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First Dates Una mujer sale por primera vez de su ciudad natal para buscar su primer amor en «First Dates»

Marta contó que nunca había tenido una pareja estable porque era «muy independiente y siempre me echo para atrás»

CUATRO
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Uno de los primeros en cenar este martes en «First Dates» fue José Luis, un frutero sevillano de 50 años que buscaba una pareja después de año y medio soltero. «Soy la alegría de la huerta en mi casa y en mi trabajo», contó, «me gusta que todo el mundo esté feliz, y así también estoy feliz yo». El sevillanó le explicó a Sobera que buscaba «compañía» con una chica «simpática y alegre». Se definió a sí mismo como un amante «romántico y aventurero».

Su pareja fue Loli, también sevillana de 41 años, que trabaja como camarera y se presentó asegurando que no se acordaba «del tiempo que hace que no salgo con un chaval». La mujer dijo que buscaba a un hombre «como yo, alegre» y que compartiese sus aficiones: el deporte y los animales. Las primeras sensaciones fueron buenas y pasaron a la mesa riéndose, aunque estuvieron bastante nerviosos en los primeros compases de la conversación.

Poco a poco la charla fue arrancando y empezaron a descubrir temas en común, el amor por los animales el primero de todos. «En eso de los perros hay un punto de cercanía. Puede haber feeling con eso», concedió José Luis en el confesionario. Loli, por su parte, dijo que veía a su pareja como «muy buena persona, hace reír a la gente y es amable». Pasaron a hablar sobre sus pasados matrimonios, sus hijos y cómo era su rutina.

La ilusión fue declinando poco a poco, y él reconoció que creía que a ella le hacía falta «un poco de vida y salir más». A Loli lo que le sentó mal fue que él le echase 50 años cuando en realidad tiene nueve menos. La charla fue agriándose por momentos y parecía claro que la cita no iba a acabar con el «sí, quiero».

Algo más adelante llegó al restaurante Rusky, un mesonero vallisoletano de 59 años que se presentó reconociendo que le gusta «mucho la fiesta, pero también me gusta trabajar y mirar por mi negocio». Su pareja iba a ser Marta, una parada gijonesa de 51 años a la que Sobera le preguntó al llegar «cuántas ganas tienes de enamorarte del 0 al 10». La respuesta de la mujer no fue muy alentadora: «Un cinco, tal vez un cinco y medio».

Marta reconoció que nunca había tenido «pareja estable porque soy muy independiente y siempre me echo para atrás». A Rusky le entró su pareja por los ojos: «Me ha gustado, es joven y delgadita». Estando todavía en la barra, ella le contó a Rusky que «nunca viajé a ningún sitio. ¡Es la primera vez que salgo de Gijón!». Al vallisoletano esto le impactó bastante: «¡Qué me dices! Gijón es muy bonito, pero hay que salir». Para mejorar las cosas Marta reconoció que ni siquiera conocía Asturias. «No me gusta viajar y siempre me quedo en mi zona de confort», explicó.

En la mesa él se lanzó a seducir a su pareja, pero a ella le costaba desprenderse de su escepticismo hacia los hombres. Para empezar Rusky la invitó a visitar su pueblo y ella se puso a hablar sobre sus debilidades como conductora: «No puedo con las rotondas. Cojo una y adiós». A los pocos minutos él le preguntó por su historial amoroso, y ella reconoció que era «soltera de toda la vida», volviendo a dejar boquiabierto al vallisoletano.

Hacia la mitad de la cena, él se arrancó a cantar una canción en la que anunciaba que se iba a emborrachar por despecho. «No canta mal, y le echa salero», reconoció ella. Rusky se puso en pie y luego se arrodilló frente a Marta para acabar su actuación. La cita iba muy bien y los dos estuvieron muy cómodos. No obstante, se dieron cuenta de que sus personalidades eran muy diferentes: mientras que ella apenas sale de casa, a él le gusta ir a fiestas y hacer muchos planes. Al llegar el momento del desenlace, Marta dijo que quería tener una segunda cita pero el vallisoletano no quiso darle otra oportuniad.