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First Dates La cita más desastrosa de First Dates: silencios incómodos y meteduras de pata

Alfredo y Marta protagonizaron uno de los encuentros más chapuceros que se recuerdan en First Dates

Alfredo, el «payasete» de First Dates
Alfredo, el «payasete» de First Dates - CUATRO
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Al espacio diario que decica Cuatro a los solteros, First Dates, nunca le faltan aspirantes, pues nunca faltan solitarios e insatisfechos dispuestos a airear sus miserias ante toda la nación. Un exhibicionismo emocional capaz de ocupar cinco horas semanales de televisión.

Es una auténtica caja de de sorpresas la reserva de solteros de First Dates. Los yacimientos de excentricidad parecen no agotarse, y siempre tendrán Carlos Sobera y los suyos notables personajes a los que invitar a cenar en compañía.

Ocurrencias tampoco sobran. En la edición de este jueves dos de los citados, Alfonso y Marta, fueron obligados a ponerse una macabra máscara de payaso para la primera impresión. «La primera impresión, ¿es mejor con careta y sin ella?», preguntó sardónico Sobera cuando se quitaron la máscara.

Desde el principio empezaron a adivinarse incompatibilidades entre ellos: ella trabaja como camarera por las noches, a él no le gusta salir y prefiere «estar tranquilito». Alfonso empezó ante las cámaras a hacer cábalas viéndose casi en el altar con Marta: «A mí no me gustaría estar con alguien que trabaje de camarera porque todos los chicos intentarían ligar con ella».

Los tatuajes salvaron la conversación por unos minutos, hasta que la bocaza de Alfredo lo echó todo a perder. «Tú ese tatuaje puedes llevarlo, que eres una niña», soltó a bocajarro. Cierto es que Marta, de 25 años, es tres más pequeña que Alfredo, pero sus circunstancias la hacen más adulta que él. «¿Perdona?, ¿tú con quién vives? Con tus padres, ¿no? Yo vivo sola». Respuesta afilada y contundente que dejó chafado a Alfredo.

Y de ahí, en caída libre. «Pues ya no sé que más preguntarte», acabó confesando Marta a la vista de la poca gracia de su pareja. Silencios incómodos, tragos al vino mirando al vacío. «Ay Dios...», suspira Alfredo con la mirada perdida en los fluorescentes del restaurante.

- ¿Y qué primera impresión te he causado? - se interesó Marta, dando ya por perdida cualquier posibilidad de éxito. «Que al menos me de un feed-back», debió pensar en ese momento.

- Pues bueno, no sé, normal- fue la sucinta, esclarecedora respuesta de Alfredo.

- ¿Cómo que normal, sí o no?

- Tienes buen físico, y buenas uñas- resolvió Alfredo, el observador.

Una carcajada. Y a Alfredo le llaman por teléfono. No coge, y vuelven a llamar. Su jefe. Se levanta y se marcha.

- Cuqui, te mando un mensaje rápido- susurró Marta a su teléfono- No me gusta nada, no es que digas «pues voy a buscarle la gracia al chaval». No. Es que nada de nada.

Largos se hicieron los postres, con torpezas de Alfredo para espantar el silencio: «Me estás mirando raro», «¿te gusta el campo, salir a la naturaleza?». Marta apenas se molestaba en contestar.

Llegó la cuenta y los comensales respiraron como respiran el equipo goleado cuando el árbitro pita el minuto noventa. Pagó el caballero y explicó a qué respondía su desencanto:

- No me gusta ese rollo que tienes de camarera.