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«La otra mirada», la comercialidad no está reñida con el compromiso social

La serie de Televisión Española, ambientada en una escuela de señoritas de los años 20, atrapa por el retrato poliédrico de todos sus personajes femeninos

El claustro de maestras de «La otra mirada» es un hervidero de debates
El claustro de maestras de «La otra mirada» es un hervidero de debates
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Alma máter. ¿Sabéis lo que significa?

–Creo que es sinónimo de universidad.

–Pero literalmente quiere decir «madre que nos alimenta». Esta academia es vuestra alma máter. La madre que os alimenta de conocimientos y a la que siempre vais a estar agradecidas.

Se trata de un diálogo entre la fundadora de la academia de señoritas, Doña Manuela (Gloria Muñoz), y su alumna Margarita (Lucía Díez) en el octavo (e imprescindible) episodio de «La otra mirada».

La serie fue aprobada hace casi un año por el Consejo de Administración de Radio Televisión Española precisamente bajo el título de «Alma máter». Durante su producción, el título cambió al menos críptico y más comercial «La otra mirada». Pero el argumento no cambió: el quehacer de una academia de señoritas en Sevilla durante los años 20 al estilo de la creada por María de Maeztu en 1915. Doce meses después, la ficción encara su recta final tras haber sido emitida deficientemente por La 1 –decidió no emitir un nuevo episodio ante la semifinal de «Supervivientes» en Telecinco– y producida por la siempre eficaz Boomerang TV, responsable de «El secreto de Puente Viejo» y «El tiempo entre costuras». Esta noche se emite el duocécimo y penúltimo capítulo de la primera (¿y última?) temporada.

El secreto

No sorprende que haya sido Boomerang la responsable de levantar «La otra mirada». Esta se enmarca en la tradición serial que relata la vida de un centro educativo, cuyo devenir se ve comprometido por la llegada de un nuevo y excéntrico profesor. La productora es responsable de otras dos –célebres– series españolas ambientadas en un instituto: «Física o química» y «Merlí».

En la primera –de Antena 3– es la profesorora de filosofía, Irene (Blanca Romero), quien levanta ampollas en su llegada al Zurbarán. En la segunda –de TV3, ahora en Netflix– es su homónimo protagonista (Francesc Orella), que también imparte filosofía, el que supone un revulsivo para compañeros y alumnos. En «La otra mirada», en un principio, es el personaje de Teresa (una desconocida y natural Patricia López Arnaiz, también en «La Peste»), el que llega a la academia de señoritas para hablar sobre otra filosofía: feminismo. La ficción presenta la voluntad semanal de abordar muy directamente cuestiones de género como el sufragio femenino o la sexualidad de las mujeres. Lo hace sin sutileza, pero con elegancia y cariño.

Pero al igual que los otros dos ficticios profesores de filosofía, Teresa también esconde un secreto. Si en «Física o química» el secreto de Irene es un affaire con un alumno menor de edad, el de Merlí Bergeron es que su alumno Bruno (David Solans) es además su hijo. En el drama juvenil de Antena 3, aquella confidencia es mecha argumental durante los ocho capítulos de la primera temporada; en «Merlí», los guionistas deciden no jugar esa carta y desvelan la relación paternofilial al resto de personajes en el primer episodio. En «La otra mirada», el secreto de Teresa –relacionado directamente con su llegada a la academia– se ha quedado a medio camino entre los dos ejemplos anteriores.

Si durante los primeros episodios el factor misterio otorga a la serie cierto carácter de thriller (algún episodio cierra incluso con esta trama), el secreto de Teresa es mermado por el resto de tramas con mayor enjundia tras alcanzar el ecuador de la temporada. Ya lo avisaron, eso sí, sus creadores: no iba a ser la columna vertebral. El factor suspense es con diferencia el menos interesante de un relato que funciona mejor cuando abraza el melodrama.

Alumnas (arriba) y maestras (abajo) de «La otra mirada»
Alumnas (arriba) y maestras (abajo) de «La otra mirada» -

Elenco coral, relato fragmentado

Aún así, Teresa –una maestra feminista que fuma y viste pantalones sin miedo al que dirán, más propia de nuestro siglo– es el personaje brújula que guía al espectador por todos los pasillos argumentales de la academia de señoritas: es el pegamento entre las adolescentes tramas de las alumnas (superación estudiantil, rivalidades entre egos adolescentes, amistad, primer amor adolescente e incluso violación) y las adultas historias del claustro de profesoras: viudez, matrimonio, maternidad, orientación sexual, etc.

El resto de maestras están interpretadas de manera soberbia por sus actrices. Macarena García –en su mejor papel televisivo hasta la fecha– es Manuela, la nueva y joven directora de la academia, elegida a dedo por su madre, fundadora de la institución. La siempre excelente, pero eterna secundaria Ana Wagener («La señora») es la férrea Doña Luisa, símbolo de una corriente educativa que se resiste al cambio.Por último, Cecilia Freirees la tradicional Ángela en su regreso a televisión tras la icónica Rita de «Velvet». Freire repite su personaje de «Física o química», pero con giro inconfundible de ficción de época: la señora de bien lesbiana.

El principal atractivo de «La otra mirada» es el poliédrico retrato de todos sus personajes. El ejemplo más claro de ello es el personaje de Doña Luisa (Wagener), que podría haber caído en la «villanía» como profesora que se opone los tiempos modernos de la nueva directora (Manuela) y la nueva profesora (Teresa). Sin embargo, Doña Luisa da su brazo a torcer en determinados temas mientras los espectadores conocen progresivamente su vida personal: enviudada y con un hijo «ni-ni» que la lleva por la calle de la amargura. Sucede lo mismo con el personaje de la inicialmente odiosa Margarita (una Lucía Diez que ya se ha paseado por las galerías de «Velvet Colección» y «La catedral del mar»), la alumna más repipi de la academia.

Doña Luisa (Ana Wagener) sufre mucho en «La otra mirada»
Doña Luisa (Ana Wagener) sufre mucho en «La otra mirada» -

Aunque Teresa protagoniza la primera escena de la serie y ejerce de brújula durante las primeras entregas, la ficción tiene un carácter coral. ¿La novedad? En vez de despachar simultáneamente todas las tramas de su extensa gama de personajes, cada episodio cede el protagonismo a sólo algunos de ellos. De este modo, también puede contar con una temática semanal más pronunciada: la sexualidad femenina en el episodio 4; el perdón y la soledad en el capítulo 9; la maternidad y las expectativas en el capítulo 11.

Son temas que además no han perdido vigencia durante los últimos 100 años pues «La otra mirada» –en la tradición de la mejor ficción de Televisión Española– es un espejo de lo que éramos y seguimos como sociedad. Quizás el mayor reproche es el pasar de puntillas por temas como la religión y la fe cristiana (el capítulo 9 emplea como trasfondo la Semana Santa sevillana).

El único «pero» de ceder el protagonismo por fascículos a diferentes personajes es la duración de cada episodio (70 minutos), que difumina quiénes son las protagonistas de la semana y qué temas son tratados con mayor profundidad. De este modo, como lado positivo, no parecen repetitivas algunas tramas en stand-by que por coherencia narrativa no avanzan tan rápido.

«La otra mirada» es además un ejercicio de equilibrio narrativo entre las tramas a largo plazo (todo lo relativo a la trama de la violación de una alumna, el «despertar sexual» de una de las maestras, el hacerse valer de la nueva e inexperta directora de la academia) con aquellas episódicas. Como plus, los guionistas no ofrecen desenlaces previsibles a unas tramas inicialmente manidas.

Una de cal y otra de arena

Como correcta ficción de época, la ambientación cumple aunque este no sea su principal reclamo. Tiene algún «pero» (el lenguaje empleado por las alumnas es propio de la Yoli de «Física o Química», el acento sevillano es sólo apto para secundarios), pero también alguna matrícula de honor como la banda sonora. Su compositor es Fernando Velázquez, responsable también de la BSO de «La cumbre escarlata» y «Un monstruo viene a verme», con la que ganó un Goya en 2017 a mejor música original.

«La otra mirada» no roza la altísima calidad de «Fariña», pero sí es el producto del que una nueva Televisión Española podría presumir (junto a la entretenidísima «Estoy vivo») al aunar comercialidad y compromiso social con los derechos de las mujeres. Es además una loa al debate respetuoso entre polos apuestos.

Quien busque en «La otra mirada» una serie de época realista se decepcionará. Sin embargo, quien busque en ella un refugio de la realidad, una utopía ambientada en el pasado, ésta en su serie. Porque no todo es «El cuento de la criada».