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Crítica

«The OA»: el don sobrenatural de provocar y polarizar

La serie de Netflix, cuya segunda parte se estrenó el pasado marzo, se atreve a voltear dos de los géneros más fructíferos de la plataforma: la ciencia ficción y el adolescente

Su radical propuesta despertó, desde su estreno a finales de 2016, una gran división entre sus espectadores: o la amas o la odias; o te crees su relato o desconfías de él

Brit Marling, en una escena de la primera temporada de «The OA»
Brit Marling, en una escena de la primera temporada de «The OA» - Myles Aronowitz/Netflix
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«La memoria es invadida constantemente por la imaginación y el ensueño, y puesto que existe la tentación de creer en la realidad de lo imaginario acabamos por hacer una verdad de nuestra mentira. Lo cual, por otra parte, no tiene sino una importancia relativa, ya que tan vital y personal es la una como la otra».

Esta reflexión del cineasta Luis Buñuel (o digresión, como él mismo se reprocha) en su autobiografía «Mi último suspiro» sirve en bandeja hablar de una serie como «The OA» (2016-), abonada a dos tendencias; la primera es el cóctel sobrenatural/ciencia ficción/adolescente que tanto agita Netflix con resultados dispares como el fenómeno «Stranger Things», la fallida «The Innocents» y la recién estrenada «The Society». La segunda tendencia es el combo Zal Batmanglij+Brit Marling, autores de dos títulos cinematográficos tan polémicos como «Sound of my voice» (2011) y «The East» (2013). Si en sendas ocasiones, la pareja creativa dividió a crítica y público; con «The OA» cumple a rajatabla el «no hay dos sin tres».

En un contexto actual sobre el que cierne la paranoia de los spoilers –échenle la culpa a «Juego de Tronos» y la factoría Marvel–, hablar de «The OA» se antoja difícil sin destripar sus trampas; más aún cuando su premisa es dinamitada desde el segundo episodio; o más bien desde el tremebundo flashback que rompe el primer episodio durante su último tercio. Así que ahí van algunos detalles de la trama: Marling (una suerte de musa indie de la ciencia ficción gracias a otros títulos como «Otra tierra»), además de cocreadora, es la protagonista de la serie. Su Prairie Johnson es una joven que regresa del mundo de los desaparecidos. Y aquí reside la primera capa de «The OA», similar a lo que planteó la más terrenal «Rectify» o la francesa «Les Revenants»: es la historia de cómo su regreso impacta en su reducida familia –los veteranos Scott Wilson y Alice Krige como padres adoptivos– y a su también minúsculo pueblo. Y aquí es donde se superpone rápidamente la segunda capa: la protagonista encontrará en una suerte de «club de los cinco» (arquetipos actualizados con cuota LGBT+ y racial) una vía de escape a su memoria/imaginación/sueño.

Será entonces cuando Prairie les relate por fascículos toda su odisea desde que desapareció hasta que regresó. Los ocho episodios de la primera temporada son básicamente dos líneas argumentales que, pasada la sorpresa inicial, se intuye confluirán en algún momento. Qué le pasó a la protagonista durante todos sus años de ausencia y qué quiere de estos jóvenes corrompidos son los grandes misterios de la primera tanda, siempre poniendo en duda si el relato de esta mesías es verdad o una sarta de mentiras. Dicha incertidumbre, sin embargo, se queda a medio gas en comparación con la excelente «The Leftovers» (2014-17), de HBO, que casi nunca se atrevió a confirmar las patrañas fantásticas a las que sus personajes se agarraban después de que el 2% de la población mundial se esfumara.

Y (ojo, aquí viene el destripe), en tercera instancia, es también la historia de un secuestro y la relación de las víctimas con su raptor, interpretado por Jason Isaacs, protagonista casualmente de «Awake» (2012), malograda serie de NBC que se acerca temáticamente a «The OA».

Segundas partes buenas

Hablar de la segunda temporada, de también ocho episodios estrenados el pasado 22 de marzo, se antoja aún más difícil. Basta con apuntar que, tras el discutible final de la primera parte (se empleó un manoseado recurso dramático, muy sensible con la sociedad estadounidense), sus guionistas desechan algunas capas para incorporar otras, como el thriller. Y todo ello con el inesperado paseíto de estrellas del cine y la televisión de antes y ahora. Aquellos que compraran el desenlace de la primera tanda, disfrutarán aún más con la segunda, repleta de digresiones que, en vez de restar, potencian el carácter laberíntico de la trama y la psicología de sus personajes.

Visualmente irreprochable, la historia exige un acto de fe y suspender toda incredulidad. Los momentos sublimes se intercalan con otros ridículos sin saber muy bien diferenciarlos, como el famoso baile de «los cinco movimientos», uno de los «termómetros» del aguante del espectador; el otro es la hora y pico que suele durar cada capítulo. Aún así, logra lo inusual en estos tiempos de sobreproducción audiovisual: provocar.

Netflix todavía no ha anunciado su renovación o cancelación. En una entrevista con «IndieWire», Jason Isaacs habló del plan de los creadores de la serie: cinco temporadas. La segunda parte se despide con un final muy abierto, giro de guion inclusive. A pesar de todo, desde estas líneas se anima a ver (o devorar) los 16 episodios.