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First Dates La burla de una comensal de los pendientes de su pareja: «¡Si son falsos!»

Alexia y Jonathan tuvieron una cena llena de diferencias y desencuentros

CUATRO
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«First Dates» se acerca ya a los ochocientos programas y no da visos de ir a agotarse pronto. Solteros de toda España pican todos los días a la puerta del restaurante que capitanea Carlos Sobera en busca del amor de su vida. Las parejas que se sientan a cenar en el plató de Cuatro son de lo más variado y siempre las hay para todos los gustos. La cadena ha encontrado un auténtico filón de audiencia en este formato que es garantía de entretenimiento de lunes a viernes.

La noche empezó con una pareja joven. Vito es un chef de 38 años nacido en Italia pero que vive en las islas Canarias. «La vida está hecha para enamorarse, pero no necesariamente de una mujer: de un buen libro, de un atardecer...», reflexionó el hombre, «y yo busco a una mujer que tenga interés por las cosas, que quiera aprender...». Su acompañante iba a ser Carmen, de 35 años y residente en Tenerife, con la mitad de sus antepasados italianos y la otra mitad rumana. «He tenido muchas experiencias positivas en mi vida, y creo que el amor es lo mejor que tenemos en la vida», dijo Carmen. Se conocieron en la barra del restaurante con buena sintonía en un principio. No obstante, y aunque la cena fue agradable, al final ella no quiso tener una segunda cita.

Estaba la noche internacional en el programa, pues para la segunda pareja llegó Daniela, una mujer rusa de 29 años que vive en Valencia y se gana la vida como traductora. Su pareja fue Óscar, un comercial barcelonés de 48 años que, tras un año soltero, se dispone a buscar pareja de nuevo. De mano sorprendía la enorme diferencia de edad que existía entre ambos, aunque Daniela ya advirtió al llegar que «como en la canción, me gustan mayores».

La conversación empezó con buen pie, y al menos de un primer vistazo los dos se resultaron atractivos. Óscar se sintió a gusto durante la cena, y al poco rato le confesó a Daniela que había sido abandonado en un convento al nacer y nunca había llegado a saber quiénes son sus padres en realidad. No obstante la cita no prosperó y cada uno se marchó por su lado.

Alexia, una estudiante barcelonesa de 18 años, llegó con una carta de presentación estilística: «Me considero choni porque me gusta mucho ese estilo y siempre llevo ropa de ese tipo: moños, pendientes...». Su pareja sería Jonathan, un repartidor madrileño de 24 años cuya gran pasión «es la ropa, porque me gusta mucho llamar la atención y que me miren por la calle». La primera imagen no fue positiva, y él dijo que «no me gustó Alexia físicamente porque no llama la atención y a mi me gusta que la llame. Además, ella es un poco choni en cómo habla y viste y eso no me gusta nada».

A ella tampoco le gusto él demasiado, menos todavía cuando intentó negar la evidencia: que él también era choni. La conversación fue caldeándose poco a poco, y Alexia empezó a burlarse de los pendientes de Louis Vuitton de Jonathan: «¡Si es que son falsos!», decía muerta de risa. Al final la cosa no cuajó y cada uno de ellos se marchó por su lado.