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First Dates Una comensal alecciona a su pareja por cenizo: «Cuando te mueres, te quedas solo con lo puesto»

José era un hombre obsesionado con su trabajo que aseguraba no tener tiempo para nada más en la vida

CUATRO
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Este miércoles estrenó el comedor de «First Dates» Olga, una bielorrusa de 33 años que vive en Barcelona: «Me encanta España porque la gente aquí sonríe muchísimo». La comensal explicó que se dedicaba principalmente al mundo del espectáculo: «Ahora mismo trabajo como profesora de pool dance y soy corista en un grupo de rock y heavy». Del amor dijo que esperaba un hombre «con el que sentir la química, y que tenga actitud».

Ese hombre podría ser Sergi, un barcelonés de 44 años que trabaja como liquidador de empresas que llegó con un característico pañuelo atado al cuello que le daba cierta distinción: «Para mí e sun signo de elegancia que me pongo en grandes ocasiones». Olga recibió al barcelonés cantando, que se quedó encantado: «Me ha quedado cara de póker. Nunca una mujer me había cantado así, es espectacular». También a la bielorrusa le agradó Sergi: «Me ha gustado físicamente. Tiene algo especial, tiene magia».

Se sentaron a cenar con muy buenas vibraciones, que no hicieron sino acrecentarse con la conversación. Desde el primer momento estuvieron bromenado y riéndose mucho juntos. Enseguida Olga le contó que trabajaba como profesora de pool dance, una noticia que puso muy contento a Sergi. «Me pondría a mil si me lo hace en privado. Eso es lo que voy a intentar conseguir», comentó el catalán con malicia en el confesionario.

Ya luego empezaron a hablar de amor, que al fin y al cabo eso era lo que les llevó a «First Dates». Sergi le confesó que ya tenía ganas «de conocer a alguien fuera de la noche, en otro ámbito distinto». Le preguntó luego a la rusa qué esperaba del programa, y ella únicamente detalló que buscaba a un hombre español. El catalán sacó a relucir su espíritu cosmopolita presumiendo de que no le importaba de dónde fuese su pareja: «Da igual que sea de un sitio u otro, porque todos estamos conectados y deberíamos llevarnos mucho mejor».

La cita de Sergi y Olga estaba ya encarrilada y empezaron a cogerse de las manos y mirarse fijamente a los ojos. Poco después ella se puso a bailar y a hacer una demostración de sus habilidades como acróbata. Antes de decirse si querían tener o no una segunda empezaron a besarse apasionadamente, por lo que la pregunta ya estaba contestada.

Bastante más sosa fue la cita entre Eva y José. La primera es una manchega de 45 años que se quedó viuda hace algo menos de un año. La mujer dijo ser una persona a la que «le gusta gustar» y que todavía tiene esperanzas de enamorarme. Desde el primer momento quedó claro que no iba a encajar muy bien con José, un empresario de Guadalajara que solo sabía hablar de su trabajo y sus responsabilidades: no le gustaba viajar, ni bailar, ni salir...

Ella fue sacando la conversación a trompicones, pues a él no se le veía con mucha iniciativa. Tanto fue así que, hacia la mitad de la cena, Eva le preguntó irónicamente a José si «quieres saber algo de mí, a qué me dedico o lo que sea». Eva empezó a hartarse del carácter cenizo de José y se dispuso a darle algunas lecciones vitales: «¿Tú sabes que cuando te mueres te quedas con lo puesto? Hacer dinero, trabajar...todo eso, ¿para qué?».

El empresario no supo muy bien por dónde salir: «Es que me gusta trabajar. Yo puedo divertirme pero llegar hasta aquí, porque tengo responsabilidades». Eva se dio cuenta de que José no tenía remedio y ya solo le quedó contar los minutos hasta que terminase la cena. El empresario parecía estar digiriendo las palabras de Eva, aunque no dejó de reafirmarse en su obsesión con el trabajo. «No podemos ser más diferentes», concluyó Eva antes de despedirse de José.