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Nochevieja, un cotillón feminista en televisión

Las protestas contra el machismo llegan a las uvas

Pedroche con sus dos vestidos
Pedroche con sus dos vestidos - PRONOVIAS
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La cuestión feminista se introdujo en la programación de Nochevieja. Adiós definitivo a los matasuegras.

Con generosidad llamaremos feminismo al número de Cristina Pedroche, por haber advertido antes sobre lo «superfeminista» de su vestido y por el discurso previo, cuando aún iba ataviada con uno largo y rojo «de princesa», según propia definición. «De corazón pido el fin de las violaciones, y del acoso verbal o sexual. No es no. Nos queremos vivas. Valemos muchísimo. Que se acabe el juicio sobre nuestro cuerpo». Tras decirlo culminó su destape y mostró el vestido-incógnita, un archipiélago de pedrería en un mar color carne. «Alucino pepinillos», apuntó a su lado Chicote.

Que esta hazaña reivindicativa coincida en el tiempo con la de la mujer que en medio de las protestas de Irán desveló su rostro constituye una ironía inapreciable.

Al cotillón feminista sobrevenido se sumó TVE. Ramón García, que con su capa parece un sereno más que un vampiro, reclamó el fin del machismo junto a una Anne Igartiburu visible e incluso afanosamente emocionada.

A la denuncia se iba a sumar José Mota. Su gag con Garbiñe Muguruza pretendía denunciar el machismo de la prensa deportiva. Sorprende que en tiempos de tanta sensibilidad, diera la que dio con los chinos. Con todas las cosas que ha dicho Trump sobre China, no ha hecho algo como lo de TVE con Mota: un estereotipado y amenazante oriental lleno de tópicos.

¿Es necesario que Mota se interprete a sí mismo? Llegó incluso a autocitarse. Tuvo dos o tres buenos golpes de «mancheguidad» y rozó sus mejores tiempos en la crítica al «procés», lo cansino por antonomasia.

Pero Mota hizo sobre todo un «ego trip» sin sentido de la medida ni del humor, y al oportunismo de subirse al nuevo carro feminista (a estas alturas) se unió la tibia imitación de los políticos. Rivera y Sánchez eran indistinguibles. Rajoy le sale bien, pero fue un Rajoy ternurizado, incluso dinamizado (activo, resuelto) pese a una referencia al Marca y a la siesta.

La forma en que Mota imita el consenso refleja la ramplonería política ambiental. La canción final sobre los chinos rozó el patriotismo de un anuncio de embutidos («Cómo te atreves a creer que vayan a cerrar todos nuestros bares»). El primer anuncio del año parecía otro gag suyo: «Marca España. Tan singular como plural». Al dar paso a las uvas canarias, el lapsus de Jose Toledo reveló una sensación general: «Feliz año mil novecientos…».

La Sexta siguió a sus cosas. Sorprendentemente, Mota había imitado a Javier Ruiz de Cuatro, pero no a Ferreras. El programa «InterMerry Christmas» (Wyoming y el inglés) habló de cosas como la caja B del PP, obsesión de la cadena. Iñaki López y Cristina Pardo, erre que erre, en lugar de cuartos pudieron dar las «gurtels».

Antena 3 siguió con su dieta de refritos, algo que oculta una intención malévola; a veces aparecían allí personajes que casi simultáneamente estaban en otras cadenas. Pasó con Latre y también con Alonso Caparrós, que regaló unos momentos de estupefacción en el «Sálvame stars».

Huir del mensaje

Telecinco lo hizo bien. El «Sálvame», que este año ha estado de capa caída, se acercó a lo mejor/peor de sí mismo en Nochevieja. J. J. Vázquez bailó, cantó, fue desnudado por Caparrós (lo que descubrió un moreno coriáceo ultracaribeño) y apretó sentimentalmente a los suyos. «Te quiero, Charlie», lloró Lydia Lozano con la amargura de la que solo ella es capaz. Imitaron el «Telepasión» junto a María del Monte o Los Chunguitos. Fue una divertida y alocada conga con destino a ninguna parte.

El «Sálvame» casi siempre se ha puesto el mundo por montera. Lo hizo antes con las críticas más conservadoras y en Nochevieja al eludir el puritanismo del Nuevo Feminismo Ibérico. Mientras Pedroche repasaba su alegato, Telecinco reunía a las Sex Bomb. Tan difícil como reunir a Pink Floyd. Sonia Monroy, Malena Gracia y Yola Berrocal hacían «bang, bang, bang» y luego «bum, bum, bum» alrededor de Rafa Mora, que les daba un soplete literal.