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El arte del final perfecto o la búsqueda del unicornio

Varios guionistas españoles analizan las dificultades de cerrar bien una serie de éxito

Dos de los entrevistados, Javier Olivares e Iván Escobar, trabajaron en «Los Serrano»
Dos de los entrevistados, Javier Olivares e Iván Escobar, trabajaron en «Los Serrano»
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Algo se muere en el alma cuando una serie se va. Si además lo hace por la puerta falsa, a juicio de los seguidores, puede que quieran matar a los guionistas o, lo que es casi peor, obligarles a reescribir la última temporada. Más de un millón y medio de personas han pedido de forma oficial que se ejecute el disparate en «Juego de tronos». Cuando leyó la noticia, Héctor Lozano («Merlí») no pudo reprimir la risa: «Es como pedirle al Barça que vuelva a jugar la Champions. Las series y películas pueden gustar o no, pero plantearse seriamente que se reescriban a gusto del consumidor es ingenuo». «Que lo escriban ellos», añade Joaquín Oristrell («Todos los hombres sois iguales»).

Varios guionistas de renombre explican en las próximas líneas lo difícil que es encontrar el final perfecto, algo parecido a capturar un unicornio. No hay recetas universales. Para empezar, ¿hay que conocer el final cuando se ponen a escribir?

A Aitor Gabilondo («El Príncipe», «Vivir sin permiso», «Patria») le gusta planear cómo termina la historia que empieza a escribir, «aunque puede que no acabe en ese punto o no se renueve». «Intento al menos saber cómo va a acabar el protagonista. Me ayuda a construir lo que va en medio», dice. Javier Olivares («Isabel», integrante del equipo de Mediapro Studio) también procura tener el final pensado, «como si fuera una novela, con todo escaletado y un arco definido». Héctor Lozano («Ventdelplà», «Sapere aude») desvela que antes de rodar la primera temporada de «Merlí» ya tenía claro el final: «Nunca tuve otro alternativo, ni me lo planteé». Con «Sapere aude» también conoce el final. «Como escritor me va bien saber adónde voy. Lo importante es encontrar el mejor camino».

Oristrell lo tiene más difícil con «Cuéntame cómo pasó» porque nadie sabe cuánto durará: «Tenemos un final pensado para cada temporada e intentamos que sea un buen cierre si luego no sigue». ¿El definitivo? «No lo sé... yo me iré antes». En todo caso, cita a los clásicos: «Chicho siempre decía que había que empezar por pensar bien el final». Instalado en el otro «bando» está Natxo López (de «7 vidas» a «Caronte» y «Perdida», dos de sus próximos títulos): «Como mucho, uno se plantea cuál puede ser el final de la primera temporada, siempre con la coletilla de “si va bien, ya pensaremos en la segunda”. Decidir de antemano de algo que no sabes cuánto va a durar y hacia dónde se dirige te ata como narrador».

Dificultad filosófica

El propio López reflexiona sobre la imposibilidad metafísica del asunto: «Exceptuando las autoconclusivas (miniseries o sucesos reales), las series se crearon para enganchar al espectador, que quiera seguir pendiente de la vida de esos personajes. Ahí reside una de las mayores dificultades: ofrecer siempre algo nuevo (a través de la trama), pero sin que cambie la esencia que hizo que se enganchara (los personajes).

Lozano añade otro argumento convincente (es lo suyo): «Cuando esos personajes acompañan al espectador durante largas temporadas, el simple hecho de acabar ya le molesta, se siente despechado. Luego, cualquier final decepciona. Tiene un punto infantil de sentimiento de abandono».

Olivares apunta que «intentar satisfacer a todos no solo es imposible, sino también malo. Es una obra de un autor y la responsabilidad narrativa es suya. No existe la democracia ni el change.org en ese tema. No hay nada peor que escribir con el cerebro de otro. Y aún peor con miles de cerebros. Gran parte del público masivo nunca quiere que le hagan sufrir. Ni a él ni a sus personajes preferidos».

Gabilondo confiesa que en «El Príncipe» no quería matar a Fátima. «Me resistía, pero era lo que había que hacer, lo coherente. No puedes contentar a todo el mundo. A mí las redes no me suelen influir mucho. Luego está eso de que los finales felices son malos siempre».

Varios expertos citan el caso de «Los Serrano» para exponer las trabas del oficio. Por alusiones, Olivares cuenta que fue «muy feliz» cuando su hermano Pablo estaba al mando de la producción ejecutiva. «Estoy orgulloso de haber estado en ella. Luego, entró en un tono impropio y fuimos muchos los que nos fuimos. Es una pena que una serie que ha marcado historia sea recordada por ese final», añade. Iván Escobar («Vis a vis»), quien también trabajó en aquella serie, «que marcó hitos en su audiencia y en el concepto de comedia familiar en España», también lo considera «injusto», sobre todo porque «no se puede evaluar una serie por dos secuencias finales… ¿O sí?». Desde fuera, Natxo López agrega que «hoy en día, por suerte, cada vez prevalece más la opinión de los guionistas creadores, aunque en última instancia los que mandan son los que compran».

Presiones

Lozano, que tampoco cree justo «juzgar toda una serie solo por el último capítulo», sostiene que la libertad creativa que él tuvo «fue una de las claves del éxito» de «Merlí». «No tengo redes, pero sé que por Twitter nos ponen a parir», cuenta Oristrell. «No puedes moverte por lo que tuitea la gente, primero porque no todo el mundo lo hace. Tienen todo el derecho, pero la historia debe seguir su curso».

A Olivares sus seguidores siempre le presionan «para que haya más relaciones amorosas y para cerrar tramas de manera tradicional, algo que no haré nunca». Lo primero solo me interesa si genera historia y no culebrón y si las tramas de nuestras vidas no se cierran, ¿por qué cerrar las de las series?». López resume la «solución»: «Nuestro trabajo no es darle al espectador lo que quiere, sino conseguir que lo quiera».

En resumen: ¿cómo se escribe el final perfecto? «Mi final preferido de serie es el de «A dos metros bajo tierra», responde Lozano, quien lo define como «emotivo, sorprendente y coherente». «Tiene que ser inevitable e inesperado», aporta Gabilondo. «El secreto es ser honesto con el espíritu de la creación primitiva. No traicionar», añade Oristrell. «Que los personajes no se traicionan a sí mismos por generar un efectismo de final en alto», matiza Olivares, mientras que López incluye en la receta una mezcla precisa de «audacia y conservadurismo», con el ingrediente básico de la «naturalidad».

«Tiene que tener lógica, inversión de expectativas, verdad, sorpresa, emoción, poesía… Si todo esto lo metiésemos en un guión podría resultar el final más fantástico de la historia o un truño insoportable. Por eso la ficción es tan apasionante. Porque nadie sabe nada», sentencia Escobar