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El jefe infiltrado De limpiar un baño horrible a un coche regalado: los mejores momentos de «El jefe infiltrado»

La última temporada del programa de LaSexta ha dejado una gran cantidad de escenas que pasarán a la historia del programa

Raúl Lozano, jefe infiltrado en Redur
Raúl Lozano, jefe infiltrado en Redur - ATRESMEDIA
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«El jefe infiltrado» ha terminado recientemente su última temporada, dejando algunos grandes momentos que serán tremendamente recordados. Tras tantas temporadas, el formato continúa sorprendiendo a los seguidores, que ven como las empresas se renuevan pero muchas escenas se repiten semana tras semana: jefes al borde de un ataque de nervios, jefes en apuros, jefes asqueados, jefes asustados o grandes discusiones copan los episodios.

En esta ocasión, en la última temporada el ordeño de una vaca, limpiar un baño asqueroso, accidentes de alto riesgo, posibles intoxicaciones, partidas de productos detenidos antes de llegar a ser comercializados, locales en los que no apetece ni entrar y un coche han sido los grandes momentos que nos ha dejado la última temporada de «El jefe infiltrado».

Ordeñando una vaca

«Me arrastrará, me tirará y se irá». Así pronosticaba Amparo Salmón, jefa de la ganadería Torrelavega (Cantabria) lo que sospecha que va a suceder cuando tenga que enfrentarse al ordeño de una de las vacas. Cuando llegó al establo, con tacones, Pili y Vidal, los ganaderos, le dieron una ropa más apropiada para la tarea a desempeñar.

Después de recoger el estiércol del establo, empezó a ordeñar al animal, una tarea para lo que no estaba preparada: «De momento la vaca me pareció muy grande. Y pensé que qué pasaría si me daba una patada», dijo la jefa infiltrada. «Yo nunca he ordeñado», decía, ilusionada por conseguirlo por primera vez en su vida.

Limpiando el baño

Maximiliano Serrano, director técnico de Ballenoil, quiso comprobar si sus trabajadores cumplían con las normas de la empresa, por lo que llamó a «El jefe infiltrado». Lo que no se esperaba era alguno de los trabajos que debería realizar desde el momento en el que puso un pie en una estación de servicio en Vallecas (Madrid).

Era su primer día como jefe infiltrado, y una de las tareas que realizaba cada día Miguel, y por tanto le tocaba cumplir con ella, era limpiar el baño de la estación de servicio, con el retrete incluido. «Creo que vamos a tener suerte y no te vas a tener que encontrar con las cuevas de Altamira», le decía Miguel antes de entrar en el baño. Sin embargo, lo que se encontró fue un desastre de tamaño mayúsculo.

«Eso te digo yo que no lo voy a limpiar», empezaba diciendo Serrano en el momento en el que se empezó a asomar por la puerta. «Que no pasa nada», intentaba, en vano, tranquilizarle Miguel. «Eso es asqueroso», repetía el jefe, que al final no ha podido superar la prueba.

«Explosivos» al suelo

Raúl Lozano, presidente ejecutivo del Grupo Redur, se infiltró en su empresa para conocer, de primera mano, el funcionamiento de la misma. Pero lo que no se podía esperar era que, por un accidente, estuviera a punto de llegar a perder la vida. Estando dentro del almacén de mercancía, uno de los operarios tiró otras cajas mientras movía otras cajas.

Aunque a Lozano le costó mucho movilizar las cajas, fue su acompañante en la empresa el que cometió un error importante que les podría haber costado la vida. Mientras transportaba un sillón de masaje, tiró, de pasada, un par de cajas que, según el empleado, contenían explosivos. Sin embargo, lo que había en su interior era material de laboratorio. «Deja claro que no sabe entender las etiquetas», sentenció Lozano.

Peligro por intoxicaciones

En Juicy Avenue, la jefa, Sandra, acudió a una de las tiendas para conocer cómo respetaban las normas en esta franquicia. Allí conoció a Nayara, la encargada del local, cuya presencia es imprescindible para el buen funcionamiento del establecimiento. Entre sus funciones, destaca la de enseñar a los nuevos empleados, como lo sería Sandra.

En el local, una de las clientas le especificó, en inglés, que no podía tomar ni fresas ni leche de almendras. A pesar de que Nayara aseguró haberla entendido, lo cierto es que el producto se entregó con dichos alimentos, siendo rechazado por el cliente, siendo un error muy grave: «Posiblemente tenga alergia a las almendras, y si la chica no se hubiera dado cuenta podría haber provocado un problema serio a la empresa», afirmó Sandra notablemente enfadada.

De hecho, poco después, volvió a cometer un error muy grave: Nayara preparó una bebida con el doble de guaraná que la empresa pone como máximo ya que el cliente pidió extra. En la tabla de preparación, este alimento se señala que no se puede añadir más cantidad por ser peligroso para la salud. Por ello, Sandra tuvo que intervenir para evitar males mayores.

Bloqueando productos

Daniel Medrano, director de calidad de La Emilita, se inmiscuyó en las entrañas de su empresa de pastelería y bollería. Cuando estuvo trabajando en el obrador, la actitud de uno de los empleados, Fran, le disgustó enormemente. Su forma de trabajar era muy rápida, pero no respetaba los protocolos ni las medidas que la empresa impone para cuidar la calidad de los productos que comercializa.

Mientras estaban preparando una bandeja para hornear napolitanas, una de las hojas de papel protector sobre la que se coloca el producto se cayó al suelo, y Medrano la pisó para comprobar lo que realizaba su empleado. Lo que no se esperaba es que colocara la hoja como si nada hubiera pasado con el único objetivo de terminar lo antes posible.

Posteriormente, en la zona de fritura, Fran preparaba unos pepitos siguiendo, a ojo, su propia receta. En lugar de dar la vuelta con la espumadera a los dulces, usaba una espátula. Además, no esperaba a que estuvieran correctamente cocinados, encontrando lotes algo quemados y otros todavía crudos. Esto provocó que el director de calidad hiciera una llamada para paralizar los dos lotes de los que había sido testigo de su preparación.

Locales destrozados

Isaac Cabello decidió inmiscuirse en su empresa, Cooltra, de la que es director financiero y de estrategia del grupo para ver cómo se encontraba el personal de las tiendas en las que se pueden alquilar las motos. Allí conoció a Daniela, una joven que atendía al detalles a los clientes, intentando siempre buscar su máxima comodidad, hasta superar límites no permitidos. Uno de ellos es permitir que los clientes puedan dejar las maletas en el local de Cooltra.

De igual forma, tampoco conocía todas las normas de seguridad y protocolos de la empresa: giraba las motocicletas subidas al caballete, provocando su posible rotura, junto a no informar sobre si se puede conducir con tacones o está prohibido.

Sin embargo, lo que más molestó a Cabello fue el estado en el que se encontraba el local comercial. Siendo el primer contacto del cliente con la marca, debía de estar cuidado al milímetro, y solo encontró desperfectos: paredes desconchadas, marcas de ruedas por todas partes e, incluso, agujeros en el yeso consecuencia de golpes con las ruedas.

Y de regalo, un coche

El día que Sandra, jefa de Juicy Avenue, decidió dar a conocer los resultados obtenidos a los empleados con los que había compartido jornadas, María se llevó, como suele suceder, una de cal y otra de arena. Sandra le desveló que acudió a verla por la enorme cantidad de quejas que habían recibido por su culpa. Además, le acusó por no seguir el GPS o faltar el respeto a otra compañera de trabajo. Sin embargo, le aplaudió la actitud que había tenido ante el cliente.

Sandra, de igual forma, señaló la antigüedad del vehículo con el que María entregaba los pedidos, que databa de 1998. Fue entonces cuando le entregó un sobre para que fuera leído, en el que le regalaban unas vacaciones de una semana a Canarias para dos personas.

De igual forma, también querían tener un detalle que le permitiera que su día a día fuera mejor. Por ello, le pidieron que acompañara a Sandra al exterior de las oficinas, en donde se encontró con un vehículo que le regalaba la empresa. «Me parece excesivo, pero me quedo con el coche y mis vacaciones», aseguró María a cámara totalmente ilusionada.