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First Dates Marcos, el comensal «bohemio y soñador» abstraído por «la creación artística»

Marcos e Irene tuvieron una cita más o menos amena, pero ella se dio cuenta de que él se había pasado buena parte de la cena en su mundo

CUATRO
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Con la esperanza de encontrar el amor llegó este martes a «First Dates» Marcos, de quien Sobera dijo al verlo que parecía «un violinista ruso». Este autodenominado artista madrileño de 24 años se presentó reconociendo que era consciente de tener «una mirada triste, aunque también tengo mis momentos de alegría».

El joven se definió como una persona «bohemia y soñadora», y Sobera no pudo reprimir una carcajada. «Busco a una chica de aire antiguo», explicó, «porque me atrae el arte de esa época, de esos años pretéritos y quiero cumplir ese ideal». Esas eran las condiciones que debía reunir Irene, una estudiante madrileña de 21 años que contó que ante todo buscaba «a una persona con la que pueda hablar».

Se encontraron en la barra y la primera impresión fue buena. A Marcos le gustó cómo vestía Irene, y ella lo vio «un poco moderno, pero bien». El madrileño le contó nada más conocerla que a él lo que le interesa es «la creación artística y expresar lo que siento. El trabajo es solo un medio para ganar algo de dinero». Al poco de sentarse ella reconoció que nunca le había interesado mucho el arte, y Marcos miraba al suelo y se rascaba la cabeza.

Al madrileño le costaba mucho mirar a los ojos a su pareja y formar frases coherentes. Se pasó casi toda la cita abstraído, en su propio mundo. Irene le preguntó qué tipo de música le gustaba y sus respuestas fueran todo evasivas: «Qué movida», «muchas cosas», «no sé qué decirte». A Irene no le gustó nada ni que no fuese claro al contestar ni que no le mirase a la cara. Él seguía a lo suyo: «Hago música electrónica experimental, rollos muy raros. Y también estoy escribiendo un libro, pero no tiene tema. El argumento da igual».

Luego el tema derivó hacia la religión, y Marcos dijo que era ateo pero quería que Dios «me hable, pero permanece mudo». Irene dijo que también era atea sin lugar a dudas, algo que a él no le gustó demasiado. «Me parece bien que sea atea», contó en el confesionario, «pero es un poco cómo van los tiempos, si fuese una persona crítica debería plantearse al menos la idea de Dios».

Irene le explicó que había ciertas cosas que para ella eran inadmisibles: «El racismo, el machismo y la homofobia». Él quiso hacer de abogado del diablo y le preguntó por qué eso le parecía «mal, pues todo es relativo». Irene no cedió un milímetro y se reafirmó en su idea antes de preguntarle a Marcos qué buscaba en el amor. «Conocer gente, y ya está», fue su lacónica respuesta.

Cuando llegó el momento del desenlace, él dijo que quería tener una segunda cita pero ella se negó: «Podemos hacerlo como amigos, pero creo que somos personas muy diferentes».