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Vivir sin subtítulos

«Vivir sin permiso» se presenta como el «Fariña» de Mediaset y ofrece el atractivo de ver a José Coronado en uno de esos papeles ya característicos

Vivir sin permiso
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“Vivir sin permiso” se presenta como el “Fariña” de Mediaset y ofrece el atractivo de ver a José Coronado en uno de esos papeles ya característicos. Santos Trinidad es ahora Nemo Bandeira, un industrial conservero y capo de la droga al que le diagnostican alzheimer.

Nemo Bandeira perpetúa el tono maduro, seductor y un poco execrable del Coronado anunciante de apuestas. Pero ya solo el nombre es inolvidable. Nemo. No por nada viste un terno de marinero, aunque no tiene acento gallego. Nadie tiene acento gallego salvo algunos secundarios. En la serie hay un generalizado problema de vocalización en los actores más jóvenes que hace deseable unos subtítulos.

Nemo es el rey de Oeste, un Macondo gallego ideado por Manuel Rivas. La corrupción humana y política se da por aceptada y entendida desde el minuto inicial.

Nemo, capo y cacique, lo controla todo y las relaciones son intrincadas. Él y el antiguo comisario tienen sendos primogénitos que son pareja. Quién sabe si por ello, el policía se ha dado al alcoholismo. Carlos Hipólito, el mejor actor de la serie, fallece tristemente en el primer episodio.

El hijo de Nemo, Carlos, es interpretado por Àlex Monner en un papel que recuerda un poco a los Javis. Viene del futuro cargado de un desconcertante potencial. Los hijos del capo galego tienen acento catalán y Carlos, además, lo tiene excepcionalmente raro. Por si fuera poco, deja las dos manos tontas afectando drogadicción o no sé sabe muy bien qué, lo que recuerda de manera absurda y un poco abusiva al hijo de Walter White en Breaking Bad. El efecto de todo ese aparato gestual tiene sin embargo algo hipnótico.

Por detrás de la intemporal apostura de Coronado, Álex González y Unax Ugalde sostienen un duelo de guapos y de maxilares. No tanto interpretativo. A González se le entiende con dificultad aunque hay que reconocer que es un actor que reactualiza la elegancia masculina en traje chaqueta con sus maneras enjutas y su perfil de ánfora del Peloponeso.

Así las cosas, el tipismo de la serie ha de concentrarlo casi por completo el muy efectivo Luis Zahera, que hace de sicario de Nemo. Es regional y sádico en proporciones variables y un poco juguetonas.

Ante la evidencia de la enfermedad terminal, Bandeira ha de pensar en la sucesión y eso descubre un bonito culebrón en el que es casi seguro que dos hermanos acaben en la cama (se cierne la sospecha creciente de que todos en Oeste son hijos de Coronado); ha de pensar en el examen de conciencia (y eso abre un interesante ejercicio moral que desplegará las inmensas posibilidades expresivas de las dos cejas de Coronado); y ha de pensar también en las nuevas amenazas que se ciernen sobre su negocio: una banda rival (con el injerto de un colombiano al que por supuesto también habrá que intuirle los “hijueputas”), los problemas urgentes de tesorería, un nuevo juez insobornable y hasta un reportero freelance (casi podemos imaginar su identidad), todo lo cual presagia un entretenido thriller.

La serie no tiene la ambientación de Fariña y parece tender más bien hacia “El Príncipe”, “Sin Tetas” o incluso “Gran Reserva”, y algunos actores caen con facilidad en la tentación del estereotipo intenso, pero el guión presenta en tiempo récord una trama muy prometedora. Lo malo es que un porcentaje de sus diálogos resultará ininteligible por la misteriosa dicción de parte del reparto.