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Supervivientes

Del «Supervivientes de las estrellas» al «Supervivientes del barro»

Telecinco ha ido refinando su fórmula basurífera y captando nueva clientela dispuesta a consumirla

TELECINCO
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Esta edición de «Supervivientes» nació, como todas, con la promesa de ser el «Supervivientes de las estrellas» y terminó, como siempre, siendo el «Supervivientes del barro» y la inmundicia. ¿Acaso se podía esperar otra cosa del reality desde el momento en que se conoció la alineación que viajaría a Cayos Cochinos? Vasile&Co sabían muy bien a qué estaban jugando y las mejores cartas han vuelto a acabar en su mano: la temporada de «Supervivientes» que ahora termina ha sido la más seguida desde el desgraciado día en que el reality atracó en nuestra parrilla.

Han pasado desde entonces casi dos décadas y ni ha vuelto a zarpar ni parece que vaya a hacerlo en los próximos años. Temporada tras temporada, Telecinco va refinando su fórmula basurífera y captando nueva clientela dispuesta a consumirla. El espectador siempre tiene razón, y si el espectador desea embrutecerse con las trivialidades de los personajes más inanes que pueblan nuestro país, adelante entonces; ración doble para todos. La cosa pudo haber sido peor, pero las Azúcar Moreno decidieron tirarse del barco a poco de que arrancase el reality.

La factoría «Supervivientes» es un gigantesco show de Truman en el que siempre pasa lo mismo y siempre hay cámaras para grabarlo. En lo sustancial, es idéntico el «Supervivientes» que ahora termina al del año pasado y al de hace siete o quince. Cada grupo tiene sus equilibrios psicológicos, sus héroes y villanos y el inexcusable papel del montapollos marrullero, sin el cual «Supervivientes» no podría alcanzar ni tres semanas en antena. Este año le tocó la perra gorda a Dakota y en menor medida a Violeta, ambas enfrentadas con el chulo playa de rigor, un título que le cayó en gracia a Carlos Lozano.

Las peleas cumplen en «Supervivientes» la misma función que la hoguera para sus concursantes: a su alrededor se dispone todo lo demás. Lo que alumbra al programa, y sobre todo lo que le da la audiencia, es poner a cuatro tarambanas a pegarse voces a orillas de las cristalinas aguas del Caribe. Luego viene esa afectividad viscosa y estridente, los escarceos románticos, el hambre y los piojos…El atrezo de «Supervivientes», que en esencia no es más que «El señor de las moscas» pero con Jorge Javier haciendo gracietas desde plató. Y la mosca más cojonera de todas se volverá a su casa con 200.000 euros.