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First Dates «First Dates» y el desencanto

¿Qué hacen nuestros investigadores que no están pegados a la tele lápiz en mano comiéndose de una sentada los setecientos y pico episodios del programa de Sobera?

Dos comensales de «First Dates» justo antes del desencanto
Dos comensales de «First Dates» justo antes del desencanto - CUATRO
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La verdad al desnudo resulta decepcionante con demasiada frecuencia. La aplicación de rigurosos procedimientos científicos a según qué asuntos puede disgustar a más de un ingenuo. Nadie se preocupa demasiado por los entomólogos y sus investigaciones sobre el sistema digestivo de las mariposas (que no se conforman con revolotear en el estómago ajeno y tienen el suyo propio), pero genera recelos que unos tipos de bata blanca se inmiscuyan en lo que tenemos por mágico, sagrado o extraordinario: el amor, la religión o el altruismo. Sentimos un pavor de resabio distópico cuando sospechamos que nuestras emociones o deseos más profundos podrían resultar tan predecibles y ordenados como el estómago de las mariposas. Oímos «ciencia de la conducta» y nos llevamos la mano a «Un mundo feliz».

A esto lo llamó Max Weber el desencantamiento del mundo («no existen en torno a nuestra vida poderes ocultos o imprevisibles, todo puede ser dominado mediante el cálculo y la previsión»), y es el efecto ineludible de la acumulación de datos sobre nuestro comportamiento. Aquí un automatismo nos vuelve la mirada hacia internet, pero la televisión más quincallera lleva décadas generando una información que los científicos sociales pasan por alto.

Hace más de dos años que «First Dates» se emite cinco noches a la semana, y cada una de esas noches se sientan a cenar media docena de parejas de completos desconocidos. ¿Y qué hacen nuestros investigadores que no están pegados a la tele del departamento, lápiz en mano, comiéndose de una sentada los setecientos y pico episodios del programa de Sobera? Tras varias noches en vela podría salir de ahí un detallado archivo de frases y situaciones que se repiten el X% de las veces si se da la condición Y, tablas de gráficos que relacionen el volumen de ingresos y el éxito amoroso y otras tantas variables que, sospecho, nos harían un retrato poco favorecedor. Pero de momento nuestros investigadores no tienen tele en el departamento.

Nos gusta vernos como individuos únicos, singulares e irrepetibles, y nos gusta vernos así sobre todo cuando estamos sentados a una mesa para tener una cita con un desconocido ante las cámaras de televisión. Sería deprimente ver toda la originalidad de uno reducida a un punto entre miles en un eje de abscisas; tenernos por irresistibles galanes y cortejadores llenos de encanto para descubrir que otros 573 han dicho y hecho antes lo mismo en idénticas circunstancias. Al final va a ser verdad que todo está inventado, y esto pica mucho entre los que se creen que el mundo nació con ellos.

Las obras completas de «First Dates», vistas del tirón, pueden ocasionarle al espectador sensible un trauma tan profundo como el que experimentó la humanidad al descubrir que la tierra no es el centro del universo y que el hombre desciende del mono. Cuando se llevan diez o doce episodios aparece una sensación de déjà vu que no hace sino cronificarse conforme se suceden los solteros y las citas. A las 700 horas el espectador corre el riesgo de volverse un cínico sin remedio en asuntos amorosos, desencantado a fuerza de comprobar la trivialidad y el mecanicismo que gobiernan nuestras relaciones. Seguro que Max Weber jamás imaginó que harían un reality basado en sus libros.