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First Dates El elfo de «First Dates» que confundió Murcia y Andalucía

Samuel llegó al restaurante de «First Dates» con unas ratas rubias hasta las rodillas y orejas de elfo

CUATRO
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Son ya 743 las noches que lleva «First Dates» emparejando a los españoles más solitarios y desesperados. Encontrar pareja con media España como testigo parece ser afición muy cara a nuestros compatriotas, que colapsan las líneas telefónicas del programa de Sobera para que su equipo les siente a cenar con el primero que se les ocurra. Sorprende que tras casi dos años sigan llegando al restaurante del amor los personajes más inimaginables que pueblan nuestro país.

Estrenó al noche este miércoles una peculiar pareja de parejas. Llegaron primero las chicas: Ana y Carolina, dos malagueñas de 21 y 22 años. Las dos amigas se conocen de toda la vida y, como dijo Ana, «somos como novias pero sin ser novias». Esta, estudiante de historia, llevaba el pelo teñido de rojos, coletas a lo Pippi Calzaslargas y una tirita en la cara: «Es parte de mi vestuario y es una forma de representar el dolor emocional como dolor físico. Es algo importado del manga y de la cultura del videojuego japonesa».

Carolina se gana la vida jugando a videojuegos, y su vestuario ilustraba su gran pasión: «Llevo una camiseta de "Zelda" porque es una de mis sagas favoritas». A ella le preocupa sobre todo «ser capaz de entender la psique humana» y busca a un «chico que sea paciente». Su amiga, en cambio, quiere a alguien «que me dé vidilla, que se le vaya la pinza tanto como a mí y que quiera hacer muchas cosas conmigo».

Acto seguido aparecieron los dos chicos, no menos estrambóticos que las malagueñas. Boris y Samuel llegaban desde Valencia, y tienen 18 y 20 años respectivamente. El primero estudia deportes y llegó anunciando que se enorgullece «de ser un friki». Su aspecto tampoco pasaba desapercibido, con su media cabeza rapada y la otra media teñida de rojo. Pero más extravagante aún era su compañero Samuel, dibujante, que llevaba unas rastas rubias casi hasta los tobillos y unas puntiagudas orejas de elfo.

Carolina se sentó a cenar con Boris y Ana con Samuel, y ambas quedaron satisfechas con el reparto. Ya desde el principio se notaba cierto feeling en las dos parejas. La conversación fue agradable y sus aficiones eran muy similares. Boris y Catalina hablaron de los muchos colores de los que se habían teñido el pelo, de la cultura y también del bullying que sufrieron en el colegio, una experiencia común que los unió especialmente.

En la otra mesa se notaba que el chico era bastante más tímido. Samuel reconoció que le cuesta «hacer amigos, y cuando salgo me gusta estar a mi bola, mirando el móvil». A Ana le gustó ese carácter retraído, y también le gustó que se dedicase a las artes y que hiciese tatuajes. Ella le invitó a conocer Andalucía, y él le dio una respuesta que denota sus escasos conocimientos en geografía: «Ya estuve en Andalucía cuando fui a Murcia de vacaciones». Ana no daba crédito a lo que oía, pero la charla siguió su curso. Hablaron de sus fracasos amorosos, muchos y muy dolorosos en los dos casos.

Al final, Ana y Samuel decidieron seguir viéndose pero como amigos, ya que no habían sentido demasiada afinidad. Tampoco cuajó la cita entre Boris y Carolina, que también se prometieron un segundo encuentro de amistad.