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La promesa de los talent show

Los castings están abarrotados de personas que buscan dejar atrás la humillación de ser uno más para convertirse en Fulano, ganador de no sé qué

Colas durante el cásting en Toledo para entrar en «OT 2018»
Colas durante el cásting en Toledo para entrar en «OT 2018» - RTVE
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Contra el paulocoelhismo dominante y la hegemonía de Mr. Wonderful conviene recordar que casi todo es imposible, que los sueños no se cumplen y que lo normal es fracasar. La meritocracia es una idea fantástica, y a todos nos reconforta pensar que existe una providencial mano invisible que aúpa a las laboriosas hormigas y castiga a la cigarra holgazana. Una idea fantástica, decía, pero una idea que hace aguas en cuanto sale de las fábulas infantiles y debe probar su eficacia en la vida adulta.

Enciendan la televisión si no me creen. Pongan la Cuatro, pongan Telecinco y díganme qué meritocracia ven ahí; qué dineral están ganando Sofía Suescun o Carlos Lozano y con qué estrecheces vive el doctorando, el abogado de oficio o el profesor de filosofía. Admito que si nos ponemos a hacer números los que viven del cuento no son muchos, pero son mucho más visibles y eso es lo que cuenta en la sociedad del espectáculo. El espectador medio lo siente como una injusticia, incluso como un ultraje personal que hace peligrar su confianza en el sistema.

Para contrarrestar ese descrédito existen los talent shows, que las cadenas emiten casi como si fueran parte de su programa de responsabilidad social. Los talents funcionan con una lógica clara y transparente: los mejores serán recompensados, el talento se verá reconocido, el esfuerzo triunfa sobre la mediocridad. El ciudadano anónimo que cose, cocina, canta o hace trucos de magia en las reuniones familiares puede alcanzar el estrellato si trabaja duro para conseguirlo. Esa promesa es el carburante de nuestra maquinaria social y la televisión produce representaciones con un mecanismo idéntico, en las que ganan los buenos y pierden los malos.

Hace unos días se publicó en estas mismas páginas un reportaje firmado por Helena Cortés y Manuel Campillo que informaba de la avalancha de aspirantes que abarrota los castings de varios programas. Hay decenas de miles de personas dispuestas a hacer cola durante horas. Creen en la televisión, que les está dando la oportunidad tanto tiempo esperada. Actuarán frente a un jurado sabio y benévolo que sin duda apreciará el talento descomunal que todos tienen. Triunfar en un talent es abandonar el anonimato, dejar atrás la humillación de ser uno más para convertirse en Fulano, ganador de no sé qué.

Tal vez yo no me haya enterado y resulta que la especie está mejorando en los últimos años y ahora los niños, además de rubios o morenos, nacen bailarines o cocineros. Pero mucho me temo que no es así y habrá que advertirle a los chavales: de cada 1000 que van a un casting 990 vuelven a su casa siendo igual de donnadies que cuando salieron.