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Eurovisión 2019 Guía canalla para seguir la final de Eurovisión 2019

Un año más, ABC propone un análisis irónico de las 26 canciones que luchan en la final de Tel Aviv del sábado para poder separar los «eurotemazos» de las puestas en escena más ominosas. ¿De qué lado caerá realmente «La venda»?

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Hoy, 18 de mayo de 2019, el Festival de Eurovisión nos dejará una nueva competición de la canción a nivel Europeo. A partir de las 21 horas, Tel Aviv acogerá de nuevo este certamen. Y para que no te pierdas nada, aquí encontrarás el mejor análisis -en clave irónica- de las 26 canciones que se postulan a ganar.

Malta. Michela Pace. «Chamaleon»

Malta, debajo del agua, antes de que comience el apereamiento de sus camaleones
Malta, debajo del agua, antes de que comience el apereamiento de sus camaleones - AFP

Malta no ha ganado nunca Eurovisión… Este año, tampoco. Michela, una de las representantes más jóvenes de esta edición, llega al Centro de Convenciones de Tel Aviv después de haber vencido en el Factor X de su país, aunque suponemos que en un país tan pequeño como el suyo, esto no debe de ser un mérito. De hecho, ella, enfundada en un mini chubasquero del Bershka (un macguffin de manual, porque allí no llueve nada) canta hasta cuatro temas en uno con su «Chamaleon», una especie de «smash up» que suena a todas las canciones que se hayan oído hasta ahora en el festival, cuya única nota destacable no es el absurdo bailecito que nos regala como bonus track el coro, sino el subir el consumo energético en ese escenario por la cantidad de recursos gráficos y de colores que precisa. La joven comienza cantando «debajo del mar»; de ahí se traslada a una selva; acaba en una ciudad; pide agua, pide fuego, cuando lo que realmente tendría que pedir es aire para rematar aquello con cierta solvencia. El Eurofestival arranca provocando ansiedad, vergüenza ajena y sobredosis de skittles.

Albania. Jonida Maliqi. «Ktheju tokës».

Allá en el rancho grande, había una rancherita, pero era albanesa
Allá en el rancho grande, había una rancherita, pero era albanesa - Reuters

No golpeen su televisor. No. Eurovisión no se ha trasladado a Latinoamérica, aunque amenace con desembarcar en Estado Unidos. Porque pese a que Jonida Maliqi vaya vestida para cantarnos una ranchera, no representa a México, sino a Albania, que ya ha ganado algo: fue la primera entrada que se dio a conocer que se presentaría a concurso este año. Ahora tiene que luchar en contra de una maldición: la de que ningún país ha ganado nunca en 64 años cantando en segunda posición. Quizás por ello invoca a la madre tierra con una baladilla de esas que pasan desapercibidas (todavía más si se canta en versión original sin subtítulos en inglés), con ese toque étnico balcánico tan de los noventa, en apoyo de los refugiados del mundo. La propuesta es además la única apuesta por un clásico retro del festival: el golpe de melena (¡mira cómo brilla su melena!) a base de ventilador. La intérprete se mete tanto en su papel que casi acaba en trance. Da un poco de miedito, teniendo en cuenta que a esta hora aún no tendremos a los niños sin acostar.

República Checa. Lake Malagui. «Friend of a friend»

Chequia, y los amigos del amigo

En la primera semifinal del martes hubo que esperar a la sexta entrada, la de la República Checa para comprobar que no todo estaba perdido en este Eurovisión 2019. Porque pese a que nuestros comentaristas de RTVE (Julia Varela y Toni Aguilar) se empeñaban en explicarnos que esta era la semifinal de las rarezas, lo fue más del tedio y de la nula calidad vocal. El indie pop de estos Archie checos, tan casual que les permite actuar en sudadera, se hace querer. Ellos son tres pero cunden como doce, en lo que juega un papel muy importante ese efecto digital que convierte unos marcos de puerta de neón en los que están instalados en ventanas que se duplican y triplican en pantalla. Por cierto, un toquecito a los del lenguaje inclusivo: gracias a la sobreimpresión en los fondos de la palabra principal de su canción en todas las lenguas europeas, descubrimos que la chica de la que habla la letra y de la que estaba tan pillado el cantante ahora es «un amigo, de un amigo, de un amigo» («you know what I mean»). Y fíjense, por favor, en el logo que representa al grupo. Ni el Instituto Cervantes ha hecho tanto por la Ñ como esta delegación centroeuropea, abanderada por su virgulilla.

Alemania. S!sters. «Sister»

Fraternidad alemana
Fraternidad alemana - Reuters

Tiene que ser duro saberse una potencia en Europa y un desastre en Eurovisión. Alemania se ha propuesto un año más ser la pagafantas del continente con una aportación musical que no convence ni a sus intérpretes, que no la cantan en el escenario, sino alejados de él, en plan «esto tampoco está pasando». Y mucho no creerán tampoco en ella cuando tienen que autoconvecerse repitiendo su título hasta en el nombre de su grupo. Porque Carlotta Truman y Laurita Spinelli son S!sters (separadas al nacer, no hay más que verlas), una morena y otra rubia, hijas del pueblo de Berlín, hermanas rollo Aitana, Roi y Amaia. Su canción, «Sister», es una oda a la esa amistad que dura hasta que te borro del Facebook. Un drama, como su propuesta.

Rusia. Sergey Lazarev. «Scream»

Sergey, a grito «pelao»
Sergey, a grito «pelao» - AFP

La heteronormativa y patriarcal Rusia sabe que cuando la cosa se tuerce, solo un buen macho te puede enderezar la situación. Tras el batacazo de esta delegación en 2018, que no consiguió llegar a la final, el país ex soviético tira de fondo de armario (¡qué paradoja!) y desempolva a Sergey Lazarev (que está igual que como lo dejaron en 2016 solo que ahora de blanco inmaculado). Él, entre espejito, espejito, y con fondo de pantalla de «La guerra de las Galaxias», comienza una propuesta de las conocidas en Eurovisión como «épicas», con puesta en escena de Fokas Evangelinos, el mismo que «le ha puesto» a Miki, el español, un piso. «Scream» es una oda al «yoísmo», con un ejército de Sergeys proyectándose en el fondo, lo que no impide que se ponga a llover y él auténtico tenga que refugiarse tras una mampara (lo que da la sensación de que se va a duchar en el escenario). Los rusos son antigays, pero no tontos. Ahora toca frotarle a su representante, digo, pasarle la mano por el lomo. Él es sexy, como su canción, una de las favoritas para ganar este sábado, y lo sabe.

Dinamarca. Leonora. «Love is Forever»

Dinamarca: Del banco de Chanquete, no les moverán
Dinamarca: Del banco de Chanquete, no les moverán - Reuters

Lo de este país no tiene por donde cogerse, pero si hubo un San Marino en la primera semifinal, ahora necesitábamos una Dinamarca, por lo de mantener la paridad incluso en el terreno del sinsentido. Para comenzar, hay que señalar que Leonora, su intérprete, es patinadora. Hasta ahí todo correcto. Sobre el escenario del Centro de Convenciones de Tel Aviv, y vestida de vendedora de periódicos del siglo XIX, decide subirse a una silla gigante para decirnos hasta en cuatro idiomas su verdad: Que no te engañen, que el amor es para siempre, no como en las pelis… porno. Y allí, con su coro, en plan «del “banco” de Chanquete no nos moverán», los cinco, cual teleñecos enamorados, lanzan su mensaje al mundo (eurovisivo). Un guiño a la «chanson» francesa nos dijo Toni Aguilar que era esto en su retrasmisión de la segunda semifinal. Tendremos que viajar más…

San Marino. Sherat. «Say na, na, na»

«Na de na», en San Marino
«Na de na», en San Marino - EFE

A algún cachondo (bueno, a más de uno, porque se supone que cuenta el televoto) se le debió ocurrir que estaría bien hacer llegar a San Marino a la final. Y aunque Sherat y Serrat casi se escriben igual, ya les digo yo que nada que ver tanta homonimia. Porque lo de este repetidor de Eurovisión (ya lo intentó en 2016) es como dejar al abuelo que beba y baile en una boda. Dicen las malas lenguas que la canción se escribió en 5 minutos. Yo creo que en 3: con los otros dos hicieron la córeo de los dos bailarines, y eligieron sus pantalones de colegio inglés influyente. Hasta la pronunciación («don forguet mai Lumber, col mi eni taim») no sabemos bien si da cosica o ternura. En resumen, que San Marino, «na de na». Valentina Monetta, la única sanmarinense que había pisado una final por este país hasta la fecha, sigue siendo el referente. Y eso lo sabe hasta la Santa Massiel de la delegación española, a la que más le vale a éste encomendarse.

Macedonia del Norte. Tamara Todevska. «Proud»

Macedonia, proyectada a la final
Macedonia, proyectada a la final - EFE

A Macedonia le pasa ahora como a «Cuéntame», no que la propuesta se nos haga muy larga, tampoco que sea muy noventera, sino que hay que pronunciar el nombre del país con coletilla (hay que decir «Macedonia del norte» como tienes que decir «Cuentame como pasó»), que si no te crujen con los derechos de autor los griegos. Dicho esto, la de Todevska es una propuesta que tira de reciclaje, pues parece que hace uso de los espejos que dejó el ruso, para convertirse con su vestido verde en la bailarina de una caja de música que termina dando un poco de yuyu (pese a que lo suyo es un empoderamiento sobre el concebido sí nacido), pues apuesta por unos fondos en blanco y negro que recuerdan al vídeo que se proyecta en las galas de los Goya para homenajear a los fallecidos del año anterior.Macedonia llevaba desde 2012 sin pasar a la final. Sin embargo, no hay nada con lo que no pueda el amor de una madre, como colocarte entre los 26 mejores de Eurovisión 2019.

Suecia. John Lundvik. «Too late for love»

Gospel y santería en la delegación sueca
Gospel y santería en la delegación sueca - Reuters

Admito que lo de Suecia de este año me tiene totalmente descolocado. Y no solo porque hayan elegido a un tipo que es además atleta, que en 2010 compusiera un tema para el enlace real entre la princesa Victoria de Suecia y Daniel Westling (que ya da para una programa de «Sálvame»), sino porque el tipo es además co-autor de la canción del Reino Unido, donde nació y fue adoptado por una pareja sueca: ¡Leche! ¡Mucho no creerías en ese tema si luego se lo cedes a otro! A ello se suma el espíritu gospel de su propia tonadilla, con un coro de santeras vestidas como si después se fueran de boda. Le reconozco una puesta en escena elegante, basada en las luces verticales (aunque estas por momentos parezcan placas solares que van a achicharrar al mozuelo con sus rayos uva). También la calidad vocal a su intérprete. En un año mediocre en lo primero y lo segundo, tiene sentido que los nórdicos arrasen. Fin de la cita.

Eslovenia. Zala Kralj y Gašper. «Sebi»

Sexo tántrico entre los eslovenos
Sexo tántrico entre los eslovenos - AFP

Han sido definidos como los «Almaia» de 2019, pero a su lado, los españoles del año pasado eran una final de RuPaul Drag Race. Zala y Gasper, de blanco inmaculado, están muertos sobre el escenario, pero ellos son los únicos que no lo saben. De hecho, interpretan de frente el uno al otro, como si el resto del mundo no existiera. Una actuación sin sangre ninguna (no descartamos que ambos se vayan a hacer yoga acabada su representación), pero con una tensión sexual no resuelta que asusta. Porque es imposible mantenerse 3 minutos en la misma pose sin ser una ameba, que suele tener bastantes más movimientos y actividad que estos dos, que seguramente están manteniendo sexo tántrico entre ellos sobre el escenario, a lo Avatar, sin que los demás lo percibamos. Por lo demás, la base electrónica del asunto convierte «Sebi» –creemos que en un perfecto esloveno– en el tema ideal para vuestro chill-out, spa o hilo musical de consulta en el dentista.

Chipre. Tamta. «Replay».

Tamta: un corta-pega que se repite como el ajo
Tamta: un corta-pega que se repite como el ajo - AFP

La de Chipre es una de las entradas favoritas de este año, pese a que su puesta en escena es pólvora mojada, como el pelo efecto mojado de su «representanta». Pero es que lo de este país es para mear y no echar gota: son los únicos capaces de plagiarse a sí mismos. Así, este «Replay» de Tamta no engaña, al menos desde el título, y, en algunos de sus acordes, recuerda sospechosamente al «Fuego» de Eleni Foureira del pasado año, quizás porque comparte compositor, Alexander Papaconstantinou. Y las machaconas bases instrumentales se comen a una cantante más preocupada por lucir morritos y modelitos (ella, encuerada en polipiel al principio, recurre al clásico truco eurovisivo de ser «desnudada» por sus bailarines, que optan por un atuendo homenaje al Zorro de Antonio Banderas, con sombrero cordobés incluído. Palomo Spain tomando notas como un loco en la final). Como guinda del pastel, un efecto de vídeo de primero de Youtuber replica el «replay» del estribillo, algo a la altura de patetismo de ver a la Colau de «influencer» en redes.

Holanda. Duncan Laurence. «Arcade».

Holanda, yendo hacia la luz
Holanda, yendo hacia la luz - AFP

Frente al Melodifestivalen, la elección interna y a dedazo de Holanda. La democracia al carajo. Pero les ha salido bien la jugada. Desde que se presentara, la acuática balada de Dunca Laurence se alzó al primer puesto en las casas de apuestas. Y aunque su puesta en escena dejara fríos a los eurofans en los ensayos (los comparaban con un vídeo en el que el zagal salía como su madre lo trajo al mundo flotando en el agua; suponemos que lo habrían preferido desnudo flotando en formol), la puesta en escena final es brillante: tanto, que demasiado recuerda a un concierto de Coldplay. Sentado al piano, el intérprete centra todo el espectáculo en la emoción y en un falsete bien modulado, algo que nos retrotrae a 2017 y lo convierte en el Salvador Sobral del Norte de Europa. Lo único que chirría allí es una bola de luz que baja del techo y que el cantante se queda mirando como si fuera una polilla. Por lo demás, está claro que este año los holandeses cruzan la pasarela del top 3.

Grecia. Katerina Duska. «Better Love»

Grecia se mete en un jardín
Grecia se mete en un jardín - Reuters

Comparar a Katerina Duska con Florence and the Machine es como identificar a Ylenia con Celine Dion, cuando además todo el mundo sabe que su puesta en escena es más parecido a un anuncio de Herbal Essence. También hay quien ha visto en su voz reminiscencias de Amy Winehouse, que debe de ser cuando estaba borracha perdida y de barbitúricos hasta las trancas. El caso es que la griega se mete en un jardín (nunca mejor dicho) del que le cuesta salir, con dos esgrimistas y todo. Toda una musaka. Si le quitan el sonido al televisor les quedará el placebo de pensar que todo aquello que se reproduce ante sus ojos es un desfile malo de Victoria’s Secret. O el silencio de Albert Rivera.

Israel. Kobi Marimi. «Home».

Israel se boicotea así mismo con Kobi
Israel se boicotea así mismo con Kobi - Reuters

El tema de este intérprete con nombre de mascota olímpica es tan aburrido como la polémica suscitada sobre la idoneidad de que Eurovisión se celebre o no en Israel, la delegación que lo defiende. Una polémica, por otro lado, sostenida en realidad por aquellos que no han visto un festival en su vida (con nuestra María “miralá, miralá, la puerta de Alcalá” a la cabeza, y sus esbirras Natalia y Alba Reche), o aquellos a los que les surge la conciencia geo-política la penúltima semana de mayo.

Porque, ciberataques en la primera semifinal aparte, llamamientos al boicot o lío en la venta de entradas, Israel seguía siendo el mismo país a la gresca con Palestina el pasado año, cuando se votaba a mansalva el «juguete» de Netta. Y Netta era la misma persona cuando se la aclamaba por su canción anti-bullyng que cuando hacía la mili obligatoria en Israel (lo demostró el vídeo-homenaje que le hicieron en la primera semi). O como si fuera la primera vez que el festival se celebra en países que pisotean los derechos civiles (recordadlo, sobre todo los gays, cuando vayáis a votar a Rusia o Lituania, este u otro año, con leyes de propaganda contra la homosexualidad). De todos modos, a los mayores de 35, todo esto se les pasa en cuanto Madonna actúe el sábado en la final.

Israel se refleja en los cristales refractarios y reflectantes de su escenografía, y ni la voz de su cantante (que en ocasiones se da un aire por su apariencia a un hijo ilegítimo de Freddie Mercury), ni los fuegos artificiales de la puesta en escena levantan esta tonadilla de iglesia para iniciados, por mucho que a su representante le dé por llorar cada vez que la ensaya. Por algo será. ¡Y que vivan las cadenas (de su fondo)!

Noruega. Keiino. «Spirit in the Sky».

La llamarada noruega en Eurovisión 2019
La llamarada noruega en Eurovisión 2019 - Reuters

Lo reconozco: Noruegaes mi «guilty pleasure» de 2019, aunque también es cierto que de su vídeo de promoción a su puesta en escena hay un abismo. Pero una vez que uno reconoce esta debilidad, no se puede echar atrás, como lo hacen los dos de los tres intérpretes del grupo que tienen pelo, que no sacan en el escenario de Tel Aviv las orejas de zorro con su propio cabello del vídeo oficial. El protagonismo del tercero, el alopécico (descendiente de gente de Ayamonte, ¡ahí le has dao!) sigue recayendo en sus cánticos en saami (que no en élfico), y que parece que realmente se ha tragado a otro señor, que sería el que canta por él. Por lo demás, es esta otra entrada que vuelve a dejar secos a los dragones de Daenerys con tanto fuego durante la actuación, y que Rumanía, que no pasó, llevaba más engrasados. Inevitable que se les vayan a ustedes los pies mientras la escuchan. Están avisados.

Reino Unido. Michael Rice. «Bigger than us».

El Reino Unido se hace un «Brexit» antes de tiempo
El Reino Unido se hace un «Brexit» antes de tiempo - Reuters

Canción ideal la del Reino Unido, hacia mitad de la tabla, para ir al baño. Sobre todo después del subidón de Noruega, que obliga a reposar. Otro país que lleva haciéndose un Brexit eurovisivo incluso antes de que Cameron anunciara el referéndum. De hecho, si los británicos se fueran, ni lo notaríamos. Ya cantan muchos otros en inglés por ellos. Este año, además, Michael Rice se convierte en el pagafantas del festival: no solo porque su pseudo-medio tempo de confraternización es el plan B de los suecos (el cantante de este país es su co-autor), sino porque incluso recicla los fondos del imac que ya sacó Australia (entre muchas otras cosas) en la primera semifinal. Rice se acompaña de un coro que es una oda a unos «ángeles de Charlie» más inclusivos (contiene hombres) y que parecen que llegan desde el futuro lanzados por haces de luz. Recuerden que cuando voten al final de la gala no es para echarlos, sino para que se queden. Esto no es «Supervivientes», aunque lo parezca. De hecho, ni siquiera son famosos.

Islandia. Hatari. «Hatrid mun sigra»

Islandia, tirando de (la) cadena
Islandia, tirando de (la) cadena - AFP

Ración de postureo chungo con la entrada islandesa. La presentación que hizo de ellos Julia Varela en la primera semifinal ya auguraba malos presagios: «Es está una banda antipunk capitalista y muy activa en lo sexual». No sabemos hasta qué punto este último dato es fundamental para seguir la actuación de este país nórdico. Porque, pese a su mala baba (si los montenegrinos se presentaba en su semi como el cielo, los islandeses apostaban de plano por el infierno), y su deseo de dejar el recuerdo de los finlandeses Lordi a la altura de Baby Shark, a la legua se ve que los de Hatari se han recorrido todas las ferreterías de Tel Aviv para que lo suyo dé sensación de BDSM y evitar la imagen de niños de papá que exalan pese a las pintas. Valga como dato que uno de sus integrantes es presentador de telediario, que es como si nosotros disfrazásemos a Ana Blanco de dominátrix y la lanzásemos a Eurovisión. Por lo demás, con tanto ruido, tanto fuego y tanto sujeto intentando partir en dos una bola gigante de metal, lo único que consigue este grupo es adelantar el calentamiento global del planeta (que no el nuestro) y acelerar nuestra primera visita a un centro Gaes.

Estonia. Victor Crone. «Storm»

Estonia, revuelta, como el tiempo
Estonia, revuelta, como el tiempo - Reuters

Estonia amenazaba con lluvia («Tormenta» es el título de su canción) y no defraudó. No defraudó en este sentido, porque los gallos de su representante auguran que lo suyo acabe fijo en agua. De origen sueco, Victor Crone ya intentó representar a este país, pero este se hizo «el ídem», posiblemente al constatar su limitado registro vocal. Ahora Estonia apuesta con él por el estilo Nashville, que no debe de ocupar una tradición muy grande en un país tan pequeño. Los truenos que se ven de fondo es un broche fantástico para una entrada anodina condenada a hacer aguas. Aunque, las cosas como son: es la única república báltica que ha resistido el envite. ¿Para quién los 12 puntos de Letonia y Lituania? Para Rusia, por supuesto.

Bielorrusia. Zena. «Like it»

Piruetas del destino con Bielorrusia
Piruetas del destino con Bielorrusia - Reuters

Aunque al final no ha sido así, Bielorrusia pedía a gritos un puesto en la primera parte del Festival en esta final (pedía a gritos eso y más cosas) dada la edad de su cantante, que lo mismo se nos queda dormida y no aguanta hasta las votaciones. Porque, con sus 16 años, Zena no es solo la intérprete más joven de esta edición sino probablemente de muchas otras. Y aunque todo el foco se termina poniendo en ella (que ha llegado a ser presentadora del Eurojunior en 2018 y cuyo nombre se inspira en el de Xena, la princesa guerrera, que ahí lo dejo), los que de verdad se merecen un monumento son sus dos bailarines, que se pasan todo su «Like it» dando volteretas, para arriba y para abajo. La paridad obligaría a que las dos coristas hicieran lo mismo, pero en esta delegación no se fijan tanto en las cuotas. Mejor, porque las de apuestas no les favorecen nada. Por lo demás, mucho fuego, que ya es un básico en cualquier delegación de más allá del telón de Acero.

Azerbayán. Chingiz. «Truth»

Azerbayán, con el corazón partido y robotizado
Azerbayán, con el corazón partido y robotizado - Reuters

Chingiz tenía ya desde hace meses hora para su escáner la noche de su semifinal el pasado jueves y no podía renunciar a ella, que todos sabemos lo mal que va lo de las listas de espera en la sanidad pública, también en la azerí. Por eso decidió subir al escenario dos brazos robotizados (no nos referimos a sus trabajados bíceps, que también se los llevó), los cuales le escanean el corazón y crean una imagen virtual de luz con ella (aunque muchos eurofanes hubieran preferido una réplica de otra parte de su anatomía, pero ese es otro tema). el caso es que le tiene que repetir la prueba porque el muchacho esta en la final del sábado. No quiero ni pensar lo que le ha tenido que costar la broma a la televisión de este país oriental, pero cuando se habla de espectáculo, ¿a quién le importa el dinero? Se ve que este año apostar por los vídeos acuáticos, el enseñar pechete y las selecciones a dedazo (todo esto lo comparte con el holandés), salen a cuenta. Diremos en su descargo que Chingiz hace espectáculo televisivo y eurovisivo del de toda la vida. Tanto que se le perdona hasta su uso y abuso del falsete a lo Bee Gees. Hacia el final de la canción a él se le escapa el alma gracias a los efectos digitales. Y a muchos les da un vuelco el corazón.

Francia. Bilal Hassani. «Roi»

Los franceses en plan Bola de Dragón Z
Los franceses en plan Bola de Dragón Z - AFP

Este año, Eurovisión tiene un cálculo «Bilal». Porque todo está perfectamente calculado en esta candidatura francesa: un cantante resultado de meter en la centrifugadora a Lady Gaga y a Sia; una bailarina que «no cumple los cánones» de la talla S y que parece la prima hermana de Itziar Castro; una canción que habla de bullyng; una campaña hecha desde el país de origen con la peña en plan Manada virtual acosando al muchacho nada más ser elegido; una propuesta que le hace concesiones al inglés; una puesta en escena que subtitula su letra para que la sigamos en plan karaoke… Si no fuera por todo esto, difícilmente Bilal, su representante, se habría aupado a lo más alto en las casas de apuestas. Porque, reconozcámoslo, su tonadilla es un coñazo, su estética de dudoso gusto (queda por confirmar si le pedirá de nuevo extensiones capilares a la Pelopony para la final) y su resultado de puesta en escena rozando una estética golden muy setenentera. A veces tenemos la sensación de estar en el Israel de 1979 (entonces, Jerusalén) y que el que saldrá por nosotros no será Miki sino Betty Missiego cantando «Su» canción.

Italia. Mahmood. «Soldi».

Italia se rasca poco los bolsillos con Mahmood
Italia se rasca poco los bolsillos con Mahmood - Reuters

Lo de Italia este año es la dejadez en estado puro. Del hastío de la letra a la apatía de la puesta en escena, que pareciera que Mahmood estuviera de boda (en El Cairo o en Milán) y, en el convite, la «mamma» pesada convence a todos de que el niño canta bien y le obliga a coger el micrófono. El cuadro de baile, para más inri, aunque jamonudo, es eso: un cuadro. Salvini se lo debía de ver venir, y de ahí sus quejas. Nada que ver con su racismo de serie. Aún así, su «Soldi» («dinerete» para los que no manejamos… el italiano) es diferente y destaca en un festival cada vez más globalizado. Es la mezcla perfecta entre los ritmos orientales y Dolce y Gabbana. Ahora bien: al muchacho no le preguntéis cómo está, que se ahína. Démosle unas palmaditas, como las de su córeo.

Serbia. Nevena Bozovic. «Kruna»

Serbia mueve el mundo con solo una pierna
Serbia mueve el mundo con solo una pierna - Efe

Mucho se está hablando del avance de los populismos en Europa y poco del abandono del inglés por parte de los países que participan en Eurovisión, que regresan a sus lenguas maternas. En cualquier caso, la de la primera semifinal fue una mala noche («noche chunga» llega a decir la representante serbia en su canción: pongan la oreja) para el polaco, el portugués, el húngaro y el georgiano. No así para el islandés (pero, en su caso, es porque nos tenían acojonados) o el serbio. A Serbia, este año, le representa una pierna, detrás de la cual hay una mujer, Nevena, que no podía dejar pasar la ocasión de llevarse al escenario de Tel Aviv la estética de «Juego de Tronos» en la que está imbuido medio planeta. Ella, en un efecto digital, hasta llega a levantar nieve con la mano, que «winter is coming». Y tanto nos recuerda esta muchacha a nuestra Edurne en Viena que nos pasamos los tres minutos de su canción esperando que aparezca su Giuseppe di Bella a levantarla y zarandearla. Contiene «spoilers»: Esperan ustedes en balde.

Suiza. Luca Hänni. «She Got Me»

Clase de spinning con Suiza en el escenario
Clase de spinning con Suiza en el escenario - AFP

Desde 2014, Suiza no pisaba una final y este año lo hace, a ritmo de clase de «spinnig», pese a ser la suya un «fake» de canción que tiene a todo el mundo fascinado. Partiendo incluso de su título, que tenía que haber sido «Dirty Dancing», para hacer que Patrick Swayze se revolviera en su tumba. Menos mal que se impuso el sentido común de los derechos de autor. Les recomiendo ver esta actuación, retro-futurista, rojiza y anabolizada, sin sonido. Entonces disfrutarán de una buena coreografía y cuerpo de baile a la que no le acompaña para nada el instrumento vocal de su intérprete, todavía por pulir en ese sentido. Luca dice que cuenta además con su propia marca de ropa. Lo bueno es que tiene un plan B si no triunfa entre los adolescentes europeos. Por cierto, ¿soy el único en esta canción que escucha «chico solo» en lugar de «she go (sic) so low»? Otra desilusión al saber que no cantaba en español.

Australia. Kate Miller-Heidke. «Zero Gravity»

El Circo del Sol made in Australia
El Circo del Sol made in Australia - AFP

En este momento de la final, Eurovisión se parte en dos con una actuación del Circo del Sol. Porque eso es lo que es la puesta en escena de Australia, que lleva desde 2015 (año en el que la invitaron a participar en el Festival) reclamando un trono y acabando como muy perjudicada, por no decir ninguneada. Así que Kate Miller-Heidke pone toda la carne en el asador, tira de tópicos y convierte su «Zero Gravity» (una canción que a pie de micro pasaría sin pena ni gloria) en pleno espectáculo televisivo: una cantante que se introduce en el tema disfrazada de Glinda, la bruja buena de «El mago de Oz», con la base del escenario que reproduce la curvatura de la tierra y el fondo de pantalla del imac como fondo de su actuación (sí, sí: el del inglés). Y, de reprente, cuando pensábamos que iba en zancos empieza a menearse (¡Al cielo con ella!) junto a sus dos coristas, hasta que descubrimos el mecanismo que las mantiene a las tres sujetas a la tierra y que impide que salgan disparadas en su deseo de desafiar la gravedad. Normal, ante tanta parafernalia, que su entonación venga marcada por los gorgoritos operísticos: era eso o la risita floja ante la imagen final (llegan a parecer los globos con forma de fideo de las ferias de pueblo) y la sensación de vértigo que produce el conjunto.

España. Miki. «La venda».

Parchís, chis, chis, en la casa de «Aquí no hay quien viva»
Parchís, chis, chis, en la casa de «Aquí no hay quien viva» - Reuters

¿Es posible que este año con España nos esté pasando lo del hombre que señala la luna con el dedo y que nosotros nos fijemos en el dedo? No solo es posible, sino que además está pasando. Una puesta en escena para nada mileurista con la firma de Fokas Evangelinos nos está apartando del verdadero debate que es la del sistema de selección de nuestro representante y la calidad del mismo.

Pero empecemos por la escenografía, que es ese dedo que nos tiene obnubilados: cuando tienes que explicar en rueda de prensa de qué va lo que has montado sobre el escenario es que algo falla. Algunos, desde que se filtraron las primeras imágenes de «la casa» escenario de la que parten Miki y su troupe ya vieron similitudes con la de la intro de la serie «Aquí no hay quien viva» (y algún cachondo en redes se atrevió incluso a fusionar ambas realidades en un vídeo que es pura fantasía).

¿Que qué es lo que tengo?

El caso es que allí nos hemos montado una especie de mito de la caverna platónica, con los bailarines empezando como sombras que intentan salir de su casa-cueva y un muñeco-marioneta como el que usan los artistas para aprender a pintar el cuerpo (Paco de nombre), a escala XXXL y que se la zarandea.

Este año tenemos color (luces, huellas LGTB, polvos de celebración hindú…); tenemos bailarines entregados vestidos como si fueran los Parchís del siglo XXI; tenemos cámara Go Pro (esperemos que no se nos quede sin pilas), tenemos energía como para convertir el paso por el escenario en una maratón olímpica; tenemos logotipo; tenemos la letra en español y en andaluz («lo que ere, lo que ere eeee»)… Tenemos de tó.

Y ese es uno de los problemas: tenemos un iPhone en manos de una nonagenaria. Un pastiche, vamos. Y con tantas cosas se nos olvida que si por algo se eligió «La venda» (que de lo malo, era lo menos peor) fue por su frescura, por su espíritu de charanga que Fokas y los suyos han convertido en clase de zumba para europeos.

No a Operación Triunfo

Pero ahí no acaba la cosa. Sin restarle ni un ápice de valor a la implicación de RTVE de este año, al esfuerzo de Miki y su equipo, reconozcamos que fallamos en lo básico: no tenemos voz. La de Miki es un tormento. Tampoco ayuda que el catalán, con más buena voluntad y entrega que tablas, no pare en el escenario. Nos vendieron media Pegatina, pero la parte que no pega.

Nuestra televisión pública se tiene que replantear ya su sistema de selección del representante. Queremos cantantes de calidad, de esos de los que no tengamos miedo a que en cualquier momento desafinen, que existen, créanme; y con trayectoria, que no salgan de talent shows con otro tipo de público al eurovisivo. O, que si salieron de allí, que estén ya fogueados. Porque lo de este año no lo levantamos ni aunque la marioneta Paco se ponga a hacer palanca. ¡La de vendas que van a caer el domingo!