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9,75 razones por las que me gusta Eurovisión

9,75 razones por las que me gusta Eurovisión
La «delegación triunfita» española en el Festival de 2002.
FERNANDO PÉREZ | MADRID
Actualizado
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Yo confieso. Me gusta Eurovisión. Me divierte. Podría llegar a tragarme incluso una semifinal en diferido, dado el caso. Sé que una afirmación así, a bocajarro y sin previa matización, puede arrastrarme a una espiral de incomprensión y desafecto, aniquilar mi futuro social, arruinar mi vida sentimental y frustrar cualquier ambición profesional. Mi lista de Facebook se quedará sin un millón de amigos, en cifras redondas. A mi correo solo llegará propaganda. El conductor del autobús acelerará cuando esté a punto de llegar corriendo a la parada. Los muchachos del barrio me llamarán loco... Porque zurrar al festival de Eurovisión es un deporte nacional. Algunos prosélitos incluso parecen estar federados.

Después del Gobierno, la oposición, los sindicatos, los técnicos fiscalizadores del FMI, la SGAE, los árbitros de fútbol, los peinados de Guti, las coreografías de Leonardo Dantés, Yoko Ono, los guionistas de «Perdidos» y las respectivas suegras, no hay evento, ente, organismo, fundación, persona, personaje o concepto que parezca suscitar tan universal animadversión como el certamen eurovisivo.

Por eso no deja de resultar curioso que el festival siempre haya conseguido abultadas cifras de audiencia, incluso en su época de más profunda agonía ochentera, justo antes de que las hordas bárbaras del Este vinieran a hacerle el boca a boca con implacable convicción. Y no hay que olvidar que la noche de aquel día en Tallín, con Rosa de España viviendo la celebración de la colectiva histeria «triunfita», fue seguida por más de catorce millones de espectadores. Para lo que viene a ser un evento supuestamente caduco, no está del todo mal. Aquel asalto a los audímetros solo ha sido superado, y a duras penas, por un par de las bellas sinfonías de El Sabio de Hortaleza y sus bajitos eruditos jugones en el Europeo de Austria y Suiza.

Se supone, pues, que todo el mundo detesta Eurovisión, pero no puede quitársela de encima, como pasa con otros hábitos dudosos que ejecutamos por pura inercia, pongamos, no sé, fumar, beber, trabajar, seguir utilizando el Telediario de La Primera como hilo musical o hurgarse la nariz en los semáforos.

Con capital en «Guayominí, dupuá», para mí Eurovisión siempre fue una ínsula adscrita al territorio mítico de la infancia y su nebuloso recuerdo. Superado el Rubicón de esa cosa tan absurda conocida como edad madura, seguí el festival con acomplejado desinterés y dispersa atención. Ahora me arrepiento. Hace un par de años, en plena hégira «chikilicuátrica», me propusieron pergeñar en esta misma página electrónica un blog sobre la edición más «chirifrikiflaútica» del concurso. Para afrontar el envite, me pertreché con todo el prolijo arsenal de prejuicios al uso, sin olvidar en el macuto unas toneladas de ironía y cuarto y medio de sarcasmo. Pensaba que no había otra manera de enfrentarse al monstruo de las mil baladas baladreras y los torpedos tecno étnicos. Me equivocaba.

A medida que escuchaba las canciones (y algún sucedáneo, todo hay que decirlo), repasaba los descacharrantes vídeos promocionales y gastaba horas buceando por los millardos de páginas de entusiastas eurofans, los reparos se deshacían cual cintura de Perea superado por la sombra agigantada de Messi. Me lo estaba pasando pipa, incluso piponazo.

Y es que la balcanización de Eurovisión ha transformado el antiguo festival de la canción en un espectáculo total, delicioso delirio integral, en el que caben bailes regionales, danzas tribales, teatro de marionetas, intrigas geopolíticas, fenómenos paranormales (aquí incluyo el don adivinatorio de Uribarri), humor conceptual y, de refilón, también raciones de música, alguna incluso potable. Es evidente que la época dorada del certamen, finales de los sesenta y principios de setenta, nunca volverá. Será difícil volver a escuchar monumentos como «Waterloo», «Congratulations», «Poupee de Cire Poupee de son», «Puppet on a string», «Volare (Nel blu dipinto di blu)», «Eres tú», «L'amor est bleu», «Save your kisses for me» o «Treni de Tozeur».

Pero en cada edición hay siempre media docena de temas que están por encima de cualquiera de esas radiofórmulas que escuchamos a diario sin tener que dar más explicaciones ni entrar en engorrosas autojustificaciones. Incluso todos los años se escapa alguna cosa más que notable. En esta edición, por ejemplo, la canción alemana es un melódico y modélico pepinazo pop. Es normal que todas las apuestas la den como favorita, y por eso es casi seguro que no ganará. «La maldición Cliff Richard» es otro de los grandes encantos del concurso.

Me temo que lo de Daniel Diges tampoco tiene buena pinta. No es que sea una mala canción (sólo anacrónica) pero «Algo pequeñito» y Eurovisión son, hoy por hoy, términos incompatibles. Para ganar el festival se necesita algo más que una bailarina, un arlequín, una muñeca de trapo y un soldadito de plomo. Hacen falta nueve bailarinas con tacones de aguja y vestidos de Marjan Pejoski a medio rematar, doscientos arlequines que tragan sables y escupen fuego mientras hacen el pino con una sola mano y se rascan la oreja con el pie, no menos de quinientas muñecas de trapo que giran la cabeza como Linda Blair en «El exorcista» al tiempo que tocan unos bongos de once metros de diámetro y, por último, pero no menos indispensable, un regimiento de infantería mecanizada. Y puede que ni por esas.

Porque luego está el contubernio, siempre amenazando al talento... No me digan que no les sigue dando morbo eso de ver quién nos vota, qué país nos ignora, cuál nos humilla... No lo puedo evitar. Yo este sábado repito, reincido, recaigo. Con amigos, cervezas y unas risas. O con los niños, que no atienden a prejuicios bobos ni saben, ni siquiera sospechan, lo que es eso de «perder el tiempo». Sí, es sólo Eurovisión... Pero me gusta, aunque puede que nunca más me atreva a confesarlo en público. Por lo que pueda pasar.