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MasterChef 7 El declive de MasterChef, un programa pasado de moda

El fetichismo de receta y el voyeurismo de cocinitas ya son vicios olvidados

El chef Dabid Muñoz durante la primera prueba de la final de «MasterChef»
El chef Dabid Muñoz durante la primera prueba de la final de «MasterChef» - TVE
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Esta última final de «MasterChef» ha sido la primera en la época de declive del programa. Siete temporadas aburren a cualquiera, y más todavía si metes a calzador otras tantas de la modalidad «Celebrity» y «Junior». El fetichismo de receta y el voyeurismo de cocinitas son ya vicios pasados de moda, inocentes pecadillos de juventud que los espectadores recuerdan con cariño pero sin nostalgia.

De algún modo, para bien o para mal, el público espera de un programa en prime time malicia y una cierta incorrección. Y a este respecto las riñas de ayudantes de cocina por un pimiento o un pelador de patatas poco pueden hacer contra, por ejemplo, los accesos de furia arrabalera de Dakota en «Supervivientes». Al lado del muladar de Telecinco «MasterChef» se nos antoja un cándido jardín de infancia donde Manuela Carmena podría pasar una feliz jubilación perfeccionando su técnica magdalenística.

Para una ocasión tan señera («el principio del fin», como lo llamarían en una película mala), «MasterChef» no podía dejar de contar con los máximos exponentes patrios de la gastronomía de diseño y cuenta con tres ceros. Dabiz Muñoz, el chef mohicano, apadrinó a los finalistas en la primera prueba de la noche y les puso a seguir el único camino que puede volverlos millonarios trabajando en una cocina: imitarle a él. A alguno de los finalistas ya le costó lo suyo recordar el nombre del plato -salmonete asado a la brasa con emulsión de galanga- como para ser capaz de seguirle el ritmo en el cocinado.

Con un peinado bastante más discreto y un nombre sin exotismos léxicos (¡Dabid con «b»!) compareció el cocinero alicantino Quique Dacosta para dirigir el segundo cocinad0. El resultado lo disfrutaron los antiguos alumnos de la academia «MasterChef», que se sentaron a la mesa del comedor con aires de gastrónomos fetén para valorar cada mínimo detalle del plato que les pusieron delante.

Como habrá comprobado cualquiera que haya visto alguna vez el programa, se sabe a qué hora empieza «MasterChef» pero no cuando termina. El programa va demorándose inutilmente hasta perder todo su interés y volverse soporífero: me apostaría una mano a que más de la mitad de los espectadores que empezaron a ver la final se fueron a dormir sin saber quién era el ganador y, lo que es peor, sin que les importase lo más mínimo.