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First Dates Las extravagantes creencias del comensal vikingo de «First Dates»

Vicens se presentó en el plató de «First Dates» ataviado como un guerrero vikingo

CUATRO
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«First Dates», con Carlos Sobera al frente, sigue empeñándose en su tarea de erradicar la soltería en España. Tarea difícil la suya, pero no es esa razón paa claudicar. Por el plató de Cuatro han pasado los personajes más excéntricos que uno pueda imaginarse, y no pocos de ellos se han ido del programa acompañados. Ninguna misión es imposible.

El primero en probar suerte fue Javier, un ingeniero aeronaútico madrileño de 43 años que confesó que no se toma «demasiado en serio la vida. Trato de ser feliz y divertirme en todo momento». Presumió de tener una vida amorosa más o menos agitada, «pero mis citas no acaban de cuajar». «Mi mayor problema en el amor», reconoció Fernando, «es que igual que me intereso rápido por una persona vuelvo a perderlo igual de rápido».

Ocho años más joven y también madrileña era Fernanda, una mujer que se jactaba de «estar muy feliz con mi vida de soltera, no necesito cambiarla. Pero reconozco que a veces echo de menos estar con alguien». Fernanda dijo que buscaba «un chico amable y educado, que sepa vestirse bien y que tenga un trabajo estable». Todo ello parecía encagar con Javier, a excepción de lo de vestirse bien: el madrileño compareció a la cita con una camiseta verde y vieja.

El personaje de la noche llegó un poco después. Su nombre de cuna es Vicens, pero se hace llamar Jack y apareció en el restaurante vestido como un guerrero vikingo, con su casco y sus pieles. «Me dedico a hacer recreaciones históricas de los vikingos para mantener viva su cultura», explicó el murciano, «pero además, es una de las formas que yo tengo de vivir la espiritualidad. Yo creo en Thor, en Odín y en los espíritus de la pureza, es mi forma de rendirle culto a la naturaleza».

Más normal parecía Carmen, su pareja, una maestra murciana de 21 años. La joven se mostraba muy orgullosa de su condición de scout: «Lo que allí hacemos es una escuela de valores y respeto a la naturaleza». No acababa de creerse que aquel vikingo fuese a ser su compañero, pero cuando se quitó su disfraz ya pudieron sentarse a cenar.

La conversación fue distendida y pronto salió a relucir al tema de los scouts, pues resultaba que los dos formaban parte del grupo. No obstante, lo que a él le interesaba de verdad eran sus creencias paganas y sus espíritus. «Yo ya veía cosas de pequeño y sentía cosas. Son seres que están vivos y que solo ciertas personas son capaces de percibir», le soltó el murciano a una Carmen que no sabía muy bien cómo encajar aquello. Al final, ambos reconocieron que pertenecían «a mundos totalmente distintos» y cada uno se fue por su lado.