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El Pionero A Jesús Gil se le perdona todo

El gran logro de Gil, y la razón por la que su figura seduce e inquieta a partes iguales, fue la excepcional popularidad que alcanzó pese a todos sus conocidos escándalos y corruptelas

EFE
Actualizado
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Ya desde el mismo título –«El Pionero»- la serie de HBO sobre Jesús Gil desvela su inclinación por un estilo aséptico y puramente descriptivo. Y es un acierto, pues nada más insufrible para el espectador que la pretensión del director por pintar a su personaje como Jack el Destripador o como Santa Teresa de Calcuta, según convenga al caso. Pero esa contención narrativa corre el riesgo de caer en lo insustancial y de sembrar confusión cuando pretende hacer justo lo contrario.

En el caso de «El Pionero» (¿pionero de qué?), parece que los guionistas han puesto excesivo celo en esterilizar su discurso para que no vaya una palabra más allá de las pronunciadas por los entrevistados. Esta decisión es más discutible, pues en este tipo de negocios puede suceder que uno pague por llevarse a casa una mercancía averiada. Una práctica, por cierto, que cuenta con gran tradición en la familia Gil, desde aquellos tiempos en los que el abuelo Jesús echaba serrín en el motor de sus camiones para que el comprador no advirtiese el ruido que hacían. En el primer episodio de «El Pionero» es notorio el protagonismo de los hijos y hermanos de Gil, quienes obviamente transmiten una imagen cercana y desenfadada del personaje que desdibuja su verdadera naturaleza.

El gran logro de Gil, y la razón por la que su figura seduce e inquieta al mismo tiempo, fue la excepcional popularidad que alcanzó pese a todos sus conocidos escándalos y corruptelas. De varios testimonios, tanto de familiares como de críticos, se desprende la impresión de que a Gil se le perdonaba todo por «visionario», «valiente», «carismático»… Se echa en falta una mayor distancia a la hora de plasmar esa fascinación que despertaba Gil y que solía culminar en la indulgencia con los enredos y las picarescas del empresario. Hay pasajes del primer capítulo que tranquilamente podrían acabar proyectados en las conferencias de algún coach sacaperras que quiera mostrar cómo debe comportarse un empresario astuto y ambicioso.

La otra pega que se le puede poner a «El Pionero» es su inexplicable estructura temporal. De acuerdo que la narración lineal pudiera resultar monótona y previsible, pero esta sucesión inconexa de temas hace complicado formarse una idea general de la trama. Pese a la dispersión con la que está narrada, la historia de Gil es vibrante y el documentalista consigue una crónica convincente del delirio megalomaníaco de un empresario y del entusiasmo con el que muchos recibieron sus desatinos. Porque lo decisivo de esta historia no es que Gil haya creado Marbella, sino que España haya creado a Gil.

En este punto la historia de «El Pionero» engarza a la perfección con el malestar contemporáneo relativo al apogeo del populismo autoritario y la emergencia de líderes mesiánicos. El manifiesto ideológico más certero de estos movimientos lo formuló Gil una noche electoral desde el balcón del ayuntamiento de Marbella: «Vamos a solucionar todos los problemas de España se pongan como se pongan». Viendo a Gil camelarse a los marbellíes pintándoles un futuro de abundancia es inevitable sentir que el mundo ha ido a peor estos años: antes los populistas se atrevían a prometer que todos nos haríamos ricos y ahora ni siquiera pueden garantizar que no acabaremos pobres.