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Juego de Tronos 8x06 Daenerys Targaryen, la rompedora de cadenas de «Juego de Tronos»... que dejó de serlo

Las ansias de poder del personaje de Emilia Clarke terminaron por condenarla en su lucha por alcanzar el Trono de Hierro

Final Juego de Tronos: todas las claves 8x06

Imagen de Daenerys Targaryen (Emilia Clarke), en la primera temporada y en esta última de «Juego de Tronos»
Imagen de Daenerys Targaryen (Emilia Clarke), en la primera temporada y en esta última de «Juego de Tronos» - HBO | Montaje: ABC Play Series
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[¡Alerta! ¡Este texto contiene «spoilers» sobre la octava temporada de «Juego de Tronos»! ¡Lea bajo su propia responsabilidad!]

Las cosas nunca han sido sencillas para Daenerys Targaryen. La joven se presuponía como la gran heroína de «Juego de Tronos» desde el nacimiento de la exitosa serie de HBO hace ahora ocho años. Pero ya se sabe que en Poniente nada es lo que parece y la «khaleesi», irremediablemente y aunque muchos no lo viesen venir, se destapó como la gran villana de la ficción en su tramo final. Hasta que llegó Jon Nieve, su sobrino y amante, que de una estocada en el corazón acabó son el gobierno más efímero de la historia de los Siete Reinos.

Y es que tras su larga odisea buscando el Trono de Hierro, la protagonista de «Juego de Tronos» se ahogó muy poco antes de llegar a la orilla. La crueldad de Cersei Lannister, la inesperada (y dañina) amenaza de Jon Nieve (o mejor dicho, Aegon Targaryen Jr.) y la extenuante amenaza de los Caminantes Blancos terminaron por desatar la ira desmedida de un personaje, el interpretado por Emilia Clarke, que nunca se caracterizó por tener mucha paciencia y que, por librar una guerra que no entendía como suya, perdió a su mejor amiga (Missandei), a su más leal consejero (Jorah Mormont), al líder de sus dothrakis (Qhono), a la mayoría de su incontable ejército y a dos de sus tres «hijos», los dragones Rhaegar y Viserion.

Acontecimientos que desembocaron en el giro de Daenerys hacia la maldad más absoluta. Un movimiento que, aunque precipitado, la serie llevaba anticipando desde la primera temporada, cuando la «khaleesi» disfrutó cuando su entonces marido, Khal Drogo, abrasó vivo a su hermano Viserys. «No era un dragón», sentenció con sorna, ante el cuerpo inerte del penúltimo Targaryen que quedaba vivo. Poco después, Drogo murió víctima de una maldición y Dany decidió adentrarse con sus tres huevos de dragón en las llamas de la pira en la que fue incinerado. Sobrevivió y fue allí donde nacieron sus tres «hijos», pero al entrar en el fuego volvió a dar muestras de que su estado mental no era el óptimo. ¿O acaso han visto alguna vez que alguien, en su sano juicio, se arriesgue a quemarse vivo por voluntad propia?

Un giro que viene de lejos

Uno de los dichos más populares del refranero español, sabio e inabarcable, esgrime que «es más fácil ver la mota en el ojo ajeno que la viga en el propio». Aplicado a «Juego de Tronos», su significado está más que claro. Los espectadores han visto a Daenerys cometer atrocidades de todo tipo a lo largo y ancho de Poniente y Essos, aunque los consideraban como gajes del oficio de un personaje que parecía destinado a reinar por decreto. Desoyó al sabio Ser Barristan en Meereen cuando le aconsejó no crucificar a los amos de la ciudad y ejecutó incluso a aquellos que estaban en contra de la esclavitud; calcinó vivos a Khal Moro y el resto de líderes dothrakis sin ninguna compasión (y volvió a adentrarse en el fuego, una vez más); alimentó a sus dragones con varios líderes de los Hijos de la Arpía al considerarles culpables del asesinato de Ser Barristan, sin saber siquiera si lo fueron; y quemó vivos a Randyll y Dickon Tarly, padre y hermano de Sam, cuando no quisieron unirse a su ejército, pese a los consejos de su «mano» Tyrion Lannister de que no lo hiciera. Es el último, de hecho, quien convence a Jon para que acabe con su tía en el 8x06. «A veces, el deber es la muerte del amor», le dice, en base a lo que el futuro parece depararle a Dany.

Daenerys, a lomos de Drogon, a punto de masacrar Desembarco del Rey
Daenerys, a lomos de Drogon, a punto de masacrar Desembarco del Rey - HBO

Volviendo a los ataques perpetrados por la «khaleesi» y sus tropas, estos pueden justificarse en la vileza propia de los enemigos de Daenerys, pero ya daban muestras de las crueldades que la joven era capaz de llevar a cabo. Brutalidades que parecían consumarse en la mirada de Dany cuando Missandei fue decapitada por «La Montaña» Clegane por orden de la maquiavélica Cersei, segundos antes de que la traductora pronunciase sus últimas palabras. O mejor dicho, palabra: «¡Dracarys!», con una connotación clara: «¡Quémalos a todos!». Y Daenerys obedeció, claro. Porque siempre que se ha controlado o ha hecho caso de las sugerencias más moderadas de sus asesores, ha terminado entre lágrimas.

Cuestionada por Tyrion, traicionada por Lord Varys, discutida por Jon Nieve y Ser Davos y rechazada por el Norte y los Stark (en especial por Sansa), Dany decide dar rienda suelta a su lado más oculto (y oscuro) para demostrar que a monstruosidad no le gana nadie. Ni siquiera Cersei, que experimenta auténtico miedo (casi) por primera vez en toda la serie mientras observa impasible desde la Fortaleza Roja. A lomos de Drogon, la otrora Rompedora de Cadenas se deja llevar por sus instintos más profundos y, a pesar de la rendición de Desembarco del Rey, capital de los Siete Reinos, decide calcinar la ciudad y, de paso, las vidas de cientos de miles de inocentes. Ya lo anticipó la serie al final de la segunda temporada, cuando la joven tuvo una visión en la Casa de los Eternos de Qarth en la que se veía frente a un Trono de Hierro que parecía plagado de nieve... pero que realmente, estaba sumido en cenizas. Entonces, no llegó a sentarse en él. Ahora, tampoco lo ha hecho.

Odio, destrucción... y tiranía

Porque, a golpe de fuego y sangre, Daenerys Targaryen se convirtió en la Reina de las Cenizas. Sin Jorah ni Missandei para que «controlasen» su ira, las ansias de poder de la joven se dispararon y lo que es peor, las compartía Gusano Gris, el único de sus vasallos incondicionales que le quedaban vivos (más allá de Daario Naharis, que como diría José Mota, «andandará»). Mientras masacraba Desembarco y lo calcinaba todo a su paso, la imagen de la «khaleesi», odio y rabia mediante, demostró ser más propia de una asesina despiadada que de la salvadora que parecía ser. Muerte, genocidio, destrucción y un deseo incontrolable de exterminio, como el que tenía su padre, Aegon II Targaryen, más conocido como el Rey Loco.

Ya lo afirma la letra de un mítico cántico de la hinchada de River Plate, icónico equipo de fútbol de Argentina. «Solo entiende mi locura quien comparte mi pasión». Anhelos irrefrenables por llegar a un destino, el Trono de Hierro, que han destrozado todo atisbo de moralidad y humanidad de un personaje que, como sucedió con Aegon, siempre quiso gobernar por encima de todo, incluso de su pueblo. De la liberadora y Rompedora de Cadenas que, con el poder a un palmo de distancia, se convirtió en esa tirana temible que nunca quiso ser. En la déspota dirigente que parecía destinada a gobernar a base de sangre y fuego, y a la que solo Jon, en un giro de lo más (in)esperado, consiguió detener. «Siempre serás mi Reina», le dice, antes de cumplir con el cometido de Tyrion y apuñalarla en el corazón, ante el desconsolado llanto de Drogon.