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El jefe infiltrado «El jefe infiltrado», a punto de revelar su identidad para abroncar a un empleado: «Es inadmisible»

Javier Lafuente, director de operaciones internacionales de Sanamar, se convirtió en Teo Larraz, un boxeador retirado

LA SEXTA
Actualizado
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Hace unas semanas se estrenó en La Sexta una nueva temporada de «El jefe infiltrado», un formato importado de Estados Unidos en el cual el jefe de una empresa se hace pasar por un empleado para ver cómo es el rendimiento de sus trabajadores. El programa tuvo en su última temporada una media 1,3 millones de espectadores, lo que supone un 8,2% de cuota de pantalla.

En la entraga de esta semana le tocó infiltrarse a Javier Lafuente, director de operaciones internacionales de Sanamar, empresa referente en el sector de los alimentos congelados. Ocultándose en una identidad falsa, Lafuente descubrió que su compañía no navega por aguas tan tranquilas como él pensaba y que no todos sus trabajadores son tan diestros como le hubiese gustado pensar.

España es el segundo país del mundo en ingesta de pescado por habitante, llegando a consumir mil ciento treinta y dos millones de pescado al año. Entre las grandes empresas que trabajan duro para dar respuesta a esta demanda se encuentra Sanamar. La empresa ha sufrido la reciente pérdida de dos pilares muy importantes y ahora sus familiares quieren infiltrarse para conocer a fondo su funcionamiento y ver en qué han podido fallar en estos últimos tiempos.

Lafuente se convirtió en Teo Larraz, un boxeador retirado cuya carrera no tuvo demasiado éxito y que ahora quiere reinventar su vida laboral a través de un falso programa llamado «La vida empieza a los 40». El cambio de aspecto es radical: su vestuario pasa a ser el de un adolescente, le ponen melenas, tatuajes, cicatrices y una frondosa perilla. «No me gustaría verme demasiado hortera», avisó minutos antes, aunque no le hicieron demasiado caso.

El jefe empezó su periplo con el encargado del principal punto de venta de Sanamar, que es Mercamálaga de madrugada. Allí conoce a Fali, un trabajador despistado y que no para de cometer errores. Lafuente comprueba que Fali no tiene autoridad, hace rebajas aleatorias en los precios y extravía pedidos. A Lafuente le enervó ver cómo se tomaba el trabajo a la ligera y a punto estuvo de desvelar su identidad para poder abroncarle tranquilo: «Es inaceptable. Tiene errores garrafales que la empresa no se puede permitir».

No obstante, la idea que tiene el jefe sobre Fali cambia cuando, tras la jornada de trabajo, mantienen una conversación más personal. Durante esa charla el trabajador le cuenta que su mujer está pasando un embarazo de alto riesgo y que ya perdió una hija nada más nacer. Lafuente se ablandó con lo que le contó Fali y, sin perdonarle sus deficiencias, se puso en su lugar.

El segundo día de trabajo, también en Málaga, el jefe quiso conocer desde dentro cómo funcionaba la sala de elaboración del producto. Allí le acompañó Paco, uno de los trabajadores encargado de filetear y tratar la materia primera. Pese a que muestra una gran profesionalidad y es rápido en su trabajo, pero falló al desvelar que no sigue las medidas de seguridad: «Nosotros somos guerreros, no necesitamos esos guantes. Solo me los pongo cuando creo que van a venir a revisar».

Al final, aunque Lafuente se llevó algún que otro disgusto y avisó a los trabajadores de que debían de cambiar su actitud o su modo de trabajar, en líneas generales quedó satisfecho con la entrega y la profesionalidad de sus empleados.