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Sálvame

«Sálvame»: Una década de sangre y escándalo

Jorge Javier y sus histriones han creado un teatrillo a escala del mundo que atrapa a millones de españoles cada tarde

TELECINCO
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Es anómalo que un programa de televisión aguante una década en la parrilla, y que «Sálvame» sea uno de ellos es un síntoma del descalabro que ha propiciado Mediaset en nuestra televisión. Y no es que «Sálvame» se haya mantenido con una presencia testimonial ni con respiración asistida, tampoco arrinconado en una esquina de la programación o dando débiles señales de vida una vez por semana. El tumor empezó siendo un minúsculo espacio para comentar las galas de «Supervivientes» y en diez años ha crecido hasta devorar buena parte de la parrilla de Telecinco.

En su desmedida hipertrofia, «Sálvame» emite unas veinte horas semanales y se ha convertido en una fecunda franquicia de realities, tertulias y eventos. Una empresa potente que incluye el pago de multas e indemnizaciones en la partida de gastos fijos: solo en 2018 tuvo que pagarle al Estado 1,3 millones por emitir «contenidos perjudiciales para los menores» y 500.000 euros a la escritora Lucia Etxebarría por llamarla «sucia rata sin amigos». Jorge Javier Vázquez, que además del presentador oficial de «Sálvame» es su filósofo de cabecera, tiene escrito que el programa no es telebasura ni periodismo del corazón sino «neorrealismo televisivo». En efecto, nada más realista que la condena de un juez para demostrar que lo que estás haciendo va en serio.

Sabemos que Jorge Javier es un hijo extraviado del 68, del «prohibido prohibir» y la liberación sexual, por eso le gusta ponerse al frente de «Sálvame» como liderando una cruzada contra el puritanismo y la censura. En 2014, la Comisión Nacional de los Mercados y la Competencia le dio a «Sálvame» un ultimátum de diez días para adecuar sus contenidos al horario infantil bajo la amenaza de abrirle a Telecinco un expediente por infracciones graves. «Quieren destruir nuestra familia», alertó un JJ apocalíptico y combativo, «que tengan muy claro que vamos a seguir luchando con todas nuestras fuerzas para seguir aquí cada tarde». Telecinco jaleó a sus espectadores para que exigiesen su derecho a la basura también en horario infantil con los lemas «Más Sálvame que nunca» y «Yo veo Sálvame». Un desafío de pacotilla que duró pocas semanas, hasta que Telecinco decidió hacer como que cumplía las órdenes.

Lydia Lozano, una de las colaboradoras más veteranas, dijo hace unos meses que «trabajar diez años en "Sálvame" perjudica mucho». No se imagina cuánto más perjudica verlo, pero al menos ella ha cobrado por soportarlo. Para comprender lo que es «Sálvame» basta con saber dos cosas: que María Teresa Campos y Carlos Lozano han sido sus «defensores del espectador» y que alcanzó su pico de audiencia cuando sometió a Belén Esteban a la prueba del polígrafo. Debe de ser un trabajo agotador el de defender a las multitudes que entran a la boca del lobo para ver qué cuentan por ahí.

Con el tiempo «Sálvame» se ha vuelto un programa comodón y narcisista. Al principio intentaban enterarse un poco de lo que pasaba fuera de plató. Pero los años pesan, y ahora los contertulios se repantingan en el sofá a compartir sus cuitas domésticas y sus preocupaciones íntimas. Jorge Javier y sus histriones han creado un mundo cerrado en sí mismo, un teatrillo a escala del mundo que atrapa a millones de españoles cada tarde.

Poco le queda por hacer a «Sálvame» en la década que tiene por delante. Tal vez montar un ring de boxeo en plató fuese lo más congruente con su trayectoria hasta el momento, o que los tertulianos se destripen a navajazos para que Jorge Javier nos hable de «neorrealismo». Y seguro que no les va mal si siguen ese camino, pues si algo han constantado hasta ahora es que los espectadores siempre acuden puntuales a la llamada de la sangre y el escándalo.