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José María Íñigo, horas y horas de profesionalidad en la historia de la música y la televisión

Fernando Navarrete, José Ramón Pardo y Pepa Fernández, figuras clave de su biografía, recuerdan al histórico presentador, que murió el sábado a los 75 años de edad

José María Íñigo y José Ramón Pardo - ISABEL PERMUY
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José María Íñigo era mucho más que un presentador y locutor todoterreno. Mucho más que un experto en música y la última gran voz de Eurovisión. El bilbaíno, que falleció el sábado a los 75 años de edad tras una larga batalla contra el cáncer, fue un profesional incansable que quiso trabajar hasta el último suspiro. Desde «Último grito» hasta el programa de radio «No es un día cualquiera», José María Íñigo nos deja horas y horas de profesionalidad. Con su característico bigote y su vozarrón, los que lo conocieron afirman que en lo personal su aparente seriedad era solo una forma de sobreponerse a su timidez y defenderse de su gran popularidad. Repasamos, con tres figuras clave en su trayectoria, su biografía:

Por Fernando Navarrete, realizador

Aún no me creo que Íñigo haya desaparecido. Para mí ha sido el mejor comunicador con el que he trabajado. A nivel personal ha tenido unas características muy especiales: mucha gente pensó que era muy estirado, pero en realidad era tímido, demasiado sencillo. Eso sí, se transformaba en el momento en que tenía que hablar a cámara. Ambos aprendimos al mismo tiempo lo que era un programa en directo que entonces no existía en «Estudio abierto», que dio a conocer la UHF (La 2). Y luego fuimos a La 1. Por «Directísimo o fantástico» pasaron desde premios Nobel hasta estrellas como Rita Hayworth. El que no venía no era nadie. Tenía muy buena voz, y ese bigote. Muchas señoras querían ser las madres de Íñigo.

Por José Ramón Pardo, experto musical

José María Íñigo tuvo el valor de marcharse a Inglaterra muy joven y regresó con su bigote, vestido a lo inglés, cuando aquí todavía llevábamos corbatita estrecha. Conocía a todos los músicos británicos personalmente. Una vez aquí, supo reinventarse, cogió «Estudio abierto» y lo modernizó, convirtiéndose en una figura. Eurovisión es casi anecdótico en toda su carrera, pero como todo lo que hizo lo hizo con una profesionalidad exquisita, con prudencia y talento. Incluso anoche, decía que quería hacer «No es un día cualquiera» (RNE) desde el hospital. Simpre recordaré las tardes en las que elegíamos las canciones para los discos de «Las 66 favoritas de José María Íñigo y José Ramón Pardo». Íñigo será inolvidable, porque siempre que se cuente la historia de la música o la televisión aparecerán imágenes y palabras suyas. Ha dejado horas y horas de profesionalidad.

Por Pepa Fernández, periodista

Nos hemos enterado diez minutos antes de empezar «No es un día cualquiera» de su muerte. Yo he entrado en shock porque sabíamos que estaba enfermo y que lo suyo no tenía un buen pronóstico, pero ayer llamó y parecía que estaba mejor. Hemos compartido tantos viajes juntos...

Yo me hice cargo del programa en 1999. Un día dedicamos una tertulia a bigotes con personalidad y así conocía José María Íñigo, que en ese momento estaba olvidado, se dedicaba a editar revistas de viajes. Entablamos cierta amistad y empezó a colaborar conmigo. Desde entonces no nos hemos separado. Para mí era imprescindible, enormemetne necesario. Con el programa volvió a ponerse en el escaparate, lo llamaron para «Supervivientes», Eurovisón... Pero creo que lo que disfrutó en esta última etapa en la radio no se lo dio la televisión. Era un profesional extraordinario, no hacía falta que se preparase nada, hablaba de cualquier cosa y tenía una capacidad extraordinaria.

En lo personal era como parecía, exageraba un poco lo de gruñir y a veces nos metíamos con él, pero era siempre desde el cariño. Era gruón en lo superficial pero tenía un gran corazón y un gran sentido de la amistad. Creo que habría querido que lo recordasen trabajando, al pie del micro, con ese bigotazo y una frase que usaba mucho: «Naturalmente que sí».