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Maniac

«Maniac», un «Gran Hermano» demente a lo «Black Mirror»

La última gran superproducción de Netflix es un bizarro thriller de ciencia ficción que lleva la firma inequívoca de Cary Fukunaga, uno de los padres de «True Detective»

Jonah Hill y Emma Stone protagonizan «Maniac»
Jonah Hill y Emma Stone protagonizan «Maniac» - NETFLIX
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Hace cuatro años, la primera temporada de «True Detective» –para muchos una genialidad brillante, para otros tan aclamada como sobrevalorada– encumbró al Olimpo televisivo a Cary Joji Fukunaga. Desde entonces, la expectación es máxima con cada proyecto del que fuese director de ocho de los diez episodios de aquella primera entrega de la ficción de HBO, protagonizada por Matthew McConaughey y Woody Harrelson y que hizo a Fukunaga alzar un Emmy.

Así sucedió cuando escribió el guión de la aplaudida «It», cuando se puso al frente de «The Alienist» y de nuevo ahora, cuando Netflix le ha confiado su nueva superproducción: «Maniac». Una distopía futurista, pero con bastante toques retro, que Fukunaga ha construido en compañía de Patrick Somerville, una de las mentes pensantes que ingeniaron «The Leftovers». Una serie de la que, por cierto, «Maniac» –inspirada en una serie noruega del mismo nombre– tiene varias cosas.

Pero la curiosidad al respecto de lo que podía ofrecer «Maniac», un thriller siniestro que baila al son del drama y la ciencia ficción, se elevaba a un mayor grado por el hecho de que la pareja protagonista la formen dos de los mejores intérpretes de Hollywood: la oscarizada Emma Stone y el dos veces nominado a la estatuilla Jonah Hill, aunque ya sin ese porte tan rollizo que le hizo brillar en «Supersalidos», «Moneyball» y después, en «El lobo de Wall Street». Ahora ya no se parece tanto a Chris Penn y se mete en la piel del perturbado Owen Milgrim, un joven desquiciado que es la oveja negra de su familia, habla con su hermano imaginario y se piensa que debe salvar el planeta. Por su parte, Stone interpreta a la Annie Landsberg, una joven drogodependiente trastornada por su pasado y adicta a un fármaco que testan en un laboratorio. Nada que ver con aquella luz angelical que desprendía en «La La Land».

El piloto (y casi cualquiera de sus capítulos) recuerda en su esencia a cualquier episodio de «Black Mirror». Owen y Annie, Annie y Owen, cada uno por su cuenta, se adentran en un ensayo clínico –a manos de un científico tan desquilibrado como ellos– junto a una docena de personas, a las que no conocen de absolutamente nada. A lo «Gran Hermano», pero como si estuviesen inmersos en el universo de Alice Gould en «Los renglones torcidos de Dios». Y a partir de ahí se construye una serie con referencias de lo más «random» e incluso con un toque «kitsch». Por poner un ejemplo, la acción está ambientada en una distopía futurista, pero con ordenadores a lo retro y con televisores de última generación que parecen llegadas de los setenta.

Todo ello escondido tras un manto difuso, con continuados «flashbacks» que hacen difícil, en ocasiones, diferenciar qué es real y qué no –al más puro estilo «True Detective», todo sea dicho–, con (casi) tantos saltos en el tiempo como «Dark», repleta de múltiples alusiones a la cultura asiática y hasta con referencias a la etapa más profunda y espiritual de Terry Gilliam, con toques reminiscentes a «Brazil» y «Doce monos». Una bizarra locura en la que, incluso, tienen cabida el ajedrez, el clásico español «Don Quijote de la Mancha» –en la serie «Don Quixote», algo muy acertado, por cierto, pensando en gigantes y molinos (o igual es otro homenaje a Gilliam, quién sabe)– y en la que, más allá de las amistades de toda la vida, existen los «amigos por encargo» y los «publiamigos», personas que pagan por airear los secretos del que se deja «sobornar».

En mitad de esa vorágine tan retorcida se encuentra «Maniac». Una ficción tan rompedora como arcaica pero que, como su propio nombre indica, encuentra su esencia en su propia demencia, en su alienación más absoluta.