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«Stranger Things», regreso a un Hawkins más oscuro y viscoso

La tercera temporada de la serie ya está disponible en Netflix

Stranger Things
Stranger Things - NETFLIX
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En un pueblo perdido de Indiana suceden cosas extrañas. Hay experimentos secretos, las ratas se comportan raro y las abuelas comen fertilizante. Hasta hay un centro comercial con multicines, y un portal a una dimensión alternativa de la que salen monstruos grotescos. Si Doc y Marty McFly regresaron en un Delorean al futuro, los hermanos Duffer viajan a un pasado que muchos no conocen pero añoran, y a golpe de nostalgia, hacen que pasen en Hawkins cosas extrañas, tanto como las muecas de una resucitada para la ocasión Winona Ryder. «En los ochenta había una desconexión a la que ahora no tenemos acceso. No se usaba el móvil, pero sí el walkie-talkie; no estaban todo el rato informándose en Google ni pegados a las redes sociales. Era posible disfrutar de la maravilla de entregarse al misterio y la aventura», reflexiona Natalia Dyer, Nancy en «Stranger Things», sobre unos recuerdos que, por edad, no pudo vivir.

Gracias a la serie de Netflix, que estrenó el jueves su tercera temporada, Hawkins se ha convertido en el lugar ideal para que los rusos, en plena Guerra Fría, construyan un túnel inmenso en el subsuelo. Y, de paso, se cobren su venganza con los americanos al ser, esta vez sí, los primeros. Quién quiere pisar la Luna cuando existe un Mundo del Revés con una criatura capaz de conquistar al socorrista más guapo de la piscina pero también de separar a la pandilla protagonista, más preocupada en lidiar con el monstruo de la adolescencia que en enfrentarse a Demogorgons o Azotamentes. «No vi a David Harbour más de dos veces en todo el rodaje», cuenta Joe Keery, Steve “Pelazo” Harrington en la ficción, uno de los personajes que más ha evolucionado en «Stranger Things», de chico popular que solo quiere recuperar a su novia a «hermano mayor» de Dustin.

En las dos temporadas pasadas el reparto nunca estuvo tan disperso, ni tuvo que hacer frente a tantas amenazas a la vez. «Al estar las tramas divididas por grupos, no sabes qué sucede hasta que lo ves luego, como un espectador más. Nosotros no sabíamos qué les ocurría al resto de personajes hasta que vimos después la serie», explica Finn Wolfhard, que da vida a Mike, un personaje que, sin el tesoro de los Goonies ni las vías del tren de Gordi, Lachance y demás, lidera a la pandilla protagonista a base de poderes y bicicletas.

Tras el bajón de calidad de la segunda temporada, la serie de Netflix se tomó dos años de descanso y este verano vuelve, por fin, con más frescura, más acción y más oscura. Repite la fórmula, pero crece, como sus protagonistas, que ya poco tienen que ver con aquellos niños que jugaban a Dragones y Mazmorras en el sótano y no se preocupaban por las chicas, «una especie» más misteriosa que peligrosas masas viscosas. «Me encanta interpretar a alguien de mi edad, que evoluciona conmigo, aunque, como actor, de alguna manera siento que siempre seré un adolescente eterno», asegura Wolfhard, que en esta tanda de ocho episodios se enfrentará también al monstruo del amor… y a las rupturas. «Cuando rodamos, el monstruo es un palo con una pelota de playa. Es muy divertido, porque en realidad nuestro lenguaje corporal tiene que mostrar que pasamos miedo cuando en realidad estamos muertos de risa», reconoce sobre una de las amenazas de la tercera entrega de “Stranger Things”.

Crecer siendo famoso

En su regreso al pasado, todo ha cambiado en ese pueblo perdido de Indiana, y también en la vida de esos casi desconocidos que se pusieron pantalones cortos de época y se subieron a una bicicleta, tirachinas en mano. A Lucas (Caleb McLaughlin) le ha salido barba, Dustin (Gaten Matarazzo) ya tiene dientes y Mike (Wolfhard), después de pasarse toda la temporada besando a Once (Millie Bobby Brown), le ha cogido el gusto a los monstruos y a los ochenta, y tiene pendiente la segunda parte de «It», con su Pennywise. A golpe de mando, y de merchandising, el reparto se ha convertido en una suerte de prematuras estrellas. «Todo ha cambiado, pero las cosas importantes siguen siendo las mismas, como los amigos», reconoce Wolfhard. «Y los paseos del perro y la comida precocinada», bromea Keery. «Al principio pensábamos: “¡No dejéis que seamos los primeros que no tienen segunda temporada en Netflix!" Y de repente este éxito, pasar de ser anónimos a que te reconozcan por la calle. A veces es difícil, porque cuando grabas sabes que estás trabajando, pero cuando te paran al salir del gimnasio…», admite Dyer.

En esta nueva entrega, idónea para un maratón veraniego de ocho horas, hay miles de guiños nostálgicos a la cultura pop de la época y la nariz de Once sigue sangrando, pero cambia ligeramente la dinámica. Terminator, de pronto, es comunista, los chicos se distancian y se dividen las tramas, con diferentes líneas de investigación que encajan como un puzzle al final. Más adulta que cuando empezó, la ficción aprende de los nuevos tiempos, a pesar de estar ambientada en el pasado. «Es una gran temporada para las mujeres en general. Para mi personaje, pero también para el de mi madre, y esa bonita amistad de chicas entre Once y Max”, reivindica Dyer, que sufre en carne propia el ostracismo al que la relegan en su trabajo los hombres hasta que demuestra que está en lo cierto.

¿Cuarta temporada?

La actriz, que no ve a su Nancy yendo a la universidad después de lo que ha vivido, confiesa que siempre intenta sacarles información a los Duffer. «Ross es más calmado, aunque creo que es el mayor; Matt es más abierto. Más impulsivo. Es el que intento que me cuente cosas de la siguiente temporada», dice sobre los mellizos creadores de la serie. ¿Pero habrá cuarta temporada? Si bien no hay confirmación oficial por parte de Netflix, el equipo creativo lo da por hecho, y el final de estas ocho horas de la tercera anticipan que así será. «A veces los Duffer bromean con lo que va a pasar, pero nunca se sabe», se ríe Dyer.

Tres años después del estreno de «Stranger Things», la cosa de John Carpenter resucita más grotesca y viscosa, las hormonas se revolucionan y los besos interesan más que los juegos de rol. Sigue habiendo monstruos, los de mentira y los reales, y los ochenta siguen siendo los ochenta, esa época en la que todos viven una aventura y suceden cosas extrañas en Hawkins.