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First Dates

El nieto de Antoni Tàpies fracasa buscando el amor en «First Dates»

Marc demostró estar muy orgulloso de su apellido y le habló a su pareja de su abuelo sin venir a cuento

CUATRO
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Decenas de solteros llaman a diario a las puertas de «First Dates» con la esperanza de que en «el restaurante del amor» también ellos tendrán suerte. «Este no es un restaurante cualquiera», recuerda siempre Sobera al empezar el espacio de Cuatro. Como viene siendo habitual, «First Dates» no defrauda a la hora de mostrar al espectador lo más granado de la sociedad española. El aficionado al formato sabe que no sabe lo que puede esperarse de una cita de «First dates»: los seres más diversos y extravagantes que pueblan nuestro país se dan cita, y nunca mejor dicho, en el programa de Sobera.

Rompió el hielo este miércoles Raquel, una barcelonesa de 39 años que trabaja como cuidadora social haciéndose cargo de personas mayores. «Todos los días tienes que mirarte al espejo y decirte lo guapo que eres», contó la catalana al llegar. Aseguró además que ella no es de «fijarse en el físico. Busco a un hombre romántico y caballero. Porque yo soy feminista, pero me encanta que me abran las puertas, me inviten y esas cosas».

Después de ella apareció su pareja Daniel, un sevillano de 35 años con una estética rockabilly. «Aquí viene el pequeño Elvis», le anunció a Sobera. «Yo muero por dos cosas», dijo en la presentación, «por Elvis Presley el rey del rock y por la Semana Santa». Los primeros compases de la conversación no pudieron ir mejor y ella reconoció que estaba «contenta de que sea rocker, aunque no baile». Juntos rieron mucho y pasaron un buen rato. El único inconveniente que tenían era la distancia, ya que más de mil kilométros separan a uno del otro. De hecho, al final Raquel dijo que la distancia era lo que le echaba para atrás para no tener una segunda cita con Daniel.

La segunda mujer en llegar a «First Dates» fue Sandra, una madrileña de 29 años que se gana la vida como profesora y música. De hechó apareció por el restaurante con un trombón, pero también toca el bajo en grupos de punk. «Me gustan los hombres grandes, con fuerza y con personalidad», aseguró en su presentación. Su pareja sería Marc, también músico, pero él de Barcelona y de 24 años.

Marc lleva muy a gala el ser nieto de Antoni Tàpies, el gran pintor catalán. «Tuve una infancia interesante viendo a mi abuela tirando pintura y siempre ahí a su rollo», recordó el joven, «el arte de mi abuelo no lo entiende nadie, ni siquiera él lo entendía». Las pintas de Marc eran bastante llamativas: llevaba un melena de rubio teñido, varios pendientes de aros, brazos llenos de tatuajes y una camiseta con el lema «Generación anti todo».

«Me importa la distancia hasta cierto punto», confesó Sandra cuando supo dónde vivía su pareja. Se sentaron a cenar y tuvieron una cita distendida y agradable. Pronto quedó claro que tenían muchos gustos en común y que veían la vida de una forma muy parecida. También quedó claro que a Marc le gustaba presumir de su abuelo, porque sin venir a cuento empezó a hablar de él. La conversación no subió de tono hasta el final, cuando empezaron a hablar de sus fetiches sexuales. «A mí me gusta un olor corporal único, el natural de esa persona, que no se eche colonia», contó ella.

Por fin llegó el momento del desenlace final y ninguno de los dos quiso darle otra oportunidad a su relación. El motivo que argulleron fue idéntico: «La distancia es difícil».