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Premios Emmy 2019 Por qué el decepcionante final de Juego de Tronos no merece arrasar en los Emmy

Su victoria en los Emmy no solo sentaría un infame precedente, el de romper en trizas el trabajo bien hecho, sino que desvirtuaría ficciones más coherentes. Para reconocer la trayectoria y los logros concretos ya pasados, que inventen un premio honorífico

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Parte como favorita para los Emmy 2019 y sus 32 candidaturas no hacen más que ratificar su privilegiada posición de cara a la madrugada de este domingo. Sin embargo, la última temporada de Juego de Tronos no merece coronarse como el mejor drama del año, un galardón que únicamente serviría como alegoría para reconocer la serie de HBO en su conjunto, como fenómeno global, sin duda una de las mejores ficciones de todos los tiempos... con un desenlace más que cuestionable.

Juego de Tronos es la ficción más laureada de la historia de los Emmy, y no sería de extrañar que la Academia premiase por cuarta vez a la serie fantástica como la mejor del año. Lejos está de serlo, si bien es cierto que para lograr el reconocimiento, inmerecido, los conservadores directivos de otras cadenas le han allanado el camino.

La competencia, por miedo al fuego de dragón o quizás a la volátil y repentina tiranía de Daenerys Targaryen, es prácticamente inexistente en la categoría de drama, con convincentes rivales como «Stranger Things» y «Big Little Lies» fuera de juego por haber sido estrenadas fuera de la fecha límite. Si acaso «Succession», seria candidata a arrebatarle el Trono de Hierro a la ficción de HBO, pueda revocar su condición de favorita. Si los dramas familiares no pueden con su músculo, prepárense para el fuego valyrio.

Sobran los motivos para reconocer los méritos de una ficción que se atrevió a hacer cosas que ninguna otra había hecho antes. Bajo el sello HBO, a la serie no le tembló el pulso cuando tuvo que prescindir de sus protagonistas, a los que pasó por la guadaña y privó de jaranas medievales a lo largo y ancho de los Siete Reinos. Pero subvertir una de las reglas sagradas de cualquier relato no basta para salvar el trazo grueso de la octava y última temporada, sin duda a la sombra de las anteriores entregas. A nivel técnico, ninguna de sus rivales en los Emmy parecen siquiera aspirantes a levantarle el título a Juego de Tronos, si bien es cierto que hasta en una de sus mejores habilidades la serie de HBO ha perdido eficacia. Capítulos a oscuras, licencias injustificables y hasta gazapos publicitarios en episodios importantes. Imperdonable, pero sobre todo incomprensible bajada de nivel.

Sin el amparo de George R.R. Martin, que permitió el sorpasso a su propia criatura y dejó «casualmente» de lado la novela-océano, Juego de Tronos perdió el rumbo y cambió a su guía, adaptando las tramas a las peticiones populares. Se subastó el destino de los protagonistas al mejor postor, y estos pervitieron su devenir con descabelladas subtramas.

El final, lejos de complacer a todos, fue indulgente con los que más rápido se conformaban. Como expliqué en la crítica de la última temporada de Juego de Tronos, el enano ha cambiado los burdeles por el poder, pero ni su despierto cerebro le ha permitido ver las trampas que él mismo iba poniéndose por el camino. Su (in)evolución es el retrato perfecto de una traición, la de unos guionistas que no han sabido estar a la altura del personaje más inteligente de la serie. Pero no ha sido con el único. Obsequiando primeros planos para la red de irrelevantes secundarios se han olvidado de desarrollar a protagonistas, estancados en un bucle inverosímil. Cuesta creer que Arya Stark, después de ocho temporadas rumiando venganza, se limite a perdonar la vida a Cersei con un escueto gracias.

Tanto como el súbito trastorno de Daenerys Targaryen, protagonista caduca de la trama. El personaje que liberó pueblos oprimidos, que derribó prejuicios y montó dragones, la que no arde... muerta a cuchillo por su amado mientras se funden en un último beso, perdido ya todo rastro de toda esa humanidad que un día la llevó a ser rompedora de cadenas.

La controversia sobre la decadencia traumática del fina no existe para el que creció inmerso en la retórica de Juego de Tronos, el que asumió con reticencias el cambio lógico de algunos aspectos de las novelas en su traslado a las plataformas. Ese mismo, el que conoce el peso de los protagonistas por los capítulos que el escritor les dedica, el que aprendió a adivinar sus hazañas por esa personalidad que supuraban las páginas –mucho más interesadas en desarrollar sus caracteres y justificar decisiones incluso viscerales– es incapaz de comprender la perversión de la identidad que ha sido este desenlace. Lejos de ser digno, es una caricatura de lo que un día fue, una oportunidad frustrada de ver cómo pudo haber sido. La serie, que encajó encatada los elogios por un rigor desmedido desde el principio, perdió interés y anticipó desenlaces. Su victoria en los Emmy no solo sentaría un infame precedente, el de romper en trizas el trabajo bien hecho, sino que desvirtuaría ficciones más coherentes. Para reconocer la trayectoria y los logros concretos ya pasados, que inventen un premio honorífico.