabilidad civil si se confirma que no existía consentimiento de la mujer y que ella desconocía a lo que se iba a enfrentar».

Un caso menos grave es el de Rosa Benito, colaboradora habitual de «Sálvame», que atravesaba una profunda depresión en 2013 cuando tuvo que abandonar el programa en directo tras sufrir una fuerte crisis de ansiedad. Benito acabó ingresada en una clínica psiquiátrica, donde permaneció cuatro meses incomunicada. En la edición de 2017 de «Gran Hermano Revolution» Carlota Prado acusó a José María, su pareja, de abusar sexualmente de ella cuando estaba durmiendo tras una borrachera. «En esa situación lo primero es ir al juzgado», explica Enrique García Huete, psicólogo de «Gran Hermano» desde su primera edición, «y si es delito, adelante. Otra cosa es que sea de buen gusto o de mal gusto, y ahí tiene que decidir la dirección». La dirección del programa puso en manos de la Guardia Civil la grabación de lo sucedido y expulsó a José María de la casa.

«La tele aprovecha todo»

El CAC lleva años trabajando sobre estos problemas y ha concluido que es necesario que «los prestadores de televisión asuman la responsabilidad social que tienen como transmisores de valores». También apuntan a que «los derechos constitucionales al honor, a la intimidad y la propia imagen deben estar en diálogo con el principio, también constitucional, de libertad de expresión y de información». El CAC, detalla Loppache, «entiende que la vía de la autorregulación es la más efectiva» a través de «contratos de colaboración con cláusulas de garantías para que su dignidad no resulte violentada y para que puedan mantener en todo momento su libertad de decisión y de rescisión».

La periodista y crítica de televisión Mariona Cubells opina por el contrario que «habrá que poner frenos externos»: «Me gustaría que no fuese necesario, que los propios responsables televisivos fueran el filtro, que se detectara desde el principio cuando alguien no está bien. Cualquiera que trabaje en este tipo de formatos sabe perfectamente cuando alguien no está bien, pero se hace la vista gorda y se tira para adelante porque la necesidad de material continuo es pavorosa».

Cubells recuerda que «el mecanismo televisivo hace que no te pares, que no pienses y no te hagas planteamientos éticos demasiados alambicados». Tras una larga carrera trabajando en la pequeña pantalla, asegura que «la inercia lleva a perversidades» y que «la tele aprovecha todo. Si eres débil la tele puede ser realmente cruel e invasiva».

García Huete, por su parte, defiende el modelo en vigor: «A nadie se le va a humillar gratuitamente. En el contrato que firman los concursantes pone que en cualquier momento son libres de negarse a hacer algo y salir del programa. Si se hace un concurso de feos y una persona tiene complejo de fea igual eso le angustia, pero la dirección de un programa no somete a nadie a cosas absurdas y sin sentido». El debate continúa abierto en España.