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First Dates La turra de un comensal a su pareja sobre sus gustos culinarios: «No me dejó hablar»

Jorge se puso a detallarle a Rocío qué platos le gustaba comer y cuáles no siquiera probaba

CUATRO
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Uno de los primeros comensales en llegar al restaurante de «First Dates» este miércoles fue Ainhoa, una vasca de 31 años que estudia comunicación. «Soy lo que se ve, sin filtros», dijo en su presentación, «no tengo pelos en la lengua y siempre digo lo que pienso». Entre sus aficiones citó a los animales y el mange y el anime.

Su pareja fue Sergio, un obrero vigués de 35 años que reconoció que le «gusta salir de fiesta. Siempre soy el primero en tirar del carro y el último en irme para casa». Nada más entrar Sobera le pregunto si le gustaba el manga y él contestó que «algo, no mucho». Al poco de que les presentasen empezaron a hablar sobre el heavy metal, pues resultaba que a ambos les gustaba esa música. «Esto ya va solo», se felicitó una de las camareras, «vámonos hasta la mesa para que sigáis hablando».

Ya en la mesa Sergio le habló sobre la fiesta, su gran pasión, y no ocultó que nunca vuelve a casa antes del amanecer. «Parece paradillo, pero no», se sorprendió Ainhoa, «lo sacas de fiesta y vuelve de día, y yo también». Aunque todavía estaban a tiempo de que las cosas se torciesen, el principio de la cita fue inmejorable. Pasaron a charlar sobre sus experiencias amorosas y también en ese tema tuvieron cierta siontonía: «A veces bien y a veces mal», concluyeron ambos. La cena siguió muy animada, pero en el último momento decidieron que era mejor que fuesen simplemente amigos.

Algo mas tarde llegó Jorge, un ingeniero informático de 40 años que vive en Madrid y que se presentó como un «apasionado del cine, y muy apasionado en general». En el amor contó que en general «no podía quejarse» y que buscaba a «una persona bastante independiente». Su pareja fue Rocío, limpiadora madrileña de 44 años que dijo llevar «una vida muy tranquila. O estoy tomando algo con mis amigos o estoy en casa con mi hija. Ahora me gustaría poder hacer cosas y salir con mi pareja».

La charla empezó con poco pulso y estuvieron hablando en primer lugar de sus trabajos. Él hablaba mucho más y ella apenas respondía y se explicaba muy brevemente, aunque se fue soltando poco a poco. «Yo necesito a un hombre que me quiera», advirtió ella. Jorge siguió a lo suyo y acabó reconociendo que le costaba mucho adaptarse a la convivencia, lo que no le gustó mucho a la madrileña. Él se enrrollaba a hablar de cualquier cosa y empezó a contarle a Rocío sobre sus gustos culinarios.

«Me puedo comer un vaso de arroz caliente, pero no un cocido», le explicó, «tampoco me gustan las cosas pastosas». Siguió recordando lo que le gustaba comer cuando era niño y cómo le cocinaba su madre. También detalló que «a los bufetes no voy, porque no me gustan». Ella escuchaba ausente: «No me ha dejado hablar, no callaba». Y la tónica de la cita siguió así hasta el final, que fue el predecible: cada uno se marchó por su cuenta.