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First Dates Una comensal de «First Dates»: «Lo que más me gusta de mí es mi pecho porque me lo he pagado»

Irene cenó con Luciano, un italiano de 36 años, pero buscaban cosas muy distintas en el amor y la cita no terminó bien

CUATRO
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Rompió el hielo en el programa número 902 de «First Dates» Luciano, un project manager italiano de 36 años que ya lleva ya varios años asentado en Madrid. «Mi gusto por las mujeres quizás se deba a mi ADN italiano, pero es algo que nunca voy a cambiar», contó en su presentación. El comensal presumió de ser una persona de mundo que había vivido en varios países diferentes y hablaba cuatro idiomas: «En cada uno de los cuatro idiomas tengo una personalidad diferente: en italiano soy un chico serio, en español soy más alegre y en brasileño soy un latin lover».

Para hacer compañía al italiano llegó Irene, una barcelonesa de 31 años que trabaja como higienista dental. En su presentación comentó que «lo que más me gusta de mi cuerpo es mi pecho, proque yo lo he pagado y es mío». La chica reconoció que mucha gente la calificaba como choni, «pero no me importa. Lo que pasa es que tengo mucho carácter y defiendo mi terreno». Sobera los presentó frente a la barra y la primera impresión fue excelente para Luciano: «Está buenísima: tiene un culo y unos pechos perfectos».

Irene, aprovechando la nacionalidad de su pareja, inició la conversación diciéndole a su pareja que llevaba un bolso comprado en Venecia. Se sentaron a la mesa y empezaron mirando la carta para decidir qué cenaban. «Yo creo que me voy a pedir el bacalado», comentó Irene mientras Luciano se reía de su error, «definitamente me quedó con el bacalado, porque es muy sano el bacalado», insistía ella. Empezaron hablando sobre deportes, viajes y aficiones, pero pronto pasaron a charlar sobre sus experiencias amorosas.

En este terreno, a Irene le olió mal que Luciano nunca haya estado casis ni tuviese hijos. Él confesó que en los últimos años solamente había tenido relaciones informales. «Yo busco a una persona que me trate como a su princesa», le soltó la barcelonesa. El italiano, en el confesionario, dijo que «si viese a Irene en una discoteca, sería la persona ideal para estar un rato con ella». Ya había quedado claro que no buscaban lo mismo en el amor y el desenlace fue el esperado: cada uno se fue a su casa por su cuenta.